Narrativa

Tachas 673 • Un Remoto Sabor A Cal • Armonía Somers

Imagen generada con IA de Adobe Firefly

(DESENCUENTRO EN DOS ACTOS)
 


A la genial V.W. en algún lugar de Inglaterra. A la araucaria del Cementerio Británico de Montevideo.


 

1.

 

La mujer suspendió lo que hacía, nada menos que repasar fríamente la lectura de su voluntad póstuma sobre algunos detalles. Era algo tan patético como bello, escribir con cierto estilo la novela del después, única que no se podrá reeditar. ¿Y para qué el paréntesis? Contar, por extraordinario, un sueño de la noche, o más bien de aquella madrugada de un día de verano de 1932, precisamente su último aniversario en este mundo. Un mundo prestado, un mundo hecho para abandonar, dijo ante nadie, qué insensatez.

Había sido una larga sucesión de pesadillas. De enredos tan terribles que su mundo interior los engullía de nuevo no dejándoselos recordar al despertar sucesivo. Solo que continuaban en los breves entreactos de vigilia, pues los seguía lucubrando algún minuto con palmaria sensación de realidad. Y en seguida olvido, y nuevamente el abismo con la otra ficción del teatro de terror.

Nunca había ella querido —lo decía siempre al plantearse el tema— profundizar en la pesadilla como fenómeno misterioso del orden de la tortura, aunque deberían existir estudios más o menos creíbles, pero que de todos modos no eliminarían su recurrencia. Y no me vengan con problemas digestivos, aclaraba con gracia, mis pesadillas pueden surgir de un simple vaso de agua, o hasta de una gota de rocío bebida sobre una flor. Y a veces se preguntaba si acaso la tendrían también los niños en la última fase intrauterina, y de ahí el «pataleo» que hace las delicias de la ignara maternidad. ¿Pero si el que ya ha nacido y crecido, resultando ser un esquizoide congénito, despertara asesinando a quien encuentre a mano por mantener la secuencia somnidual?

No la investigaba, pues, a fin de no atraer sus iras, pero la veía con todas las dimensiones de una perversa mujer, no de un genio maléfico. Y desconfiaba a tal punto de su propio sexo por haber Eva provocado a la serpiente para que esta la tentase, algo que dijera un día en cierta sesión de humor poniendo el Génesis al revés, para luego, ante su malhadada teoría, sonreír. Publicó el fulmíneo esperpento antifeminista en una traducción inglesa, es claro que ante las primeras dudas del editor, quien al final se inclinaría por lo más redituable, algún pequeño escándalo, así fuera fugaz, y bajo el enigmático título de: ¿Quién dentrambos, (Virginia), ella, él? Allí no se mencionaba sino un nombre, tal vez la forma más sibilina de incomodar. Agatha, por su parte, no terció. Era reacia a la publicidad, la fotografía, todos esos exhibicionismos, tanto como su escapatoria en aquel automóvil fuera el más grande de sus desafíos a la malsana curiosidad de los demás. Aunque quizás pensara en algún buen título como En el paraíso con Poirot. Pero qué podría importarle a ella lo de una manzana más o menos si las consumía escribiendo en el cuarto de baño, quizás porque el fósforo de su corteza le proporcionaría alimento a su materia gris. Y era lástima, dijo la victimada por pesadillas, los siglos interpuestos con Sor Juana Inés de la Cruz. En su buen reír hubiera cabido cualquier cosa, aun en contra de la Nueva España del siglo XVII y de lo que ella llamará «estorbos obligatorios», con tanta liberalidad.

Pero ocurría, decimos hoy más de seis décadas después, que fuese justamente aquel 1929 el año en que la novela Orlando hiciera trastrabillar a la pacata gente de entonces,[1] que la durmiente moribunda de este relato tuviera la peregrina idea de salir a enjuiciar, ella también, el libro de V.W., más bien en un arranque de travesura literaria que de seriedad crítica. Y para qué, excitar el ánimo de una ferviente admiradora de V.W. que, con toda razón, saliera a la palestra como defensora oficiosa. Y tal cual el editor lo esperara como a la lluvia durante la sequía, envió una carta en un principio inocua, manifestando su extrañeza por la existencia de gentes que gozaran rebasando los límites de la chanza, y nada menos que en cosas tan alineadas en la seriedad como los misterios de la genética, como compilando ejemplos que la hacían irrebatible. Pero en un momento dado la traicionó su condición femenina, la tendencia al estallido espectacular. «Y menos aún, con derechos arrogados nunca se sabrá cómo, una representante de ese remoto Continente mal conquistado por ladrones, asesinos y violadores de inocentes nativas, cuando estamos tratando, dice V.W., de que la mujer tenga su cuarto propio, lo que no consiste solo en una simple habitación, sino en la forma de asumir al fin su propia identidad».[2]

