Tachas 675 • La tela de la Araña Madre • Mohamed Mbougar Sarr
27 de agosto de 2018
De un escritor y de su obra, como mínimo, podemos saber lo siguiente: uno y otra caminan juntos por el laberinto más perfecto imaginable, un largo camino circular donde el destino se confunde con el origen: la soledad.
Dejo Ámsterdam. A pesar de lo que he averiguado, aún no sé si conozco mejor a Elimane o si su misterio se ha vuelto más intenso. Podría traer aquí a colación la paradoja de toda tentativa de conocimiento: cuanto más destapamos un fragmento del mundo, más conscientes somos de la inmensidad de lo desconocido y de nuestra ignorancia; pero esta ecuación solo traduciría incompletamente cómo me siento ante este hombre. Su caso exige una fórmula más radical, es decir: más pesimista en lo que a la posibilidad misma de conocer un alma humana se refiere. La suya se parece a una estrella eclipsada; magnetiza y engulle todo lo que se le acerca. Analizamos durante un tiempo su vida y, mientras nos levantamos, serios, resignados y viejos, tal vez incluso desesperados, murmuramos: sobre el alma humana no se puede saber nada, no hay nada que saber.
Elimane se hundió en su Noche. La sencillez de su adiós al sol me fascina. La asunción de su sombra me fascina. El misterio de su destino me obsesiona. No sé por qué se calló cuando tenía aún tanto que decir. Sufro, principalmente, por no poder imitarlo. Toparse con un silencioso, un silencioso auténtico, pone siempre en entredicho el sentido —la necesidad— de la propia palabra, de la que a menudo nos preguntamos si no es más que un fastidioso balbuceo, barro idiomático.
Me voy a callar la boca y a dejarlo aquí, Diario. Los relatos de la Araña Madre me han extenuado. Ámsterdam me ha dejado seco. El camino de soledad me espera.
I
Gracias a T. C. Elimane, los autores africanos de mi generación, que no calificaríamos ya de joven, pueden destriparse en justas literarias piadosas y sangrientas. Su libro tenía algo de catedral y de anfiteatro; nosotros entrábamos como a la tumba de un dios y acabábamos arrodillados sobre nuestra sangre derramada en libación a la obra maestra. Una sola de sus páginas bastaba para transmitirnos la certeza de que leíamos a un escritor, un hápax, uno de esos astros que no aparecen más que una vez en el cielo de una literatura.
Me acuerdo de una de las tantísimas cenas que pasamos en compañía de su libro. En pleno debate, Béatrice, la sensual y enérgica Béatrice Nanga que yo esperaba que un día me asfixiase entre sus pechos, había sacado las uñas y había dicho que solo las obras de los escritores de verdad merecían que discutiésemos a muerte, que solo estas calentaban la sangre como un licor de raza y que si, por transigir con la flema de un consenso invertebrado, evitábamos el enfrentamiento apasionado al que dichas obras apelaban, estábamos deshonrando la literatura. Un escritor de verdad, había añadido, suscita debates mortales entre los lectores auténticos, que siempre andan en pie de guerra; si no estáis dispuestos a palmarla en la arena por llevaros a rastras el despojo como en el juego del buzkashi, largaos de aquí y moríos en vuestros propios meados tibios que confundís con una cerveza de calidad superior: sois cualquier cosa menos lectores, y menos aún escritores.
Yo había apoyado a Béatrice Nanga en su impresionante soflama. T. C. Elimane no era clásico sino de culto. El mito literario es un tablero de juego. Elimane se había sentado y había plantado en la mesa las tres mejores bazas que se pueden sacar: para empezar, había escogido un nombre con iniciales misteriosas; luego, solo había escrito un libro; finalmente, había desaparecido sin dejar rastro. Valía la pena arriesgarnos a que nos partieran la cara para apoderarnos de su despojo.
Si bien se podía dudar de que realmente hubiera existido, en una época, un hombre llamado T. C. Elimane, o preguntarse si no sería el pseudónimo que un autor había inventado para burlarse o librarse del mundillo literario, nadie, en cambio, podía poner en duda la potente verdad de su libro: una vez cerrado, la vida refluía a tu alma con violencia y pureza.
Saber si Homero tuvo una existencia biográfica sigue siendo una cuestión apasionante. En última instancia, sin embargo, no afecta gran cosa a la fascinación de su lector; porque es a Homero, quienquiera que fuese, a quien ese lector agradece que escribiera La Ilíada o La Odisea. De la misma manera, poco importaba la persona, la mistificación o la leyenda tras T. C. Elimane; era a este nombre al que debíamos la obra que había cambiado nuestro punto de vista acerca de la literatura. Quizá de la vida. El laberinto de lo inhumano: así se titulaba, y nosotros acudíamos a sus páginas como los manatíes acuden a beber a la fuente.
En el origen había una profecía y había un rey; y la profecía le dijo al rey que la tierra le daría el poder absoluto pero exigiría a cambio las cenizas de los viejos, cosa que el rey aceptó; acto seguido se puso a quemar a los ancianos de su reino, para después dispersar sus restos alrededor de su palacio, donde, pronto, creció un bosque, un bosque macabro, al que llamaron el laberinto de lo inhumano.
II
¿Cómo nos encontramos, este libro y yo? Por azar, como todo el mundo. Pero no me olvido de lo que me dijo la Araña Madre: un azar no es más que un destino que ignoramos. Mi primera lectura de El laberinto de lo inhumano se remonta a una fecha muy reciente, algo más de un mes. Aunque mentiría si dijera que desconocía por completo a Elimane antes de esta lectura: en el instituto ya había oído su nombre. Figuraba en el Compendio de las literaturas negras, una de esas antologías indestructibles que, desde la era colonial, servían de libro de referencia a los estudiantes del África francófona.
