Tachas 677 • Muerte a crédito (Fragmento) • Louis-Ferdinand Céline
Aquí estamos solos otra vez. Es todo tan lento, tan pesado, tan triste… Pronto seré viejo. Y por fin se habrá acabado. Ha venido tanta gente a mi habitación. Han hablado. No me han dicho gran cosa. Se han ido. Se han vuelto viejos, miserables y lentos, cada cual en un rincón del mundo.
Ayer a las ocho murió la Sra. Bérenge, la portera. Una gran tormenta se eleva en la noche. Aquí, en lo alto, donde estamos, la casa tiembla. Era buena amiga, amable y fiel. Mañana la entierran en la Rue des Saules. Era vieja de verdad, al final de la vejez. Desde el primer día, cuando empezó a toser, le dije: «¡Sobre todo no se tumbe!… ¡Quédese sentada en la cama!». Me lo temía. Y después ya veis… Y luego en fin…
Yo no he practicado siempre la medicina, mierda de oficio. Voy a escribirles que ha muerto la Sra. Bérenge, a los que me conocen, a quienes la conocieron. ¿Dónde estarán?…
Me gustaría que la tormenta levantara mucho más estruendo, que los techos se desplomasen, que la primavera no volviese nunca, que nuestra casa desapareciera.
Lo sabía, la Sra. Bérenge, que todas las penas vienen en las cartas. Ya no sé a quién escribir. Toda esa gente está lejos… Han cambiado de alma para traicionar mejor, olvidar mejor, hablar siempre de otra cosa…
Pobre Sra. Bérenge, pobre vieja, su perro bizco, lo cogerán, se lo llevarán…
Toda la pena de las cartas, pronto hará veinte años, se ha acabado en su casa. Está ahí, en el olor de la muerte reciente, ese increíble gusto agrio… Acaba de aparecer… Anda por ahí… Merodeando… Ahora nos conoce, lo conocemos. Ya no se irá nunca más. Hay que apagar el fuego en el chiscón. ¿A quién voy a escribir? Ya no tengo a nadie. No queda ni un alma para acoger con cariño el amable espíritu de los muertos… para después hablar más suave a las cosas… ¡Ánimo, tú solo!
Al final, mi vieja portera ya es que no podía decir nada. Se asfixiaba, no me soltaba la mano… Entró el cartero. La vio morir. Un gemido de nada. Y se acabó. Mucha gente había venido en tiempos a preguntarle por mí. Se marcharon lejos, muy lejos en el olvido, en busca de un alma. El cartero se quitó la gorra. Yo podría expresar todo mi odio. Lo sé. Ya lo haré más adelante, si no vuelven. Prefiero contar historias. Voy a contar tales historias, que volverán a propósito, para matarme, desde todos los confines del mundo. Entonces todo habrá terminado y me alegraré.
En la clínica en la que trabajo, la Fundación Linuty, me han llamado ya la atención mil veces por las historias que cuento… Mi primo Gustin Sabayot lo ve clarísimo: yo debería cambiar sin falta de actitud. Es médico él también, pero del otro lado del Sena, en La Chapelle-Jonction. Ayer no tuve tiempo de ir a verlo. Quería hablarle precisamente de la Sra. Bérenge. Demasiado tarde. Es duro, este oficio nuestro, la consulta. También él por la noche está reventado. Casi toda la gente hace preguntas cargantes. De nada sirve darse prisa, hay que repetirles veinte veces todos los detalles de la receta. Les gusta hacerte hablar, agotarte… No cumplirán los consejos, ni mucho menos. Pero temen que no te tomes interés, insisten para asegurarse; o sea, ventosas, radiografías, análisis… que los sobes de pies a cabeza… Que les midas todo… La presión arterial y la gilipollez… Gustin, en la Jonction, hace treinta años que ejerce. A los míos, ahora que pienso, los andobas esos, voy a enviarlos una mañana a La Villette, a que beban sangre caliente. Así quedarán rilados para todo el día. No sé qué podría hacer para aburrirlos…