Pero sobre aquello en que habíamos quedado, el caso de la última pesadilla, algo o alguien venció en las primeras horas del día, un sueño, o mejor dicho un ensueño dentro de la gama de lo irreal. ¿Fue la amarga pesadilla quien se lo obsequió? ¿Puede tal halconesa esconder las garras para regalar a la víctima con una caricia luego de retorcer un alma en peripecias comandadas por el tenor?

Lo cierto es que la pieza, no la actual sino la de años antes, se hallaba clausurada no se sabía por qué intento de restauración. Estaban aún vivos los más fieles y amables de los ya muertos, y esto impregnaba la habitación con sus alientos vitales. Algunos brujos, más bien culteranos que otra cosa, lo llaman perfume, y a su estudio lo elevan a lo más secreto de la Iniciación.

Y bien: cierto muchacho de unos veinte años, formando parte del equipo que tenía en reparación el hábitat, y vestido solo con una camisa y un pantalón injuriado por manchas de pintura, aceite o aguarrás, lanzó de pronto al aire lleno de partículas de cal esta noticia, podría ser que referente a aquellas cartas: «Señora, leí algo de usted o sobre usted en una revista que recoge toda clase de chismes provenientes de otros lugares, es claro que sintetizados, de lo contrario no cabrían. Y no sé por qué lo recorté y lo pegué en un papel alisándolo con la mano. Y es difícil explicarlo, la mano se me quedaba sobre su nombre más del debido tiempo. Y dígame ¿dictó ya su testamento?».

La persona del sueño, de unos setenta apacibles años, cuando también los pájaros cantan dentro de su cabeza aunque no sea ya la estación, miró en forma significativa al interrogador. Tal vez se encontrase ante un cazafortunas apresurado de los que tanto abundan, y con qué habilidad se las arreglan como modelos de candidez. Pero a decir la verdad, qué voz la suya tal venida de otro mundo donde el metal o el cristal se templarían de distinto modo, qué ojos para una imagen de la ternura mendicante, qué labios para haber exprimido en la época de las fresas, lo que un día, contándolo, llamaríamos mi primera vez, lo hicimos comiendo fresas boca a boca. «¿Y por qué la pregunta?», dijo la felina mujer de antaño ocultándose en un realismo falsamente senil.

«Porque yo colecciono esos documentos de gentes como usted, mejor dicho los copio de sus originales a los que tengo acceso si son abiertos. Y también los pego en papeles, ya que se ven distintos a los corrientes. Imaginativos, preocupados por minucias raras, por ejemplo nombrar el árbol bajo el cual querrán descansar, y oiga que no le llamo descomponer si se trata de ellas o ellos. Elegir también de antemano el material de su monumento, y observe que no llamo tumba, eso es vulgar… No sé, continuó con humildad, digo estas por citar algunas recomendaciones, hay muchas así de extrañas, y a veces amenazantes, como si se fuera a establecer una vigilancia desde el futuro. En cambio los de forma común se quedan sin lengua por hablar del destino de los bienes acumulados, y eso para qué si miles de buitres los esperan, se los ve sobrevolar anticipadamente, algunos mudos, otros chillando, dicen que hay muchas voces registradas, cada una para la ocasión…».

La durmiente quedó alelada: lo que acababa de oír formaba parte de su voluntad post mortem: Encontrar ese árbol, había dicho al notario, ya he señalado dónde está, lo amo por sus brazos abiertos y no el siniestro hermetismo del ciprés. Y a veces voy allá y me le abrazo, y siento que le circulo, y qué emoción cuando me lleva hasta la copa y bebo el cielo, porque si es copa esto significa beber.