Era 2008, primero de bachillerato en un internado militar al norte de Senegal. Empezaba a atraerme la literatura y abrigaba el sueño adolescente de convertirme en poeta; ambición decididamente banal cuando descubríamos a los más grandes y el hecho de que vivíamos en un país asediado por el engorroso espectro de Senghor; un país donde el poema seguía siendo uno de los valores más fiables en la camarilla de las seducciones. Era la época en que te ligabas a las chicas con cuartetos, memorizados o compuestos.
En consecuencia, empecé a perderme en las antologías poéticas, los diccionarios de sinónimos, de palabras raras, de rimas. Perpetré algunos poemas espantosos, que salpimentaba con endecasílabos flojísimos llenos de «pálidas lágrimas», «cielos dehiscentes» y «auroras hialinas». Hacía pastiches, parodias y plagios. Hojeaba con frenesí mi Compendio de las literaturas negras. Y fue ahí donde, por primera vez, junto a clásicos de las letras negras, entre Tchichellé Tchivéla y Tchicaya U Tam’si, me topé con el nombre, desconocido, de T. C. Elimane. El comentario que le habían dedicado era tan singular en la antología que le presté especial atención. Decía (he conservado el manual):
T. C. Elimane nació en Senegal. Obtuvo una beca de estudios, fue a París y publicó, en 1938, un libro cuyo destino fue marcado por la singularidad trágica: El laberinto de lo inhumano.
¡Y qué libro! ¡La obra maestra de un joven negro de África! ¡Lo nunca visto en Francia! Surgió una de esas disputas literarias de las cuales este país posee el secreto y el gusto en exclusiva. El laberinto de lo inhumano tuvo tantos defensores como detractores. Pero cuando los rumores auguraban prestigiosos premios al autor y a su libro, un tenebroso asunto literario echó a perder su despegue. La obra fue puesta en la picota; en cuanto al joven autor, desapareció de la escena literaria.
A continuación, estalló la guerra. Nadie ha vuelto a tener noticias del tal T. C. Elimane desde finales del año 1938. Su suerte sigue siendo un misterio a pesar de algunas hipótesis interesantes (sobre esta cuestión, puede ser valioso leer, por ejemplo, el reportaje de la periodista B. Bollème, ¿Quién fue realmente el Rimbaud negro? Odisea de un fantasma, Éditions de la Sonde, 1948). Salpicada por la polémica, la editorial retiró el libro del mercado y destruyó todo el stock. El laberinto de lo inhumano no se ha reeditado jamás. Hoy, la obra es inencontrable.
Lo repetiremos: este autor precoz tenía talento. Genio, tal vez. Es una lástima que lo dedicase a pintar la desesperación: su libro, demasiado pesimista, alimentaba la visión colonial de un África de tinieblas, violenta y bárbara. Un continente que ya había sufrido tanto, que sufría y seguiría sufriendo, tenía derecho a esperar que sus escritores diesen de él una imagen más positiva.
Estas líneas me pusieron sobre la pista polvorienta de Elimane, o más bien sobre la pista de su fantasma. Me pasé las semanas siguientes tratando de averiguar más sobre su destino, pero Internet no me aportó nada que no me hubiese dicho ya el manual. No existía ninguna foto de Elimane. Las escasas páginas web que lo mencionaban lo hacían de manera tan puramente alusiva que enseguida comprendí que no sabían mucho más que yo. Todos o casi todos hablaban de un «vergonzoso autor africano de entreguerras» sin decir en qué consistía su vergüenza, exactamente. No logré obtener más información sobre la obra. No encontré ningún testimonio que la abordase a fondo; ni estudios ni tesis.
Le hablé de Elimane a un amigo de mi padre que enseñaba literatura africana en la universidad. Me dijo que su vida efímera en las letras francesas (insistió mucho en «francesas») no había permitido que su obra fuese descubierta en Senegal. «Es la obra de un dios eunuco. A veces se ha hablado de El laberinto de lo inhumano como de un libro sagrado. La verdad es que no engendró ninguna religión. Nadie más cree en ese libro. Quizá nadie ha creído nunca en él».
Mi situación en aquel internado militar perdido en medio de la nada limitaba mis investigaciones. Las detuve y me resigné a aquella verdad simple y cruel: Elimane había sido borrado de la memoria literaria, pero también, por lo visto, de todas las memorias humanas, incluidas las de sus compatriotas (pero ya se sabe que los compatriotas siempre son los primeros en olvidarte). El laberinto de lo inhumano pertenecía a la otra historia de la literatura (que quizá sea la verdadera historia de la literatura): la de los libros perdidos en un pasadizo del tiempo, ni siquiera malditos sino simplemente olvidados, y cuyos cadáveres, osamentas y soledades se desparraman por el suelo de cárceles sin carceleros y balizan infinitas y silenciosas pistas heladas.
Me desentendí de esta triste historia y volví a escribir mis poemas de amor con versos patituertos.
En resumidas cuentas, mi único descubrimiento importante fue, en el ignoto foro de una web, la larga primera frase de El laberinto de lo inhumano, como si solo eso se hubiese librado de la aniquilación setenta años antes: En el origen había una profecía y había un rey; y la profecía le dijo al rey que la tierra le daría el poder absoluto pero exigiría, a cambio, las cenizas de los viejos, etcétera.
III
Ahora contaré cómo entró de nuevo en mi vida El laberinto de lo inhumano.
Después de mi primer encuentro con Elimane en la época del instituto, pasó un tiempo sin que volviese a oír hablar de él. De vez en cuando me venía a la mente, claro, pero muy de tarde en tarde, y siempre con un poco de tristeza, como cuando recuerdas historias inacabadas o inacabables —un antiguo amigo perdido, un manuscrito destruido en un incendio, un amor al que renunciamos por temor a ser por fin felices—. Me saqué el título, me fui de Senegal y viajé a París a continuar con mis estudios.