Por fin, anteayer, estaba decidido a ir a verlo, a Gustin, a su casa. Queda a veinte minutos de la mía, pasado el Sena. No hacía bueno precisamente. De todos modos, me animé. Voy a coger el autobús, me dije. Corrí a acabar la consulta. Me escabullí por el pasillo de las curas. Una tía me ve y va y se me pega. Arrastraba las palabras, como yo. Del cansancio. Ronca, además, del alcohol. Conque se pone a lloriquear, quería llevarme a su casa. «Venga, doctor, ¡se lo suplico!… ¡mi hijita, mi Alice!… ¡Es en la Rue Rancienne!… ¡a dos pasos!…». No estaba obligado a ir. En principio, ¡ya la había acabado, mi consulta!… Se obstinaba… Ya estábamos fuera… Estaba hasta las narices de los enfermos… Treinta de esos pelmas nada menos llevaba ya un tiempo remendando… No podía más… ¡Que tosieran! ¡Escupiesen! ¡Reventaran! ¡Se descuajaringasen! ¡Salieran volando con treinta mil gases en el culo!… ¡A mí, plin!… Pero la llorona se me apalancó, se me colgó del cuello con avaricia, me susurró su desesperación. Apestaba a «alpiste»… Yo no tenía fuerzas para luchar. Ésa no iba a separarse más de mí. Cuando estuviéramos en la Rue des Casses, que es larga y no tiene ni un farol, tal vez le endiñase un patadón en el bul… No tuve valor… Me achanté… Y vuelta a empezar, la misma canción… «¡Mi hijita!… ¡Se lo suplico, doctor!… ¡Mi Alice!… ¿La conoce usted?…». La Rue Rancienne no quedaba tan cerca… Me obligaba a dar un rodeo… La conocía. Después de las fábricas de cables… La escuchaba por entre la alucinación… «Sólo disponemos de 82 francos a la semana… ¡con dos hijos!… Y, encima, ¡mi marido es muy bruto conmigo!… ¡Es una vergüenza, señor doctor!…».
Eran puras trolas, de sobra lo sabía yo. Despedía un tufo a podrido, el hálito de las pituitas…
Habíamos llegado ante la queli…
Subí. Me senté por fin… La chiquilla llevaba gafas.
Me senté junto a su cama. Jugaba aún un poco, de todos modos, con la muñeca. Me puse a divertirla, a mi vez. Soy gracioso, cuando me pongo… No se moría, el churumbel… No respiraba bien… La congestión, claro… La hice reír. Se tronchaba. Tranquilicé a la madre. Aprovechó, la muy puta, que me tenía apalancado en su casa, para consultarme, a su vez, sobre las marcas de las hostias; es que tenía las piernas llenas. Se alzó las faldas, unos cardenales tremendos e incluso quemaduras profundas. Con el atizador se las hacía. Ya veis cómo era el marido, parado él. Le receté un remedio… Con un cordón monté un columpio muy gracioso para la triste muñeca… Subía y bajaba, hasta el picaporte de la puerta… mejor eso que hablar.
La ausculté, lanzaba muchos pitidos. Pero en fin, no era fatal… Volví a tranquilizarla. Repetí dos veces las mismas palabras. Eso es lo que te deja rilado… Ahora la chiquitina se tronchaba… Volvía a asfixiarse. Tuve que interrumpir. Se ponía cianótica… ¿No tendría algo de difteria? Había que ver… ¿Un frotis?… ¡Mañana!…
Llegó el papá. Con sus 82 francos no tenía ni para vino, sólo podían pimplar sidra. «Yo bebo en tazón. ¡Hace mear!», me anunció en seguida. Bebió de la botella. Me enseñó… nos congratulamos de que no estuviera grave, la monina. A mí lo que me interesaba era la muñeca… Estaba demasiado cansado como para ocuparme de los adultos y los pronósticos. ¡Son el peor coñazo, los adultos! No iba a atender ni a uno más hasta mañana.
Me la traía floja que no me consideraran serio. Volvía a beber a su salud. Mi intervención era gratuita, absolutamente suplementaria. La madre otra vez con los muslos a vueltas. Le recomendé un remedio superior. Y después bajé la escalera. En la acera, mira por dónde, un perrito que cojeaba. Me siguió sin que le dijese nada. Todos se me enganchaban esa noche. Era un fox pequeño, ese perro, negro y blanco. Estaba perdido, me pareció. Qué ingratos, ésos de ahí arriba, el parado y su mujer. Ni siquiera me acompañaron hasta la puerta. Estaba seguro de que habrían vuelto a pegarse. Los oía dar voces. Pues, ¡que le metiera el tizón entero por el jebe! ¡Así aprendería, esa cochina! ¡A fastidiarme!