Cayeron en ese momento las dos puertas de un armario de roble perteneciente a la casa del mar y no del lugar adonde se desarrollaba el diorama del sueño, puertas que ella aborrecía al no poder nunca deslizarlas sobre su riel. Se me resisten en la realidad y ahora han caído de por sí, dijo en forma no audible, sin garganta, sin voz, pero no dando al hecho ningún significado, o entrando ya en el desprecio a la lógica, siempre corriendo tras la razón. Y también sin pensar que pudiese haberse desatado una contienda de roble contra araucaria, araucaria contra ciprés, vaya a saberse qué enredos sobre prioridades habrá entre los árboles con sus raíces anastomosadas en lo invisible, a ocultas de nuestra morbosa curiosidad.

En tanto los individuos sin relieve alguno seguían trabajando en él no se colegiría qué. Y por aquello de que al parecer no se pudiera salir, y todo fuese a puerta cerrada como si al exterior estuviera escrita la gran prohibición, la mujer extendida al costado del lecho, boca arriba, se había complicado en otros descubrimientos. Por ejemplo que un techo viejo y abovedado tiene tantas cosas que nunca se han visto a causa de estar demasiado despiertos, un firmamento nocturno: aquí Las Nubes de Magallanes, la grande, la pequeña, más al norte Canopus, más hacia el Ecuador la maravilla de Orión, reina de la belleza cósmica. Manchas de humedad, grietas, puntos de destrucción diría un relevador calándose los lentes. No, cosas del cielo que nos mira replica el durmiente poetizando la situación con ánimo avieso de buen vendedor.

Todo eso debió distraerla de las tan vulgares y tan a la mano contingencias próximas. Porque de pronto advirtió que los buenos seres que habían muerto no estaban ya presentes, y unas tres mujeres viejas, pero no de la vejez dulce, sino del tipo urticante de las Furias, conversaban en un ángulo mirando hacia los valores del cuarto como para la inminente partición, quizás inspiradas por la pregunta del muchacho, pero quitándole su inocencia fundamental.

Justamente pareció que él debiera trabajar en la pared donde se recostaba la cabecera de la cama, desde luego que libre del maderamen común, tanto como se rigen los sueños por lo que les conviene, escribirá luego ella en su casi ilegible borrador. Y haciéndolo todo tal si la mujer no existiera se le echó osadamente encima. Raspaba, claveteaba o algo así de ruidoso. Ella parecía no estar allí para nadie. Y sin embargo a él sí se le sentía grávido, materializado por su cuerpo, pues la sostenedora ocasional empezó a percibir el latido de un corazón. Ese latido provocó el suyo propio, y asieran dos toc-toc tan acompasados e intensos que hubiesen podido escucharse desde Bellatrix o Betelgeuse, si en realidad siguiesen encendidas, si no estuviésemos viendo lo que fueron millones de años luz hacia atrás. Y ocurre, dormidos o despiertos, que los contrastes apremiantes nos atropellan. El temor, quizás, a dar comidilla a las Erinnias que ya estaban midiendo muebles, sopesando objetos, le hizo recobrar el habla: «Déjame salir, hermosa criatura, dijo en tono de ruego, quiero zafar de aquí, tú pesas como un hombre, yo soy la hoja apenas sostenida, ten compasión de mí. Y además me quemas, me derrites. ¿Nunca supiste que las mujeres éramos de cera hasta el final?».

No bien empezó a intentarlo, es decir a imponer su real volición para dejar el lecho sin incorporarse, solo deslizándose, el muchacho que se pone a sollozar sobre su cara y dice con voz secreta: «No me dejes solo, no me vuelvas a dejar solo de vida en vida una vez más…».

Y todos saben lo que es el despertar luego de la ficción, somos los mismos y ya no lo somos. Pero el latido intenso persistía, y unas lágrimas que no eran las suyas le mojaban el rostro. Allí cerca, en la pared lateral, había un retrato en óvalo de su juventud, con cierta rosa amarilla en el ahondado escote, y tan distintas las dos mujeres como la mariposa pinchada en la caja de colección y la cazada alevosamente en la virtualidad de su alado vivir. Pero alcanzó a escribirlo todo en un mal papel y dejarlo aprisionado entre las páginas de un diccionario de la lengua. Oh, perdón, Virginia, aclaró en un paréntesis coloquial, yo no quise ofender, amaba a tus Orlandos por la belleza del absurdo, y más aún ahora que alguien me ha dicho cosas al oído mientras dormía. Pues porqué aquello, por qué hablaba de no dejarlo solo otra vez más, qué soledad, qué vez, si él era un muchacho pintor de paredes y ella la versión solemne de la vejez. ¿Por qué, Virginia, Agatha, Sor Juana, la ineludible obligación de envejecer y, hasta como corolario, morir?