Ahí reabrí brevemente el dosier Elimane, sin éxito: el libro siguió siendo inencontrable, incluso en las librerías de viejo cuyo fondo tanto me habían elogiado. En cuanto al opúsculo de B. Bollème, ¿Quién fue realmente el Rimbaud negro?, me dijeron que no se reeditaba desde mediados de los años setenta. Mis estudios y mi vida de inmigrante me alejaron pronto de El laberinto de lo inhumano, libro fantasma cuyo autor por lo visto no había sido más que el chispazo de una cerilla en la oscura noche literaria. Poco a poco, lo fui olvidando.
Mi carrera universitaria en Francia me encaminó hacia una tesis de literatura que enseguida viví como un exilio del edén del escritor. Me convertí en un doctorando holgazán, rápidamente desviado del noble camino académico por lo que ya no era una tentación pasajera sino un deseo tan pretencioso como verdadero: ser novelista. Me advirtieron: a lo mejor no logras el éxito literario; ¡a lo mejor acabas amargado!, ¡decepcionado!, ¡marginado!, ¡fracasado! Sí, es posible, decía yo. La infatigable tercera del plural insistía: ¡igual acabas suicidándote! Sí, tal vez; pero la vida es lo que hay en medio de tal y vez, replicaba yo. Intento caminar sobre un cable tendido entre esas dos palabras. Si me caigo, mala suerte: ya veré entonces qué vive o muere ahí abajo. Y luego le sugerí a la tercera del plural que se fuese a tomar por saco. Le dije: en literatura no se logra el éxito, así que coges esa monserga del éxito y te la metes por donde te quepa.
Escribí una novelita, Anatomía del vacío, que publiqué con un editor más bien modesto. El libro fue un fiasco (setenta y nueve ejemplares vendidos los dos primeros meses, incluidos los que había comprado yo de mi propio bolsillo). No obstante, mil ciento ochenta y dos personas le habían dado a me gusta en el post que publiqué en Facebook para anunciar la aparición inminente de mi libro. Novecientas diecinueve habían comentado. «¡Enhorabuena!», «¡Orgulloso!», «Proud of you!», «Congrats bro!», «¡Bravo!», «¡Me inspira!» (y yo expiro), «Gracias, hermano, eres motivo de orgullo», «¡Ganas de leerlo Insha’Allah!», «¿Cuándo sale?» (aunque había indicado la fecha de salida en el post), «¿Cómo lo consigo?» (eso también salía en el post), «¿Cuánto cuesta?» (ídem), «¡Interesante título!», «¡Eres un ejemplo para nuestra juventud!», «¿De qué va?» (esta pregunta encarna el Mal en literatura), «¿Se puede encargar?», «¿Disponibilidad en PDF?», etcétera. Setenta y nueve ejemplares.
Había tenido que esperar cuatro o cinco meses para que alguien lo sacase del Purgatorio del anonimato. Un periodista influyente, especialista en literaturas francófonas, como se suele decir, lo había reseñado en mil doscientos caracteres con espacios incluidos en Le Monde (África). Mostraba algunas reservas sobre mi estilo, pero su última frase me había endilgado la temible locución, peligrosa incluso, hasta diabólica, de «promesa a seguir de la literatura africana francófona». Es cierto que me había librado del terrible y mortal «estrella emergente», pero su alabanza no sería menos asesina. Bastó, en consecuencia, para granjearme cierta atención en el mundillo literario de la diáspora africana de París —el Gueto, como lo llamaban con afectación ciertos lenguaraces entre los que yo me contaba—. A partir de aquel instante, hasta los que no me habían leído ni pensaban leerme jamás supieron, gracias al suplemento de Le Monde Afrique, que yo era el enésimo nuevo joven escritor que llegaba rebosante de promesas. Me convertí, en los festivales, encuentros, salones y ferias literarias a los que me invitaban, en el encargado natural de esas indestructibles mesas redondas tituladas «nuevas voces» o «nueva guardia» o «nuevas plumas» o a saber qué otra cosa pretendidamente nueva pero que, en realidad, parecía tan vieja y extenuada en literatura. Ese pequeño eco llegó a mi país, a Senegal, y se empezaron a interesar por mí porque París se había interesado, lo cual suponía una garantía. A partir de aquel momento, Anatomía del vacío se comentó (que se comentara no quiere decir que se leyese).
A pesar de todo esto, la novela me había dejado insatisfecho, infeliz, incluso. Pronto me dio vergüenza Anatomía del vacío —que había escrito por razones que detallaré más tarde— y, como para purgarme o sepultarla, empecé a soñar con otra gran novela, ambiciosa y decisiva. Solo faltaba escribirla.
IV
Así que eso, escribir mi magnum opus, era lo que llevaba un mes intentando hacer cuando, una noche de julio, incapaz de dar con la primera frase, me escapé a las calles parisinas. Deambulaba, al acecho de un milagro. Se me presentó tras la ventana de un bar, cuando reconocí a Marème Siga D., una escritora senegalesa entrada en la sesentena, a quien el escándalo de cada uno de sus libros había transformado, para algunos, en pitonisa maligna, en vampira o directamente en súcubo. Yo la veía como un ángel; el ángel negro de la literatura senegalesa, sin el cual esta sería una cloaca mortal de aburrimiento donde chapotearían, como zurullos húmedos, esos libros que comienzan fatalmente con descripciones de un sol eterno «resplandeciendo a través del follaje», o visiones del rostro novelesco universal donde los pómulos son «marcados», la nariz «aquilina» (o «chata») y la frente «abombada» o «prominente». Siga D. salvaba la producción literaria senegalesa reciente del embalsamamiento pestilente de los clichés y de las frases exangües, desvitalizadas como viejos dientes podridos. Se había marchado de Senegal para escribir fuera una obra cuya única obscenidad era ser radicalmente honesta. Esto le había valido cierto culto, y algunos juicios a los que siempre se presentaba sin abogado. Los perdía a menudo; pero lo que tengo que decir, afirmaba, está ahí, en mi vida, de modo que continuaré escribiéndolo y echando por tierra vuestros miserables ataques.