Torcí a la izquierda… Hacia Colombes, pues. El perrito me seguía aún… Después de Asnières, venía la Jonction y luego la casa de mi primo. Pero el perrito cojeaba mucho. Me miraba. No podía resistir verlo arrastrándose por ahí. Más valía volver a casa, a fin de cuentas. Volvimos por el Pont Bineux y después bordeando las fábricas. No estaba cerrado aún el dispensario, al llegar… Dije a la Sra. Hortense: «Hay que dar de comer al chuquelín. Alguien tiene que ir a buscar carne… Mañana a primera hora telefonearemos… Vendrán de la “Protectora” a buscarlo con un coche. Esta noche habría que encerrarlo.». Así me marché tranquilo. Pero era un perro demasiado temeroso. Había recibido golpes demasiado duros. La calle tiene mala leche. El día siguiente, al abrir la ventana, no quiso esperar siquiera, saltó al exterior, tenía miedo también de nosotros. Creía que lo habíamos castigado. Ya no comprendía nada de lo que pasaba. Ya no tenía la menor confianza. En casos así, es terrible.
Gustin me conoce bien. Cuando no ha bebido, da consejos excelentes. Es experto en lindezas de estilo. Se puede uno fiar de sus opiniones. No es pero que nada envidioso. Ya no pide gran cosa al mundo. Tiene una antigua pena de amor. No quiere olvidarla. Muy raras veces habla de ella. Era una mujer casquivana. Gustin tiene un corazón de oro. No va a cambiar antes de morir.
Entretanto bebe un poco…
A mí lo que me atormenta es el sueño. Si hubiera dormido siempre bien, no habría escrito una línea…
«Podrías», me decía Gustin, «contar cosas agradables… de vez en cuando… No todo es negro en la vida…». En cierto sentido, no deja de ser verdad. Hay manía en mi caso, parcialidad. La prueba es que en la época en que me zumbaban los dos oídos, y mucho más que ahora, que tenía fiebre a todas horas, estaba mucho menos melancólico… Me marcaba unos sueños muy bonitos… La Sra. Vitruve, mi secretaria, me lo comentaba también. Bien que conocía ella mis tormentos. Cuando eres tan generoso, dispersas tus tesoros, los pierdes de vista… Entonces me dije: «Ese bicho de la Vitruve, ella es la que los ha escondido en algún lado…». Auténticas maravillas… retazos de leyenda… éxtasis puro… A ese género me voy a lanzar en adelante… Para asegurarme revolví mis papeles… No encontré nada… Telefoneé a Delumelle, mi agente, quería crearme un enemigo mortal… Quería que rabiase ante los insultos… ¡Hacen falta la tira de ellos para cabrearlo!… ¡Se la suda! Tiene millones. Me respondió que me tomara unas vacaciones… Llegó por fin, mi Vitruve… Yo no me fiaba de ella. Tenía razones muy poderosas. «¿Dónde has puesto mi hermosa obra?», voy y le suelto así, de buenas a primeras. Tenía al menos centenares de razones para sospechar de ella…
La Fundación Linuty estaba delante de la bola de bronce, en la Porte Pereire. Allí iba a hacerme las copias, casi todos los días, cuando yo había acabado con mis enfermos. Un pequeño edificio provisional, que después demolieron. No me encontraba a gusto allí. Las horas eran demasiado monótonas. Linuty, su fundador, era un multimillonario, quería que todo el mundo recibiera asistencia y se encontrase mejor gratis. Son un coñazo, los filántropos. Por mi parte, yo habría preferido un empleíllo municipal… Vacunaciones discretas… Un apañito para expedir certificados… Una casa de baños incluso… Como un retiro, en una palabra. Ojalá. Pero no soy judío, meteco ni masón, ni he estudiado en la Ecole Normale, no sé hacerme valer, follo demasiado, no tengo buena fama… En los quince años que llevo aquí, en el arrabal, hasta las ruinas más decrépitas que me ven trampeando han acabado perdiéndome el respeto y despreciándome. Y menos mal que no me han dado el lique. La literatura compensa. No puedo quejarme. La tía Vitruve me pasa a máquina las novelas. Me tiene cariño. «Mira», voy y le digo, «tía pureta, ¡es la última vez que te doy bronca!… Si no encuentras mi Leyenda, ya puedes despedirte, se acabó nuestra amistad. ¡Adiós a la colaboración confiada!… ¡Se acabó el tracatrá!… ¡Y la priva!… ¡Nada de nada!…».