 

***

 

… Y aquí es, descarguemos esta cosa que ya ni pesa, dijeron los invisibles, ahí está la maldita araucaria de su última recomendación…

Un pájaro increíblemente dulce entonó cierta especie de despedida para el oído aún despierto, lo último que se cancelaría al entrar al agujero del horror. El furor de aquel verano caía a plomo. Habría que abreviar el acto o morir calcinadas por este fuego rabioso del mediodía, comentó una de las Euménides, seguramente antorcha en una mano, puñal en la otra. Esto no se soporta, que se vaya al infierno si quiere más calor. Pero nadie dijo qué pena, no verá ya nunca el último minuto suicida del sol sobre el mar, y ella oyó que se guardaron esa belleza de lugar común con que nos enamora la piedad. Lo que pudiera significar entonces el empezar a no ser. Pero también y nada menos que la solución al Gran Enigma: silencio desde las furias y el ruiseñor.

 

2

 

—¿Y quién es usted, y por qué viene tan a menudo aquí? —me preguntó el enterrador alto, llamémosle así, pues había otro que no lo era.

El achaparrado, casi antropoide y solo portador de unas palas al hombro, aparecía como su sombra encogida. De vez en cuando arrancaba alguna hoja de los arbustos circundantes y la llevaba a una masticación sospechable, como si se configurara a su través un retorno ancestral. Siempre esos tipos humanos me han estropeado el hígado. Como a una persona hipersensible que conocí entre tantas, y la cual no podía comer carne roja porque empezaba a ver los cuernos del animal en el plato, tales homínidos se constituyen en mi Gran Pausa musical. No puedo hablar frente a ellos, millones de años se meten en mi sangre, voy haciendo el camino desde sus cuatro patas a la verticalidad. Y eso termina luego en un temblor, que no es precisamente de miedo, sino más bien de respeto, una especie de salutación que ellos ni si quiera presienten. El enterrador alto, en cambio, no tenía importancia para mí, solo que audacia para repetir su pregunta como se hace con los infradotados, y si son niños mejor.

—¿Que quién soy y por qué vengo tan a menudo? Pues no lo sé, digo descaradamente. Pero desde que estuve aquí alguna lejanísima vez, de eso me hallo seguro, aunque no sepa cuándo y para qué. Y además, esa araucaria y yo cómo nos entendemos sin hablar, tal si las losas se levantaran con sus raíces.

—Pamplinas, —me espeta el alto con su aire de sabihondez—. Debajo de esas losas no hay nada más que huesos. A los noventa y nueve años de cada difunto nos mandan abrir, guardan la lápida como reliquia junto al muro del fondo y adiós, un hoyo para el enfriado nuevo, esa es la historia de verdad. De su araucaria no sé nada, siempre estuvo ahí sin decir esta boca es mía, árbol zonzo que no explica lo que busca con tanto subir, algún día un rayo lo partirá. Por suerte cada vendaval se le lleva una punta.

—Pero es que a causa de ella yo siento que he regresado —insisto—. Y no por ustedes, perdón, malos para todo, incapaces de tomar el mundo por el asa y pasearlo como se debería. O la aventura de salir a vagar no por el mundo, sino en el mundo desplazado que luego volviera a su lugar en la órbita, brillante de experiencias cósmicas, sin que a nadie se le ocurriera arrojarlo al vacío hecho pedazos, según el viejo y siempre renovado plan.

