Narrativa

Tachas 676 • El libro de mi destino (fragmento) • Parinoush Saniee

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Sin tener en cuenta el honor y la reputación de su padre, mi amiga Parvaneh hacía cosas sorprendentes. Hablaba en voz alta por la calle y miraba los escaparates, incluso a veces se paraba y me señalaba los artículos expuestos. Daba igual que le repitiera: «Vámonos, es de mala educación»; no me hacía caso. En una ocasión, hasta me gritó desde la acera de enfrente y, por si fuera poco, me llamó por mi nombre de pila. Sentí tanta vergüenza que rogué que se me tragara la tierra. Gracias a Dios, no había por allí cerca ningún hermano mío, porque no sé qué habría pasado si me hubieran visto.

 

Cuando nos marchamos de Qum, mi padre permitió que siguiera asistiendo a la escuela. Más tarde, al explicarle que en Teherán las niñas no llevaban chador en clase y que sería el hazmerreír de mis compañeras, accedió a que me pusiera solo un hiyab, un pañuelo de cabeza, pero hube de prometerle que iría con cuidado y que no me estropearía ni corrompería, para que él no tuviera que avergonzarse de mí. Yo no entendía que una niña pudiera estropearse, como la comida; pero sí sabía qué hacer para no avergonzar a mi padre, aunque no llevara chador ni hiyab. Una vez oí que mi tío Abbas le decía: «Hermano, una muchacha tiene que ser buena por dentro. No se trata de que lleve un hiyab adecuado. Si es mala, puede hacer mil cosas bajo su chador que mancillen el honor de su padre. Ahora que te has instalado en Teherán, tendréis que vivir como teheranís. Los tiempos en que se encerraba a las chicas en casa pasaron a la historia. Déjala ir a la escuela y vestirse como las otras niñas, o solo conseguirás que destaque aún más».

El tío Abbas era muy sensato y prudente, yo lo adoraba. Entonces él ya llevaba casi diez años viviendo en Teherán; solo regresaba a Qum cuando moría algún familiar. Mi abuela paterna, que en paz descanse, siempre le decía: «Abbas, ¿por qué no vienes a verme más a menudo?». Y el tío Abbas soltaba una carcajada y respondía: «Qué quieres que haga. Diles a nuestros parientes que se mueran más a menudo». Mi abuela le daba un cachete y le pellizcaba la mejilla, tan fuerte que le quedaba la marca un buen rato.

La mujer de mi tío Abbas era de Teherán. Siempre usaba chador cuando venía a Qum, pero todos sabían que en la capital prescindía hasta del hiyab. Sus hijas no observaban esas normas de conducta y tampoco llevaban hiyab en la escuela.

 

Cuando murió mi abuela, sus hijos vendieron la casa familiar donde vivíamos y repartieron las ganancias. El tío Abbas le dijo a mi padre:

—Hermano, este ya no es un buen sitio para vivir. Haz las maletas y ven a Teherán. Uniremos nuestras partes y compraremos una tienda. Te alquilaré una casa cerca de la mía y trabajaremos juntos. Ven; empieza a construir tu propia vida. El único sitio donde puedes ganar dinero es en la capital.

Al principio, mi hermano mayor, Mahmud, se opuso.

—En Teherán, la fe y la religión son algo secundario —decía. Pero mi hermano Ahmad estaba contento.

—Sí, tenemos que ir —insistía—. Al fin y al cabo, debemos labrarnos un futuro.

—Pero pensad en las niñas —les advirtió madre—. En Teherán no encontrarán un marido decente, allí no conocemos a nadie. Todos nuestros amigos y parientes viven aquí. Masumeh tiene su certificado de primaria desde el año pasado y ya ha estudiado un año más de la cuenta. Va siendo hora de casarla. Y Fati debe empezar la escuela este año. Solo Dios sabe qué sería de ella en Teherán. Todos dicen que las niñas criadas allí se estropean.

—No se atreverá —dijo Alí, que cursaba cuarto grado—. ¿Acaso no estoy yo aquí? La vigilaré como un halcón y no dejaré que se desvíe. —Y le propinó una patada a Fati, que jugaba sentada en el suelo. Mi hermana se echó a llorar, pero nadie le hizo caso.

—Eso son tonterías —repuse yo, yendo a abrazarla—. ¿Insinúas que todas las niñas de Teherán son malas?

Mi hermano Ahmad, que adoraba Teherán, le gritó a Fati:

—¡Cállate! —Entonces se volvió hacia los demás y añadió—: El problema es Masumeh. La casaremos aquí y nos iremos a Teherán. Así nos quitamos un problema de encima. Y Alí se encargará de vigilar a Fati. — Dio unas palmaditas en el hombro a Alí y, orgulloso, dijo que su hermano pequeño era honesto y actuaría responsablemente.

Me sentí frustrada. Ahmad siempre se había opuesto a que yo fuera a la escuela. Como él era muy mal estudiante, suspendía un curso tras otro y había tenido que dejar los estudios; no quería que fuera más culta que él.