Entonces se deshace en lloriqueos. Es fea con avaricia, Vitruve, en persona y en el trabajo. Es una verdadera cruz. La arrastro desde Inglaterra. Consecuencia de una promesa. No es que acabemos de conocernos, no. Fue su hija Angèle, en Londres, quien me hizo jurar en tiempos que la ayudaría siempre. Ya lo creo que la he ayudado. He cumplido mi promesa a Angèle. Eso data de la guerra. Y, además, que sabe la tira de cosas. En fin. No es charlatana, en principio, pero se acuerda… Angèle, su hija, era mujer de temperamento. Resulta increíble lo fea que se puede volver una madre. Angèle tuvo un fin trágico. Ya lo contaré todo, si no queda más remedio. Angèle tenía otra hermana, Sophie, una idiota, en Londres, establecida allí. Y Mireille aquí, la sobrinita, cojea del mismo pie que las otras, un verdadero bicho, una síntesis.
Cuando me mudé de Rancy y vine a la Porte Pereire, me acompañaron las dos. Ha cambiado, Rancy, no queda casi nada de la muralla ni del Bastión. Grandes ruinas negras y agrietadas, las arrancan del blando terraplén, como raigones. Acabarán con todo, la ciudad se come sus viejas encías. El «P. Q. bis» pasa ahora por las ruinas, en tromba. Pronto no habrá por todos lados sino semirrascacielos de barro cocido. Veremos. La Vitruve y yo siempre estábamos discutiendo sobre las miserias. Decía siempre que ella había sufrido más. Imposible. En cuanto a arrugas, seguro que sí, ¡tiene muchas más que yo! Una cantidad de arrugas infinita, el encaje infecto de los años dorados en la carne. «¡Debió de ser Mireille la que guardó esas páginas!».
Salí con ella, la acompañé, al Quai des Minimes. Viven juntas, cerca de la fábrica de chocolate Bitronnelle, en el llamado Hôtel Méridien.
Su habitación es una leonera increíble, un amasijo de perifollos, sobre todo lencería, pero de lo más frágil, de lo más módico en precio.
La Sra. Vitruve y su sobrina se pirran por el asunto, las dos. Tres inyectores tienen, además de una cocina completa y un bidé de caucho. Todo eso colocado entre las dos camas y un gran vaporizador que nunca han sabido poner en marcha. No quiero poner verde a la Vitruve. Acaso haya tenido más sinsabores que yo en la vida. Eso es lo que me calma siempre. Si no, de estar seguro, le daría unas zurras de aúpa. En el fondo de la chimenea guardaba la Remington, que no había acabado de pagar… Así decía. No le pago demasiado por las páginas, cierto es, por ahora… sesenta y cinco céntimos cada una, pero al final sube lo suyo de todos modos… Sobre todo con las obras extensas.
En cuanto a bizquera, la Vitruve, en mi vida he visto cosa igual. Daba angustia mirarla.
Con las cartas, los tarots, quiero decir, le daba prestigio, esa tremenda bizquera. Facilitaba a las clientas medias de seda… el porvenir también a crédito. Cuando era presa entonces de la incertidumbre y se sumía en la reflexión, detrás de sus cristales, viajaba con la mirada como auténtica langosta.
Sobre todo desde que empezó a «echarlas», fue ganando influencia en los alrededores. Conocía a todos los cornudos. Me los señalaba por la ventana, y hasta los tres asesinos: «¡Tengo las pruebas!». Además, le regalé, para la presión arterial, un viejo aparato Laubry y le enseñé un masaje sencillo para las varices. Con eso engrosaba sus ingresillos. Su ambición eran los abortos o incluso pringarse en una revolución sangrienta, que hablasen de ella por todos lados, que se propagara por los periódicos.
Cuando la veía revolver en los rincones de su leonera, nunca podría describir con creces lo que me repugnaba. Por todo el mundo hay camiones que a cada minuto atropellan a gente simpática… La tía Vitruve, en cambio, olía a peste. Suele darse en las pelirrojas. Tienen, me parece, las bermejas, el destino de los animales, brutal, trágico, lo llevan en el pelo. Me daban unas ganas de derribarla de una hostia, cuando la oía hablar fuerte, contar recuerdos… Pese a su furor uterino, le resultaba difícil encontrar amor suficiente. ¡A no ser que el tipo estuviera borracho! Y que, además, fuese noche muy cerrada, ¡no tenía la menor posibilidad! En eso la compadecía. Yo estaba más adelantado por el camino de las bellas armonías. A ella no le parecía justo eso tampoco. Llegado el día, ¡la muerte no iba a poder quitarme lo bailado!… Era un rentista de estética. Había probado mucha almeja y rica… debo confesarlo, auténtica luz. Había jalado del infinito.
Ella no tenía economías, como se comprenderá, no hace falta decirlo. Para mojar y gozar, además, tenía que pillar al cliente por fatiga o por sorpresa. Un infierno.