En definitiva, reconocí a Siga D. Entré en el bar y me senté no muy lejos de ella. Aparte de nosotros, había tres o cuatro clientes desperdigados por la sala. El resto tomaba el aire en la terraza. Siga D. estaba sola en su mesa, inmóvil. Parecía una leona observando a una presa, agazapada entre la hierba alta, analizando la estepa con unos ojazos amarillos. La aparente frialdad de su actitud contrastaba con el fuego de su obra, cuyo recuerdo —páginas suntuosas y peleanas, páginas de sílex y de diamante— me hizo dudar, por un momento, de que fuese aquella mujer, tan impasible, quien las había escrito.
En aquel preciso instante, Siga D. agitó el brazo para recoger la manga de su amplio caftán. Por la rendija de la túnica entreví, durante unos segundos, sus pechos. Se perfilaban como al final de un túnel o de un pasillo de espera, el pasillo de espera del deseo. Siga D. había escrito sobre el tema párrafos memorables, blasones dignos de las más tórridas antologías de textos eróticos. Así que me encontraba ante unos pechos que habían pasado a la posteridad literaria. Numerosos lectores los habían visto en su imaginación, y, alrededor de sus redondeces, muchos habían erigido sólidos fantasmas. Reactivé los míos. El brazo volvió a caer y devolvió los pechos a su secreto.
Cogí las riendas con una mano, la otra vació el vaso de un trago, y abordé a Siga D. Me presenté, Diégane Latyr Faye, le hablé de mi amor por su obra, de mi emoción al verla, de mi fascinación por su personalidad, de mi impaciencia por leer su próximo libro, en fin, el potaje de elogios convenidos que sus admiradores debían de servirle cuando la veían; luego, como su rostro mostró la cortesía irritada de quien quiere despedir al inoportuno sin tener que decírselo, fui a por todas y le hablé de sus pechos, que acababa de ver y que me gustaría que me volviese a enseñar.
Ella entrecerró los ojos sorprendida, se abrió una falla, me tiré dentro: Esos pechos me han hecho soñar tanto, señora Siga; ¿Lo que has entrevisto de ellos te ha gustado?, dijo con calma; Sí, me ha encantado y quiero más; ¿Más?; Más; ¿Por qué?; Porque estoy empalmado; ¿En serio, Diégane Latyr Faye? ¡Creo que exageras, muchacho!; Sí, lo sé, señora Siga, sus pechos me obsesionan desde hace tanto, si usted supiese; Deja de tratarme de usted deja de llamarme señora Siga, es ridículo, y déjate también de erecciones, ve desempalmando, mënn na la jurr, podría ser tu madre, Diégane; Kone nampal ma, entonces dame teta como una madre, le repliqué yo, como cuando de adolescente las chicas rechazaban mis insinuaciones (o no entendían nada de mis endecasílabos), calculando, por sacarme cuatro o cinco años, que podrían haberme dado a luz.
Siga D. me había mirado unos instantes y, por primera vez, había sonreído.
—Veo que el señor sabe ser mordaz. Veo que al señor no le falta labia. ¿Quieres teta? Muy bien. Sígueme. Mi hotel está a unos minutos de aquí. Insha’Allah, el señor tendrá teta.
Fue a levantarse, pero se interrumpió: A menos que prefieras que te nampal aquí y ahora.
Concretó la proposición y según lo decía tiró por debajo de la garganta del amplio caftán; y entonces un pecho rotundo, el izquierdo, se salió de la prenda abierta. ¿Quieres?, dijo Siga D. Como para decir que no. El medallón de la aureola estalló en su moreno matiz, isla en medio de un océano de abundancia de un color más claro. Siga D. me observaba, la cabeza inclinada hacia su derecha, impasible y como indiferente a todo lo demás. Aunque podría haber empleado efectos chirriantes y un poco vulgares, esta voluptuosidad obscena se exhibía, en cambio, con una fuerza contenida, a la que pronto le encontré elegancia. ¿Entonces qué? ¿Quieres o no quieres? Se apretó el pecho. Lo amasó lentamente. Tras unos segundos, le dije que prefería tomar teta en la intimidad del hotel. Qué lástima, respondió ella con una dulzura inquietante, y se la recolocó antes de ponerse en pie. Aromas de mirra y de cinamomo llenaban el aire. Pagué. La seguí.
V
Llegamos al hotel en el que se alojaba durante aquellos pocos días en París mientras asistía a un coloquio dedicado a su obra. Pero es mi última noche aquí, me había dicho mientras llamaba al ascensor. Mañana me vuelvo a casa, en Ámsterdam. Así que es esta noche o nunca, Diégane Latyr Faye.
Entró en el ascensor con una sonrisa terrible en los labios. Nuestra subida hasta la decimotercera planta fue una dolorosa constatación de mi derrota. El cuerpo de Siga D. lo había conocido, hecho y saboreado todo: ¿qué le podía aportar yo? Esos filósofos que ensalzan las virtudes inagotables de la inventiva erótica jamás se las han tenido que ver con Siga D., cuya sola presencia borraba mi historial amatorio. ¿Qué acometer? Cuarta planta ya. No va a sentir nada, no se va a enterar de que la metes siquiera, tu cuerpo se licuará contra el suyo, la atravesará y lo absorberán las sábanas y el colchón. Séptimo. En ella, no solo te vas a ahogar: vas a desaparecer, vas a desintegrarte, a disgregarte, te va a a.to.mi.zar, y derivarás por el clinamen de los materialistas antiguos, el de Leucipo, el de Demócrito de Abdera (a quien solo Empédocles igualó en el plano filosófico), sin olvidar a Lucrecio, el noble comentador de Epicuro el Hedonista bendito en De rerum natura. Décimo. El aburrimiento, el aburrimiento mortal, eso es lo que le espera gracias a ti.