—Bueno —dijo el de las palas luego de un momento de estupor— con locura y todo eso, lo raro es que viene siempre al mismo lugar. Tendrá unos veinte y es precioso como una mujercita (escupe la hoja que ha mascado), pero quién le pondría un dedo encima, aquí no se puede jugar…

Y de pronto ya no estamos solos: un anciano como de setenta años que se nos acerca. Yo, puedo asegurarlo, conozco su perfume, ese de los famosos Ocultos, tan divulgados ya que no tienen más que esconder. Pero no recuerdo de dónde, ni de cuándo, ni por qué me conmueve. Solo que un remoto sabor a cal se me viene a la boca. Sí, la de las aguas surgentes que atraviesan por lo hondo terrenos con óxido de calcio, la de la recién pintada pared. Y junto con ese insólito sabor, quizás por la cal viva disolviéndose a fuego en mi saliva, el ansia irrefrenable de besar una boca que está proscripta no sé por cuál dudosa ley. Beso mordiente soterrado en los meandros de la frustración. Beso que hubiera sido un escándalo para ciertas furias de un salón que vagamente se me hace visible. Beso que no pudo, quizás, cuajar por que ellas lo vigilan todo, pero que nos persigue hasta los desfiladeros llenos de sombras vagabundas de la nadidad. Y entonces, como siempre que se está al borde de algún descubrimiento que no debería abortar, oigo que el viejo, tan vestido a la antigua como un maniquí de tienda clausurada, me dice con un ceceo de dientes precarios y voz secreta de cuerdas por aflojar:

—Al fin, hermosa (me trata de mujer vean) al fin. He venido durante medio siglo a traerle la rosa amarilla del retrato en cada aniversario de aquel año treinta y dos. Y la deposito sobre ti, lugar donde vas a sentarte ahora conmigo, ya que como me coloqué entonces en tu cama no puede ser hoy por hoy, estos animales recolectores de despojos no entenderían. Pero te lo imploro, no vuelvas a dejarme solo otra vez. Me queda poco tiempo, y no creo en las memorias de la eternidad.

—¿Qué soledad, qué vez?

—No puedo explicarlo bien, una lejana y amorosa vez pintando yo, con veinte años, cierta pared…

En ese momento un ave empieza a cantar como enloquecida hasta tocar el límite de la armonía. Y luego un cambio hacia el son melódico triste que no alcanzo a descifrar.

—Cielos —digo entre dientes— me estoy transformando en los otros, el alto y sus iguales en evolución, pero todavía en retardo mental, el bajo y su parentela arbórea, incapaces ambos para traducir el sentido de una variación musical. El pájaro ha cambiado de clave, ¿y por qué?

El viejo pareció escucharme a medias y apantalló la oreja con la mano. Bien se veía que todo él era el querer y no poder, quererlo todo, tal vez, no poder ya nada más que el simple querer.

—Vámonos ya —oigo decir al portapalas— parece que se conocen, estoy cansado de verlo con esa rosa amarilla todos los años desde que en mala hora entré aquí, van a hacer cincuenta.

Y empiezan a adentrarse en el ajedrez de las tumbas, hechos unos pobres peones de juego de tablas que nunca saldrán de ese quehacer. El ave, entretanto, sigue en lo suyo, tan distinto cada vez, como si solo él supiera lo que va a ocurrir allí al son de su acompañamiento. Y todo eso cuando el ejemplar demodé cayó de golpe, con los ojos abiertos, pálido y desvencijado sobre la piedra sin nombre, sin fecha, sin ningún dato revelador.

El sol se estaba ocultando como involucrado en el derrumbe de un ser humano más, pequeñísimo, pero igualmente vigilado desde tan lejos por su amarillo ojo único delator. Un leve manto áureo, sin nada de falso patetismo, más bien con calidez de ala, empezó a cubrirlo. Me tendí con todo mi cuerpo sobre el amortajado y bajé sus párpados. Y hasta que me sacaron de allí entre las carcajadas burlonas de los dos individuos, no dejé de llorar sobre su cara.

—¿Y ahora qué haremos?, preguntó el más torpe.

—Dejarlo así —digo— ¿no ven que se ha transformado en su propio monumento funerario? Traje negro, moñón, zapatos acordonados. Y esta rosa amarilla que dejaré en el ojal de su solapa también solidificará.

—¿Oíste eso? Tiene voz de varón y belleza de mujer. Pero aquí hay papeleo, trámite, ceremonias, muchacho. Oh, qué diablos, ya no sé lo que es, tendría que palpar.

—Nada de eso, animales. Solo miren cómo la flor endurece, vean cómo adquiere la solidez de la piedra amarilla llamada topacio. Y si quieren saber si soy hombre o mujer, si no conocen nada de metempsicosis, simples lombrices de tierra de cementerio, quédense con las ganas. No se puede jugar al tanteo con mis testículos.

