Ensayo

Tachas 675 • Hacia una lengua universal de la lucha • Ngugi wa Thiong'o

Imagen generada con IA de Adobe Firefly

Este libro es un resumen de algunos de los temas en los que he estado involucrado apasionadamente durante los últimos veinte años en mi práctica de la ficción, el teatro, la crítica y la enseñanza de la literatura. Quienes hayan leído mis libros Homecoming, Writers in Politics, Barrel of a Pen o incluso Detained. A Writer’s Prison Diary, tendrán una sensación de déjà vu. Esta sensación no estará lejos de la verdad. Pero las conferencias en las que está basado este libro me han dado la oportunidad de reunir de un modo coherente y cohesionado los principales temas sobre la cuestión de la lengua en la literatura que he estado abordando aquí y allá en entrevistas y en trabajos previos. Espero, en todo caso, que el trabajo se haya enriquecido con las reacciones, tanto amistosas como hostiles, que he recibido de otras personas con respecto a las mismas cuestiones a lo largo de estos años. Este libro es parte de un debate prolongado a lo largo y ancho del continente sobre el destino de África.

El estudio de las realidades africanas se ha llevado a cabo en términos de tribus durante demasiado tiempo. Cualquier cosa que ocurra en Kenia, en Uganda o en Malaui es porque la tribu A está enfrentada con la tribu B. Cualquier conflicto que estalle en Zaire, en Nigeria, en Liberia o en Zambia se debe a la enemistad tradicional entre la tribu C y la tribu D. Una variación de la misma interpretación banal es musulmanes frente a cristianos, o católicos frente a protestantes, allí donde no es tan sencillo dividir a la gente en tribus. Incluso la literatura se evalúa constantemente en términos del origen tribal de sus autores o los orígenes y las filiaciones tribales de los personajes de una novela o de una obra de teatro dadas. Los medios de comunicación occidentales han popularizado esta interpretación sesgada convencional de las realidades de África y buscan desviar la atención de la gente acerca del hecho de que el imperialismo está todavía en la raíz de muchos de sus problemas. Desafortunadamente, algunos intelectuales africanos han sido víctimas, en algunos casos incurables, de este mismo esquema, y son incapaces de ver los orígenes coloniales de la estrategia de «divide y vencerás» que sirve para explicar las diferencias de perspectiva intelectual o cualquier conflicto político en términos de los orígenes étnicos de los actores. Ningún hombre ni ninguna mujer pueden elegir su nacionalidad biológica. Los conflictos entre las personas no pueden explicarse en términos de lo que es inmutable (los elementos invariables). De otro modo, los problemas entre dos pueblos cualesquiera serían iguales siempre y en todas partes; además, no habría ninguna solución a los conflictos sociales excepto un cambio en lo que es permanentemente estable, por ejemplo mediante la transformación genética o biológica de los actores.

Mi aproximación va a ser diferente. Consideraré las realidades de África en función de cómo se ven afectadas por la gran batalla entre dos fuerzas que se oponen mutuamente en el África contemporánea: por una parte, una tradición imperialista y, por la otra, una tradición de resistencia. La tradición imperialista en África la mantienen hoy en día la burguesía internacional usando las multinacionales y, por supuesto, las clases dirigentes nativas, ondeando las banderas nacionales. La dependencia económica y política de esta burguesía neocolonial africana se refleja en su cultura de imitación y de repetición, que impone a una población adormecida con botas policiales, alambre de espino y unos estamentos clerical y judicial complacientes. Extienden sus ideas a través de un grupo de intelectuales estatales, los académicos y los periodistas laureados del establishment neocolonial. La tradición de resistencia la mantienen los trabajadores (los campesinos y el proletariado urbano), con la ayuda de los estudiantes patriotas, los intelectuales (sean o no académicos), los soldados y otros elementos progresistas de las clases medias menos privilegiadas. La resistencia se refleja en su defensa patriótica de los orígenes campesinos y proletarios de las culturas nacionales, en su defensa de la lucha democrática de todas las nacionalidades que habitan un mismo territorio. Cualquier golpe contra el imperialismo, sin que importen sus orígenes étnicos o nacionales, es una victoria para las fuerzas antiimperialistas de todas las nacionalidades. La suma total de estos golpes, sin que importe su dimensión, tamaño, escala o el momento histórico en el que ocurran, constituye la herencia nacional.

Para estos defensores patrióticos de las culturas de lucha de los pueblos africanos, el imperialismo no es un eslogan. Es real, es palpable en su contenido y forma, y en sus métodos y efectos. El imperialismo es el gobierno del capital financiero consolidado y, desde 1984, este capital monopolista y parasitario ha afectado, y continúa afectando, a las vidas de los campesinos incluso en los rincones más remotos de nuestros países. Si tenéis alguna duda, simplemente contad los países africanos que han sido hipotecados por el FMI, «el nuevo Ministerio Internacional de Economía», como lo ha llamado Julius Nyerere en alguna ocasión. ¿Quién paga la hipoteca? Todos y cada uno de los productores de riqueza real (valor de uso) en el país hipotecado, lo que significa todos y cada uno de los campesinos y los trabajadores. El imperialismo es total: tiene consecuencias económicas, políticas, militares, culturales y psicológicas para los pueblos del mundo hoy en día. Podría incluso conducir a un holocausto.