Hacía calor, yo sudaba de frío y Siga D. era capaz de mandarme volando por los aires de un capirotazo, de un soplido, como si fuese una frágil espiguilla. Pensaba, para devolverme los ánimos, en el rabelaisiano amamantamiento que se avecinaba, en el tetamen literario. Pero esta imagen, en lugar de ayudarme, me hundió en una debilidad aún mayor: mis manos se me antojaron ridículamente inofensivas y pequeñas ante los pechos de la escritora, manos inútiles incapaces de deseo, muñones. En cuanto a mi lengua, ni se me pasaba por la cabeza utilizarla: aquellos pezones poéticos ya la estaban entorpeciendo. Estaba jodido.
Decimotercera planta. La puerta del ascensor se abrió, Siga D. salió sin mirarme, giró a la izquierda y, durante unos segundos, no oí sus pasos, que absorbía la gruesa moqueta del pasillo; luego, el ruido de un cerrojo que se abría al contacto de una tarjeta magnética, antes de hacerse de nuevo el silencio. Me quedé en la cabina del ascensor, donde solté por fin los gases que me llevaba aguantando desde la primera planta en nombre de la dignidad. Me planteé la huida. Ni siquiera hubiese sido una huida, porque ambos sabíamos que ya había perdido antes incluso de haber librado la batalla. Si me hubiese marchado, no habría sido más que el triste pero previsible resultado de mi fracaso, el colofón de mi derrota anunciada. Llamaron al ascensor a recepción. Las puertas empezaron a cerrarse. Las retuve in extremis y salí, menos movido por la valentía que por el oscuro deseo de sufrir un completo descalabro.
Así que avancé por el pasillo. Había una puerta abierta. Por su abertura, invitación de alerta, se escapaban los mismos efluvios de mirra y canela. No la empujé, como si se tratase de la entrada a los Infiernos. Me quedé allí, torpe e inmóvil. La luz del pasillo acabó por apagarse. Di un paso adelante; se volvió a encender; crucé el umbral. Me recibió una habitación de tonos pastel lujosa e impersonal. Por un gran ventanal que se abría a un balcón, vi titilar París un instante. Un ruido de agua: Siga D. se estaba dando una ducha. Suspiré: un pequeño respiro antes de la hora de la verdad.
El tamaño de la cama, inusitadamente grande, me chocó menos que lo kitsch del cuadro que colgaba sobre la cabecera todo ufano. Ningún artista debería seguir viviendo después de embellecer, es decir: deformar, tan superficialmente el mundo, pensé. Luego desvié los ojos, me tumbé en la gigantesca cama y mandé mis pensamientos a ahogarse en el techo. Ante mí se desplegaron varios escenarios posibles en cuanto al desarrollo de los acontecimientos. Todos terminaban de la misma manera: pasaba las piernas por encima de la balaustrada del balcón y saltaba al vacío acompañado por la risa despiadada de Siga D., que no había sentido nada. Salió de la ducha al cabo de un cuarto de hora. Llevaba anudada al pecho una toalla blanca que le llegaba hasta los muslos; otra le ceñía la cabeza como el turbante de una sultana.
—Ah, todavía estás aquí.
Por el tono de su voz, no supe si era una constatación fría, un descubrimiento asombrado, una observación de una ironía devastadora o incluso una pregunta. Cada una de las opciones podía abarcar una serie de espantosos sobreentendidos. No respondí. Ella sonrió. La observé ir y venir del dormitorio al cuarto de baño. Siga D. tenía el cuerpo de una mujer madura que jamás había retrocedido ni ante el placer ni ante el sufrimiento. Era una belleza enmarañada con dolor; un cuerpo impúdico, puesto a prueba, desaprobado; un cuerpo sin dureza, pero al que no le asustaba la dureza del mundo. Bastaba verla para conocerla. Miré a Siga D. y supe la verdad: no era un ser humano lo que tenía ante mis ojos, era una araña, la Araña Madre, cuya inmensa obra tejía millones de hilos de seda, pero también de acero y quizá de sangre, y yo era una mosca enredada en aquella tela, una mosca enorme fascinada y verduzca, atrapada en Siga D., en el entramado y la densidad de sus vidas.
Se sucedieron esos largos minutos en el transcurso de los cuales, tras la ducha, ciertas mujeres hacen mil cosas que parecen de la mayor importancia sin que sepamos exactamente en qué consisten. Acabó sentándose en un sillón delante de mí, siempre tapada solo con la toalla. Se le subió, vi la parte alta de sus muslos, luego las caderas y, por fin, el montículo del pubis. No intenté desviar la mirada y la clavé en la mata de pelo un instante. Busqué su Ojo. Ella cruzó las piernas y el recuerdo de Sharon Stone palideció de pronto en mi memoria.
—Apuesto a que eres escritor. O aprendiz de escritor. No te sorprendas: he aprendido a reconocer a los de tu especie al primer vistazo. Miran las cosas como si detrás de cada una de ellas hubiese un profundo secreto. Ven un sexo de mujer y lo contemplan como si encerrase la clave de su misterio. Estetizan. Pero un coño no es más que un coño. No vale la pena babear vuestro lirismo o vuestra mística con los ojos anegados. No se puede vivir el instante y escribirlo al mismo tiempo.
