Tachas 676 • La Escalera Mecánica • Négar Djavadi
En París mi padre, Darius Sadr, jamás utilizaba las escaleras mecánicas.
La primera vez que bajé con él al metro, el 21 de abril de 1981, le pregunté por qué y me respondió: «La escalera mecánica es para los otros». Por otros entendía evidentemente vosotros. Vosotros que ibais a trabajar ese martes de abril por la mañana. Vosotros, ciudadanos de este país, en donde los impuestos, las deducciones obligatorias, el impuesto de vivienda, pero también la educación, la intransigencia, el sentido crítico, el espíritu de solidaridad, el orgullo, la cultura, el patriotismo, el apego a la República y a la democracia, habían llevado durante siglos a conseguir esas escaleras mecánicas instaladas a muchos metros bajo tierra.
A los diez años no tenía conciencia de todas esas nociones pero la mirada desarmada de mi padre —adquirida durante los meses que había pasado solo en esta ciudad y que yo no conocía— me conmovió hasta el punto de que aún hoy, cada vez que me encuentro frente a una escalera mecánica, pienso en él. Escucho el ruido de sus pasos que percuten los firmes escalones. Veo su cuerpo ligeramente inclinado hacia delante por el esfuerzo, obstinado, voluntarioso, anclado en el rechazo de aprovechar la comodidad efímera de la ascensión mecánica. En la lógica de Darius Sadr, ese confort era un lujo que no le correspondía. Un abuso, incluso un robo. Su destino se inscribía ahora en las escaleras de este mundo, el tiempo que pasa sin sorpresas, la mirada indiferente de los transeúntes.
Para comprender la complejidad de este pensamiento hay que entrar en la cabeza de mi padre; mi padre de aquella época, el Tumultuoso, el Desilusionado. Comprender así el camino tortuoso y magistralmente absurdo de su pensamiento. Ver, bajo la capa del sufrimiento y más allá de la evidencia de su fracaso, su elegancia y su delicadeza, su capacidad para respetar y admirar. Apreciar la coherencia de su decisión (no subir por la escalera mecánica). Y su habilidad para sintetizar en una frase, que por algo se había pasado la vida escribiendo, en qué se había convertido y todo lo que representábais para él.
Pero, y lo sabéis tan bien como yo, para descifrar los pensamientos de alguien hay que conocerlo. Y para eso hay que tragarse toda su vida, todas sus luchas, todos sus fantasmas. Y creedme, si comienzo por ahí, si muestro ya la carta del «padre», es porque de otra manera no podría contar lo que me dispongo a relatar.
Quedémonos con el impacto de esta frase: «La escalera mecánica es para los otros». Por eso, entre otras razones, decidí que debía contar esta historia aunque no supiera bien por dónde empezar. Todo lo que sé es que estas páginas no serán lineales. Contar el presente exige que vaya lejos en el pasado, que atraviese las fronteras, que sobrevuele las montañas y llegue a ese lago inmenso que se llama mar, guiada por el flujo de imágenes, de asociaciones libres, de sobresaltos orgánicos, los huecos y los bultos esculpidos en mis recuerdos por el tiempo. No obstante, la verdad de la memoria es singular, ¿no es así? La memoria selecciona, elimina, exagera, minimiza, glorifica, denigra. Crea su propia versión de los acontecimientos, labra su propia realidad. Heterogénea, pero coherente. Imperfecta pero sincera. Sea como sea, la mía arrastra tantas historias, mentiras, lenguas, ilusiones, vidas ritmadas por exilios y muertes, muertes y exilios, que no sé bien cómo deshacer los nudos.
Es posible que algunos ya me conozcáis, que recordéis ese acontecimiento sangriento que sucedió en París, en el distrito 13, el 11 de marzo de 1994. La noticia abrió el telediario de las 8.00 de la noche de France 2. Al día siguiente todos los diarios hablaban del suceso con artículos repletos de tergiversaciones y adornados con fotos de nosotros, los ojos tapados por un rectángulo negro. Es posible que alguno de vosotros me viera en aquellas fotos; que incluso haya seguido las peripecias del caso.
Hubiera podido comenzar por ahí. En lugar de hablar de escaleras mecánicas, hubiera podido contar lo que entre nosotros llamamos el ACONTECIMIENTO. Pero no puedo. Todavía no. Por el momento, todo lo que necesitáis saber es que estamos a 19 de enero, son las 10.10 y yo espero.
Fragmento del libro Volver a casa. Négar Djavadi. Malpaso Ediciones. 2018. Traducción de Susana Peralta. Publicado con autorización de sus editores.
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Négar Djavadi (Irán, 1969). Escritora, guionista y directora. Su familia fue una de las opositoras al régimen del Shah y del ayatolá Jomeini. A los once años huyó de Irán con su madre y sus dos hermanas, cruzando las montañas de Kurdistán para instalarse en París, donde vive actualmente. Ha dirigido cuatro cortometrajes que han sido seleccionados en varios festivales de gran importancia. Ganó el premio al mejor primer guion por 'près la pluie, les amoureux. Codirige 4 femmes dans la vie, una serie de televisión que obtuvo una mención de honor en el festival televisivo de La Rochelle.
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