A mi abuela, que en paz descanse, tampoco le gustaba que yo siguiera en el colegio, y siempre le estaba diciendo a mi madre: «Tu hija no tiene aptitudes. Cuando la cases, te la devolverán al cabo de un mes». Y a mi padre: «¿Por qué sigues gastando dinero en esa niña? Las niñas son inútiles. Pertenecen a otro. Trabajas mucho, gastas mucho en ella, y al final tendrás que pagar mucho más para entregársela a otro hombre».

 

Ahmad estaba a punto de cumplir los veinte, pero todavía no tenía empleo fijo. Aunque trabajaba de recadero en la tienda del bazar del tío Asadolá, siempre andaba deambulando por las calles. No se parecía a Mahmud, que, pese a ser solo dos años mayor que él, era serio, responsable y tan devoto que jamás olvidaba sus oraciones ni se saltaba los ayunos. Todos creían que Mahmud le llevaba diez años a Ahmad.

Madre quería que Mahmud se casara con mi prima materna, Ehteram-Sadat, y decía que esta era una sayyida, una descendiente del Profeta. Pero yo sabía que a mi hermano le gustaba Mabubeh, mi prima paterna. Cada vez que venía a nuestra casa, Mahmud se ruborizaba y empezaba a tartamudear. Se quedaba en un rincón, desde el cual observaba a Mabubeh, sobre todo cuando le resbalaba el chador de la cabeza. Y ella, bendita sea, era tan alocada y traviesa que olvidaba cubrirse debidamente. Cuando mi abuela la regañaba por no ser más recatada delante de un hombre que no era pariente directo suyo, le contestaba riendo: «¡Tranquila, abuela!, es como si fueran mis hermanos».

Yo me había fijado en que, nada más marcharse Mabubeh, Mahmud se sentaba a rezar durante dos horas, y luego no paraba de repetir: «¡Que Dios se apiade de mi alma!». Supongo que creía que había pecado, pero eso solo Dios lo sabe.

 

 

Fragmento del libro El libro de mi destino. Parinoush Saniee. Alianza Editorial. 2026. Traducción de Susana Peralta. Publicado con autorización de sus editores.  

 




 

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Parinoush Saniee (Irán, 1949). Es una socióloga, psicóloga y novelista iraní. Su novela El libro de mi destino (2003) inspirada en la historia de las mujeres que vivieron la Revolución Iraní durante su adolescencia, ha sido traducida a 26 idiomas convirtiéndose en la obra literaria con el mayor número de traducciones de un autor persa vivo.

Nació en el seno de una familia erudita. Estudió psicología en la Universidad de Teherán. No tuvo grandes complicaciones para continuar su educación hasta el doctorado. Desde lo que ella misma reconoce como una “posición privilegiada” comenzó una investigación académica que con el tiempo adquirió la forma de novela. Tenía 30 años cuando comenzaron los disturbios que provocaron la Revolución Islámica en Irán, trabajaba entonces en su tesis doctoral en Estados Unidos, pero las circunstancias le obligaron a regresar a casa. Antes de la revolución trabajaba como investigadora para el gobierno. En sus entrevistas con frecuencia dice que se considera más investigadora que novelista:

Yo no soy escritora sino investigadora, toda la vida he trabajado como socióloga, como psicóloga y como terapeuta familiar, y me di cuenta de que hay una generación de mujeres que no tuvieron oportunidades y que, sin embargo, lo dieron todo, cargaron con demasiadas responsabilidades: mantener a la familia en medio de la revolución, trabajar fuera cuando faltaba el hombre, perder a sus hijos en la guerra o el exilio. Dieron tanto de sí mismas, sacrificaron tanto, que se olvidaron de ellas. Y me sentí obligada. La mayoría se habían casado entre los 14 y 18 años, sin conocer a los maridos elegidos y cuando su corazón estaba en algún otro lugar, en algún chico del camino al colegio.

Parinoush Saniee

Decidió volcar el fruto de su investigación en una novela. Así nació El libro de mi destino (2003) en torno a la generación de mujeres que vivieron la Revolución durante su adolescencia. En ella narra la historia de una niña que solo aspira a estudiar para dar voz a las mujeres iraníes oprimidas por el fanatismo religioso. El destino de Masumeh va unido a las tradiciones ancestrales, al sometimiento a los varones de su familia, a un matrimonio impuesto, a los ideales políticos de su marido, a la Revolución iraní, a la lucha por sacar adelante a su familia, a la renuncia sistemática de sus necesidades para colmar las necesidades y los deseos de los demás, destaca la crítica. El personaje es la suma de historias que Saniee había escuchado de sus pacientes y colegas.

En 2003 se imprimieron por primera vez 3.000 copias de la novela. La llegada al poder de Mahmud Ahmadineyad en 2005, trajo consigo nuevas prohibiciones para la novela, que fueron superadas gracias a la presión de varios autores y editores. Entre ellos, la premio Nobel de la Paz, Shirin Ebadi. La novela fue posteriormente traducida a 26 idiomas convirtiéndose en la obra literaria con el mayor número de traducciones de un autor persa vivo.

En 2016 se publicó su segunda novela en español, Una voz escondida, en la que explica la historia del pequeño Shahab, basada en el caso real de un niño que no habló hasta cumplir siete años. Es madre de dos hijos, ambos residentes fuera de Irán.

Recibió en 2010 el Premio Bocaccio a la mejor novela extranjera en Italia.






 

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