—Por supuesto que sí. Se puede. Eso es vivir como escritor. Hacer de todo momento de la vida un momento de escritura. Verlo todo con los ojos de un escritor y…
—Ahí está tu error. Ahí está el error de todos los tipos como tú. Os creéis que la literatura corrige la vida. O que la completa. O que la reemplaza. Es falso. Los escritores, y he conocido a muchos, siempre han sido los amantes más mediocres con los que me he topado. ¿Sabes por qué? Cuando hacen el amor, piensan ya en la escena en la que se convertirá esa experiencia. Cada una de sus caricias está echada a perder por lo que su imaginación hace o hará de ellas, cada una de sus embestidas, debilitada por una frase. Mientras les hablo haciendo el amor, casi oigo sus «murmura ella». Viven en capítulos. Una raya de diálogo precede a sus palabras. Als het erop aan komt —es neerlandés, significa «al final»—, los escritores como tú acaban atrapados en sus ficciones. Sois narradores permanentes. Lo que cuenta es la vida. La obra solo viene después. Una y otra no se confunden. Nunca.
Interesante y discutible teoría que dejé de escuchar. La toalla de Siga D. casi había caído del todo ahora. Había descruzado las piernas. La toalla medio abierta me revelaba casi todo su cuerpo: su vientre, su talle, todas las inscripciones sobre su piel… Solo sus pechos seguían ocultos por dos últimos pliegues de toalla. En cuanto al Ojo, ahora lo veía claramente, y estaba fuera de toda duda que el mío había parpadeado el primero.
—¿Ves?, ahora mismo estás pensando frases. Mala señal. Si quieres escribir una buena novela, olvídala por un momento. Quieres follarme, ¿no? Sí, sí quieres. Aquí estoy. Piensa solo en eso. En mí.
Se levantó del sillón, se acercó, inclinó su cara sobre la mía. La toalla se desanudó del todo; aparecieron los pechos; los aplastó contra mi pecho.
—Si no, lárgate de aquí y vete a escribir otra novelita de mierda.
Encontré esta provocación un poco pueril y volqué a Siga D. sobre la cama. La expresión que reveló su rostro, de triunfo, voluptuosidad, desafío, me llenó de un furioso deseo. Empecé a besarle los pezones. Me apliqué y le arranqué suspiros, o mejor dicho, protosuspiros. Por lo menos es lo que quise creer. Reales o soñados, me galvanizaron. Yo, la mosca, estaba cerca del centro letal y oscuro de la morada de la Araña Madre. Quise deslizarme hacia el Ojo. Ella me retuvo entonces y me dio la vuelta sobre un costado como a un niño, con una facilidad humillante, soltando una carcajada; entonces se puso en pie y empezó a vestirse de nuevo.
Invadido por una violenta cólera, quise volver a la carga. Pero la consciencia de la ridícula estampa que debía de ofrecer en aquel instante me frenó. Me callé la boca y me quedé quieto. Entonces, Siga D. se puso a cantar en serere con lentitud. Me tumbé para escucharla y, poco a poco, la habitación, que hasta entonces solo había comunicado un confort glacial, se volvió viva y triste y se pobló de recuerdos. La canción hablaba de un viejo pescador que preparaba su embarcación para salir a desafiar a una diosa pez.
Cerré los ojos. Siga D. acabó de vestirse canturreando la última estrofa. La barca se alejaba del océano en calma y el pescador escrutaba el horizonte con ojos duros y brillantes, listo para enfrentarse a la fabulosa divinidad. No se volvía hacia la orilla, donde su mujer y sus hijos lo observaban. Al final de todo, Sukk lé joot Kata maag, Roog soom a yooniin, Su piragua pasó al otro lado del océano y Dios fue su única compañía. Enel instante en que Siga D. se calló, una penetrante tristeza impregnó toda la estancia.
Duró unos segundos, y casi sentí su peso y su olor cuando Siga D. me invitó a sentarme en el balcón, donde estaríamos más a gusto. Se había traído de Ámsterdam una hierba excelente con la que se hizo, con la indolente agilidad de la costumbre, un buen porro, bastante intimidante, no había visto uno así en mi vida, y nos lo fumamos charlando de cosas solemnes y ligeras, de las mil máscaras de la vida, de la tristeza en el fondode toda belleza, un porro realmente enorme y una hierba de calidad. Lepregunté si sabía la continuación de la historia del pescador y la divinidad fabulosa.
—No, Diégane. No creo que haya una continuación. Era una de mis abuelas, Ta Dib, quien me la cantaba de niña. Siempre la interpretó así.
Siga D. hizo una pequeña pausa, luego dijo que no necesitaba continuación porque cada cual, als het erop aan komt, sabía el final de la historia, que solo podía acabar mal. Estuve de acuerdo con ella, solo había un final posible. En ese momento se apagó la brasa del porro entre mis dedos. Pocas veces en mi vida me había sentido tan relajado. Levanté la mirada hacia el cielo, un cielo sin estrellas, que tapaba algo —no la procesión de nubes, no, sino otra dimensión, desmesurada y profunda, que se parecía a la sombra de una gigantesca criatura sobrevolando la Tierra.
—Es Dios —dije. Me callé un momento antes de proseguir, en voz baja y tranquila (creo que nunca he vuelto a experimentar la sensación inédita e injustificable de entonces, la sensación de tocar la Verdad con los dedos)—: Es Dios. Esta noche está aquí cerca, creo incluso que hacía mucho que no estaba tan cerca. Pero Él sabe. Sabe que venir lo aniquilará para siempre. Todavía no está suficientemente preparado para hacer frente a Su mayor pesadilla: nosotros, los Hombres.
—Entonces eres de esos a los que la hierba transforma en teólogos metafísicos —murmuró Siga D.