La libertad del capital financiero occidental y de los inmensos monopolios transnacionales que actúan bajo su paraguas para seguir robando a los países y a los pueblos de Latinoamérica, África, Asia y la Polinesia está protegida hoy en día por armas convencionales y nucleares. El imperialismo, liderado por Estados Unidos, les ofrece a los pueblos en lucha de la tierra, y a todos los que reclaman paz, democracia y socialismo, un ultimátum: acepta el robo o muere.

Los oprimidos y los explotados de la tierra mantienen su desafío: libertad frente al robo. Pero el arma más peligrosa que blande y, de hecho, utiliza cada día el imperialismo contra ese desafío colectivo es la bomba de la cultura. El efecto de una bomba cultural es aniquilar la creencia de un pueblo en sus nombres, en sus lenguas, en su entorno natural, en su tradición de lucha, en su unidad, en sus capacidades y, en último término, en sí mismos. Les hace ver su pasado como una tierra baldía carente de logros y les hace querer distanciarse de esta. Les hace querer identificarse con aquello que les resulta más lejano, por ejemplo con las lenguas de otros pueblos en lugar de las suyas propias. Les hace identificarse con aquello que es decadente y reaccionario, todas las fuerzas que ahogarían de buena gana las fuentes de su vida. Incluso plantea dudas profundas sobre la legitimidad moral de la lucha. Las posibilidades de victoria y de triunfo se ven como sueños remotos y ridículos. Los resultados que se buscan son la desesperación, el desencanto y un deseo de muerte colectivo. En medio de esta tierra baldía que ha creado, el imperialismo se presenta a sí mismo como la única cura y exige que los dependientes canten himnos de alabanza con un estribillo constante: «El robo es sagrado». De hecho, este estribillo resume el credo sagrado de la burguesía neocolonial en muchos estados «independientes» africanos.

Las clases que luchan contra el imperialismo, incluso en su etapa y en su modo neocolonial, tienen que hacer frente a esta amenaza con la cultura más elevada y más creativa que surge de la lucha decidida. Estas clases tienen que blandir incluso con más firmeza las armas de batalla que sus culturas contienen en cada una de sus lenguas. Tienen que descubrir sus múltiples lenguas para cantar la canción «El pueblo unido jamás será vencido».

El tema de este libro es sencillo. Está tomado de un poema del poeta guyanés Martin Carter en el que ve a los hombres y mujeres normales y corrientes pasando hambre y viviendo en habitaciones sin luz; todos esos hombres y mujeres de Sudáfrica, Namibia, Kenia, Zaire, Costa de Marfil, El Salvador, Chile, Filipinas, Corea del Sur, Indonesia, Granada, los «condenados de la tierra» de Fanon, que han declarado alto y claro que no duermen para soñar, «sino que sueñan con cambiar el mundo».

Espero que alguno de los temas de este libro encuentre un eco en vuestros corazones. 

 

 

 

Fragmento del libro Descolonizar la mente. Ngugi wa Thiong'o. DeBolsillo. 2015. Traducción de Marta Sofía López Rodríguez. Publicado con autorización de sus editores.  

 




 

***
Ngugi wa Thiong'o (Kenia, 1938 - 2025). Novelista, dramaturgo, ensayista, periodista, editor, profesor y activista social nacido en Kenia cuando ésta todavía era colonia británica. En su juventud vivió la revuelta del Mau Mau por la independencia de su país, un acontecimiento histórico crucial para entender la trayectoria de su obra y su pensamiento. En 1962, cuando todavía era un estudiante universitario en Uganda, se representó su primera obra de teatro: The Black Hermit. Dos años más tarde publicó su primera novela, Weep Not, Child, que tuvo una gran recepción. Le siguieron las novelas The River Between (1965) y Un grano de trigo (1967). Esta última marcó un punto de inflexión tanto en su estilo como en su ideología de orientación marxista. También abandonó el nombre con el que fue bautizado, James Ngugi, y retomó su nombre de nacimiento. En 1976 participó en la creación del Centro Educativo y Cultural Comunitario de Kamiriithu, un proyecto para promover la lengua materna en la literatura y el teatro en confrontación con el predominio del inglés. Un año más tarde, Ngugi fue arrestado como consecuencia del mensaje político de su obra Ngaahika Ndeenda (I Will Marry When I Want). Durante la condena escribió su primera novela en gikuyu, Caitaani Mutharabaini (El diablo en la cruz), utilizando el papel higiénico de la prisión. Tras recuperar su libertad, Ngugi y su familia se exiliaron a Estados Unidos para escapar de los peligros a los que estaban expuestos en Kenia. Ngugi ha seguido trabajando para defender su causa. Actualmente este prolífico autor y académico, cuya labor ha sido reconocida con la mención honoris causa en diez universidades y le ha convertido en un firme candidato al Premio Nobel de Literatura, es una de las voces más importantes en la lucha por la conciencia social, política, económica, histórica, cultural y lingüística en los países en vías de desarrollo.






 

[Ir a la portada de Tachas 675]