El sabor a cal de mi lengua era cada vez más intenso. Pero yo no entendía cosa alguna de mí. Virginia, grité, ¿por qué no podemos hacer nada más que aceptar lo que viene?

El pájaro de la araucaria era ya la flauta dulce de los románticos. Vivaldi dejaba su isla flotante y se venía al ruedo. Cierto remolino amarillo me envolvió. No recuerdo otra cosa significativa. Solo que el hombre había caído al oír mi voz cuando dije: «Gracias, viejo», y se entabló este último diálogo terrenal para él: «Y de dónde te ha salido esa puerca voz de varón, inmaduro, por añadidura». «De esto, expli qué». Abrí mi camisa y le mostré mi rubia pelambre masculina. «Dios, es ella, aquella del retrato, y también es él, este mequetrefe anónimo». Yo, lo que soy yo que me creo tan superior al resto, no podía entender nada de aquello, Virginia. ¿Lo tuyo, que había ocurrido de un momento al otro, a mí me habría llevado tantas vidas como caben en cincuenta años?

Vinieron a pretender sacar al muerto, tan tieso, tan simétrico con la losa. «¡No —grité— esperen! ¡Dentro de poco él será su escultura!». Y así fue. Luego de la rosa, sus zapatos se transformaron en piezas de ónix.

—Adiós, anciano —dije cerrando mi camisa. Y empecé a silbar la canción del ave de la araucaria.

Ellos, oh, pobres diablos, se dieron a recular tan rápidamente que uno cayó. Metí mis manos en los bolsillos y me lamenté de no ser escritor.

Esos tipos sí que las saben todas.

Y ya a solas con mi historia, hablé sin reparos. Ha pasado medio siglo de algo, dijo el viejo de la rosa amarilla. ¿Y qué será de ti, Virginia, dónde estará tu dulce esqueleto de marfil? Lo sacaría de su absurdo encierro, tú me llevarías la mano como a un analfabeto, y yo escribiría la extraña novela. Tu Orlando no tenía una rosa de topacio en el ojal ni unos zapatos de obsidiana. Cometió hasta la vulgaridad de alumbrar un hijo, que luego habrá sido un viejo de galerita y paraguas en algún entierro de la época victoriana en que te metiste, luego de dejar al desnudo la isabelina. Vamos, hermosa, salgamos de aquí. El pájaro de la araucaria no cesa de cantar. Tómalo como desagravio de mi estupidez…

 

 

Fragmento del libro Cuentos completos. Armonía Somers. Páginas de Espuma. 2021. Publicado con autorización de sus editores.  

 




 

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Armonía Somers (Uruguay, 1914 – 1994). seudónimo literario de Armonía Etchepare. Hija de un comerciante anarquista y anticlerical y de una madre católica, en la biblioteca de su padre encontró autores decisivos para su formación: Kropotkin, Leopardi, Darwin, Dante Alighieri, Spencer, entre otros. Terminó sus estudios en 1933 y comenzó su carrera como maestra y pedagoga. A partir de 1960 fue invitada por la UNESCO y por distintos organismos educacionales a París, Londres, Ginebra y Madrid. Su primera novela, La mujer desnuda, se publicó en 1950, a la que le siguieron el volumen de cuentos El derrumbamiento (1953), De miedo en miedo (1967) y Un retrato para Dickens (1969). A fines de 1969 enfermó gravemente de una rara dolencia, el quilotórax, de lenta y dolorosa recuperación. De esta experiencia nació, en un largo proceso de elaboración creativa, entre 1972 a 1975, su novela monumental Solo los elefantes encuentran mandrágora (1986). En 1986 recibió el Premio anual de Literatura otorgado por el Ministerio de Educación y Cultura del Uruguay.






 

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[1]      Orlando, bellísimo duque inglés nombrado embajador en Turquía transformándose en mujer de un día para otro, con todas las connotaciones de asombro de la época isabelina y la próxima Victoriano.

[2]      No, no buscar fuentes, se perdieron en la terrible Segunda Guerra Mundial. Y el editor, pobre hombre, fue boicoteado por el público femenino, el mayor consumidor del tiraje.