Tras un nuevo silencio, dijo:
—Espera.
Entró en su habitación, rebuscó en su bolso, luego volvió con un libro en la mano. Se sentó, abrió la obra al azar y dijo:
—No podemos acabar esta velada sin leer un poco de literatura, sin sacrificar algunas páginas al dios de los poetas. —Y empezó a leer: tres páginas bastaron para dejarme estremecido—. Lo sé. Es mejor que un porro —dijo cerrando el libro.
—¿Qué es eso?
—El laberinto de lo inhumano.
—Imposible.
—¿Perdón?
—Imposible. El laberinto de lo inhumano es un mito. T. C. Elimane es un dios eunuco.
—¿Conoces a Elimane?
—Lo conozco. Tengo el Compendio de literaturas negras. Llevo buscando ese libro… Yo…
—¿Conoces la historia de este libro?
—El Compendio decía que…
—Olvídate del Compendio. ¿Has buscado por tu cuenta? Sí, debes de haberlo intentado. Pero nunca lo has encontrado. Evidentemente. Nadie lo puede encontrar. Yo no conseguí encontrarlo. Me acerqué. Pero el camino es tortuoso. Largo. A veces mortal. Buscamos a T. C. Elimane y un precipicio silencioso se abre de pronto bajo nuestros pies como un cielo del revés. Como una garganta sin fondo. Ante mí también se abrió ese abismo. Me precipité. La caída tuvo lugar…, la caída…
—No entiendo nada de lo que me estás contando.
—… Y la viví. La vida tomó direcciones inesperadas, he perdido el hilo en las arenas del tiempo y nunca he tenido el valor de salir a buscarlo.
—¿Encontrar a quién? ¿Qué? Y, para empezar, ¿de dónde sacaste el libro? ¿Qué demuestra que sea realmente El laberinto de lo inhumano?
—… Nunca he contado lo que viví o no logré vivir con él. Siento que es el punto ciego de mi vida, su ángulo muerto…
—Has fumado demasiado.
—… Pero también su ángulo más vivo, su punto lúcido…, y si logro encontrar el hilo de esta historia, me habré internado como nunca en la región extranjera que hay en mí y que ese hilo habita…
—Estás delirando.
—… Y habré bajado al fondo de lo que de verdad tengo que escribir: mi libro sobre Elimane. Pero de momento no estoy lista. En cuanto a las circunstancias en las que me hice con este libro… No es una historia que pueda contar, Diégane Faye. Hoy no, en todo caso. Aún no.
Siga D. se calló y giró la cabeza hacia la ciudad, pero me resultó evidente que no veía ninguno de los destellos que despuntaban aquí y allá, como una joyería preciosa, sobre el cuerpo de París. Su mirada estaba dirigida hacia sí misma, hacia los destellos o los crepúsculos de su pasado. No intenté sacarla de la melancolía de su recuerdo. Al contrario, la dejé sumirse en él, intentando calcular, por las sombras de sus ojos, la profundidad de su caída en la memoria. La Araña, según se iba alejando en el tiempo, se me antojó más presente, más cercana, más real. En la rueca del pasado, hilaba en silencio motivos desconocidos, complejos y bellos, de heridas que parecía reabrir. Me sentí de pronto como arrastrado por su memoria, sus pensamientos; irradiaban, tan intensos que parecían surgir de su envoltorio físico y atravesar, arrebatar toda presencia alrededor. Comprendí, tras unos segundos bajo esta pesadez (una pesadez caótica e irresistible, invisible pero palpable: la pesadez de un pensamiento concentrado, y del que intentaba extraer un sentido, quizá una verdad), comprendí que estaba asistiendo a un espectáculo cuya escena me había parecido hasta entonces que solo debía de ser interior, relegada al secreto de la conciencia, reservado a una experiencia mística, posible solo en un cuadro simbolista o en una pesadilla: vi una introspección. Un alma ajena invitaba a la mía a entrar en ella, volvía su mirada hacia sus profundidades y se aprestaba a juzgarse despiadadamente. Era una autopsia de la que el forense también era el cadáver; y el único testigo de esta visión, de esta sensación que se podría haber calificado de bella u horrible, de bella y horrible, era yo.
—Es un fantasma —dijo de pronto Siga D., y en su voz percibí la de todas las Siga D. con las que se había cruzado en su recuerdo—. Uno no encuentra a Elimane. Se te aparece. Te atraviesa. Te hiela los huesos y te quema la piel. Es una ilusión viviente. Yo sentí su respiración en la nuca, su respiración surgida de entre los muertos.
Entonces me limité a mirar la ciudad adormecida y, contemplándola, pensé que aquella noche se parecía a un puñetero sueño. Me dije que debía de estar a punto de despertarme de un momento a otro en el sofá destartalado del apartamento que compartía con Stanislas. Era más probable que estar allí, de pie en el balcón de un hotel de lujo, en compañía de una gran novelista que tenía en su poder El laberinto de lo inhumano.
—Toma —dijo Siga D.
Me tendió el libro. Reprimí un movimiento de miedo.
—Léelo, luego ven a verme a Ámsterdam. Cuídamelo. No sé por qué te hago este regalo, Diégane Latyr Faye. Apenas te conozco, y sin embargo te doy mi posesión más preciada, sin duda. A lo mejor debemos compartirlo. Nuestro encuentro es insólito, se ha dado por curiosos vericuetos que tienden hacia esto: este libro. Quizá es una casualidad. Quizá es el destino. Pero uno y otro no se oponen necesariamente. El azar no es más que un destino que ignoramos, un destino escrito con tinta invisible. Eso me dijo una vez una persona. A lo mejor no se equivocaba. Veo en nuestro encuentro una manifestación de la vida. Y eso es lo que hay que seguir siempre: la vida y sus caminos imprevisibles. Todos tienden hacia el mismo lugar, el destino de todos, pero emprenden, para ir hacia allí, itinerarios que pueden ser bellos o terribles, cubiertos de flores o de huesos, caminos nocturnos que recorremos a menudo solos, pero donde tenemos ocasión de poner nuestra alma a prueba. Y luego… es tan raro encontrarse con alguien a quien este libro le diga algo. Cuídamelo. Esperaré tu visita en Ámsterdam, escríbeme cuando te decidas, que yo me organizaré para alojarte. Te dejo mis señas en la solapa. Sin más. Ya está. Toma.