A partir de las siete, en principio, los currantes están en casa. La mujer está lavando los platos y el andoba se queda embobado con las ondas de radio. Entonces la Vitruve abandona mi bonita novela para salir en busca de su subsistencia. Rellano tras rellano patea con sus medias un poco raídas, sus jerséis de pobretona. Antes de la crisis aún podía defenderse con el crédito y la forma de atontar a sus cabritos, pero ahora género idéntico al suyo es el que dan de consuelo a los que protestan tras perder en el triles. Ya no es competencia leal. Intenté explicarle que todo eso era culpa de los japoneses… No me creía. La acusé de descomponer a propósito mi bonita Leyenda entre su basura…
«¡Es una obra maestra!», añadí. «Conque, ¡seguro que la recuperaremos!…».
Se desternilló de risa… Hurgamos juntos en el montón de la morralla.
Llegó la sobrina, por fin, con mucho retraso. ¡Había que ver aquellas caderas! Un culamen de auténtico escándalo… La falda muy tableada… Para que diera la nota bien. El acordeón del bul. Nada se escapaba. Los parados están salidos, sin solución, no tienen ni chavo para invitar… Se tiraban faroles. «¡Estás para hacerte un favor!», le soltaban… En sus narices. Al aparecer por los pasillos, hartos de empalmarse en balde. Los chorbos de rasgos más finos que los otros lo tienen más fácil para mojar, dejarse querer en la vida. ¡Hasta más adelante no empezó a bajar a hacer la carrera!… después de muchas calamidades… De momento se divertía…
Tampoco ella encontró mi bonita Leyenda. La traía sin cuidado el «Rey Krogold»… Sólo a mí me preocupaba eso. Para ella, la escuela de libertad era el Petit Panier, un poco antes del ferrocarril, el baile de la Porte Brancion.
No me quitaban los ojos de encima, cuando me irritaba. En su opinión, ¡a «pobre tío» no me ganaba nadie! Pajillero, tímido, intelectual y demás. Pero ahora, para mi sorpresa, tenían canguis de que me largase. Si hubiera ahuecado el ala, no sé cómo se las habrían arreglado. La tía pensaba en eso a menudo, no me cabe duda. En cuanto hablaba un poco de viajes, me lanzaban unas sonrisas, que me parecían de espanto…
La Mireille, además del culo imponente, tenía ojos románticos, mirada seductora, pero una nariz monumental, napia con avaricia, su auténtica penitencia. Cuando yo quería humillarla un poco: «Fuera de bromas, Mireille», le decía. «¡Tienes lo que se dice nariz de hombre!…». Sabía también contar historias muy hermosas, le gustaba más que a un marino. Inventó mil cuentos para agradarme primero y después para perjudicarme. Mi debilidad es escuchar las historias interesantes. Abusaba, sencillamente. Nuestras relaciones acabaron con violencia, pero se la había merecido mil veces, la bronca, e incluso que la caneara bien. Al final lo reconoció. Yo era generoso de verdad… La castigué con razón… Todo el mundo lo dijo… Gente que sabe…
Fragmento del libro Muerte a crédito. Louis-Ferdinand Céline. DeBolsillo. 2012. Traducción de Carlos Manzano. Publicado con autorización de sus editores.
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Louis-Ferdinand Céline (Francia, 1894 – 1961). Uno de los máximos exponentes de las letras francesas y de la literatura contemporánea, participó en la Primera Guerra Mundial, en la que resultó gravemente herido, y en 1924 se doctoró en medicina y trabajó cuatro años para la Sociedad de Naciones. Su primera novela, Viaje al fin de la noche (1932), lo reveló como un narrador excepcional. Siguieron: Muerte a crédito (1936), el libelo antisemita Bagatelles pour un massacre (1938); L’école des cadavres (1938), presentimiento apocalíptico de la inminente catástrofe, y Guignol’s band (1943). La extraña conducta de este negador de todo, colaboracionista del gobierno de Vichy, le obligó a huir a Alemania y Dinamarca, donde fue condenado a muerte y después indultado. En 1952 regresó a Francia y permaneció en París hasta el año de su muerte. Fruto de las amargas experiencias de sus últimos años son Fantasía para otra ocasión (1952 y 1954), De un castillo a otro (1957), Norte (1960), Rigodón (1969) y Cartas de la cárcel (1998), un libro en el que se recogen las cartas que el autor escribió a su mujer, Lucete Destouches y a su abogado, Thorvald Mikkelsen, desde la cárcel Vestre Faengsel entre 1945 y 1947.
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