Me dije entonces: el despertar llegará ahora, cuando toques el libro. Tendí la mano, listo para abrir los ojos sobre el decorado de mi salón. Pero la escena continuó: sostenía El laberinto de lo inhumano. Tenía la sobriedad de otro tiempo: sobre un fondo blanco figuraban, de arriba abajo, el nombre del autor, el título, el editor (Gemini), enmarcados por un ribete azul antracita. En la contra, leí dos frases: T. C. Elimane nació en la colonia de Senegal. El laberinto de lo inhumano es su primer libro, la primera obra capital auténtica de un negro del África negra que afronta y dice libremente la locura y la belleza de su continente.
Sostenía en mis manos el libro. Ya había soñado con aquel instante y esperaba que sucediese algo más; pero no sucedió nada y, mientras levantaba la cabeza, Siga D. me observaba.
—Vete, vete a leerlo. Te llevará tu tiempo. Te envidio. Vas a descubrir este libro. Pero también te compadezco.
No disimuló la sombra de tristeza que pasó entonces por sus ojos. No le pregunté por el significado de sus últimas palabras y me metí El laberinto de lo inhumano en el bolsillo de atrás de los vaqueros tras un tímido gracias. Siga D. dijo que no sabía si debía darle las gracias o maldecirla. Le repliqué que igual estaba exagerando un poco. Ella me dio un beso en la mejilla: Ya lo verás.
Y así se escapó la enorme mosca de la telaraña. En casa me encontré con un silencio denso que resquebrajaba, no obstante, una respiración pugnaz e invasiva: Stanislas, mi compañero de piso, roncaba. Era traductor del polaco y llevaba meses trabajando en una nueva versión de Ferdydurke, la gran novela de su ilustrísimo compatriota Witold Gombrowicz.
Llegué a mi cuarto con el culo de una botella y puse en mi móvil una selección personal de hits de Super Diamono, mi grupo preferido. Palpé el libro en el bolsillo, lo saqué, lo examiné un instante. No podía afirmar que no hubiese creído en su existencia: había habido noches en las que le había pertenecido en cuerpo y alma, y noches en las que lo había recitado de cabo a rabo sin haberlo visto jamás; pero también hubo otras muchas en las que su existencia se reducía a simple mito: a su mera proyección, a su frágil esperanza. ¡Asqueroso laberinto! Pero vaya: el objeto de las obsesiones que creía pueriles y muertas para siempre resurgía de las ruinas ensangrentadas de mis sueños.
Sonaba Super Diamono y la voz de obsidiana fusionada de Omar Pène navegaba hacia el día sobre la calma del mar nocturno. En su estela, tranquila y espléndida, deslizaba «Mujjé», un memento mori en forma de joya única, forjada en la lava de doce minutos de jazz. Da ngay xalat ñun fu ñuy mujjé, decía, recuerda nuestro final, piensa en la gran soledad, piensa en la promesa del crepúsculo, que nos espera a todos. Recuerdo tan temible como esencial, más viejo que el tiempo, pero en el que creí medir la vertiginosa gravedad por primera vez en mi vida. Entregado así a ese abismo abierto por Diamono y Pène, comencé la lectura de El laberinto de lo inhumano.
Estaba oscuro, aunque la espuma del día se acumulase ya tras el hilo del horizonte. Leí; la noche expiró sin un grito; a continuación releí y la botella se vació; dudé si abrir otra y acabé por cambiar de opinión y seguí leyendo y escuchando las canciones de Diamono hasta que todas las estrellas se borraron en el rayo de la luz que perforó mi ventana y hasta que se desvanecieron todas las sombras y todos los silencios heridos y el ronquido de Stanislas y la melopeya más antigua de esta triste tierra y todo lo que yo creía conocer de los hombres; luego, cuando el día hubo amanecido y mi selección musical se terminó (pero el silencio tras Pène es el testamento poético de Pène), me dormí, listo para reencontrar en mi sueño la transfiguración alucinada de los acontecimientos de la noche, para despertarme en un mundo que parecía inalterado a primera vista, pero donde todo, bajo la superficie de las cosas, bajo la piel del tiempo, habría cambiado para siempre.
Así fueron, después de mi velada en la tela de la Araña, mis primeros pasos en el círculo de soledad hacia el que resbalaban El laberinto de lo inhumano y T. C. Elimane.
Fragmento del libro La más recóndita memoria de los hombres. Mohamed Mbougar Sarr. Anagrama. 2022. Traducción de Maia Figueroa. Publicado con autorización de sus editores.
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Mohamed Mbougar Sarr (Senegal, 1990). Vive en Francia y ha publicado cuatro novelas: Terre ceinte (Premio Ahmadou-Kourouma, Gran Premio de Novela Mestiza y Premio de Novela Mestiza de los Estudiantes), Silence du chœur (Premio de Novela Mestiza de los Lectores, Premio Literario de la Porte Dorée y Premio Littérature Monde – Étonnants Voyageurs), La más recóndita memoria de los hombres, que ha recibido hasta el momento el Premio Goncourt, el Premio Transfuge a la mejor novela en lengua francesa y el Premio del Libro Hennessy, y Hombres puros.
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