Tachas 677 • Pensamientos sobre las causas del actual descontento • Edmund Burk
Es empresa harto delicada examinar la causa de los desórdenes públicos. Si acaece que un hombre fracasa en tal investigación, se le tachará de débil y visionario; si toca el verdadero agravio, existe el peligro de que roce a personas de peso e importancia, que se sentirán más bien exasperadas por el descubrimiento de sus errores que agradecidas porque se les presenta ocasión de corregirlos. Si se ve obligado a censurar a los favoritos del pueblo, se le considerará instrumento del poder; si censura a quienes lo ejercen, dirán de él que es un instrumento de facción. Pero hay que arriesgar algo siempre que se ejercita un deber. En los casos de tumulto y desorden nuestro derecho ha investido, en cierta medida, a todo hombre de la autoridad de un magistrado. Cuando los asuntos de la nación se encuentran en desorden, los particulares están justificados por el espíritu de ese derecho cuando se salen un poco de su esfera normal. Gozan de un privilegio que tiene alguna mayor dignidad y efectos que la lamentación ociosa de las calamidades del país. Pueden examinarlas de cerca; pueden razonar liberalmente acerca de ellas y si tienen la fortuna de descubrir la verdadera causa de los males y de sugerir algún método probable de eliminarla, sirven ciertamente a la causa del gobierno, aunque puedan desagradar a los gobernantes del momento. El gobierno está profundamente interesado en cualquier cosa que, aunque sea a costa de una incomodidad temporal, pueda finalmente tender a componer las mentes de los súbditos y a conciliar sus afectos. No tengo nada que decir aquí acerca del valor abstracto de la voz del pueblo. Pero mientras la reputación —que es la posesión más preciosa de cada individuo— y la opinión —el gran apoyo del Estado— dependan únicamente de esa voz, no podrá ser considerada nunca como cosa de poca monta, ni para los individuos ni para el gobierno. Las naciones no se rigen primordialmente por medio de las leyes, ni mucho menos por la violencia. Cualquiera que sea la energía original que se pueda suponer en la fuerza o en las normas, la eficacia de ambas es, en realidad, meramente instrumental. Las naciones se gobiernan por los mismos métodos y siguiendo los mismos principios por los cuales un individuo sin autoridad es capaz de gobernar, a menudo, a quienes son sus iguales o sus superiores; mediante el conocimiento de su temple y una utilización juiciosa del mismo; quiero decir, cuando los asuntos públicos son dirigidos firme y tranquilamente; y cuando no, el gobierno no es otra cosa sino una continuada lucha tumultuaria entre el magistrado y la multitud, en la cual unas veces es el uno y otras el otro quien predomina; en la que alternativamente cada uno de ellos se somete y prevalece, en una serie de victorias despreciables y de sumisiones escandalosas. Por ello el temple del pueblo al que preside debería ser siempre el primer tema de estudio del hombre de Estado. Y el conocimiento de ese temple no es, en modo alguno, imposible de alcanzar, de no tener interés en ignorar lo que es su deber conocer.
Quejarse de la edad en que vivimos, murmurar de los actuales poseedores del poder, añorar el pasado, concebir esperanzas extravagantes para lo porvenir, son disposiciones comunes de la mayor parte de la humanidad; son, en verdad, los efectos necesarios de la ignorancia y la ligereza del vulgo. Tales quejas y humores han existido en todos los tiempos; sin embargo, como todos los tiempos no han sido iguales, la verdadera sagacidad política se manifiesta distinguiendo aquellas quejas que caracterizan únicamente la incapacidad general de la naturaleza humana, de aquellas que son síntomas de la destemplanza particular de nuestros aires y estación propios.
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Nada puede ser más antinatural que las actuales convulsiones de nuestro país, si la exposición hecha más arriba es exacta. Confieso que sólo la aceptaré con gran repugnancia y ante la coacción de pruebas claras e irrefutables; porque esa situación se resume en esta breve, pero descorazonadora proposición: “Que tenemos un ministerio muy bueno, pero que constituimos un pueblo muy malo”; que mordemos la mano que nos alimenta; que, con una locura maligna, nos oponemos a las medidas y difamamos, desagradecidos, a las personas cuyo único objetivo es nuestra paz y prosperidad. Si unos pocos libelistas insignificantes, que actúan bajo la maraña de unos políticos facciosos, sin virtud, dotes, ni carácter (así los representan constantemente esos señores) bastan para excitar a estos disturbios, tiene que estar muy pervertida la disposición de un pueblo para que puedan producirse, por tales medios, semejantes perturbaciones. Para agravar en no escasa medida tal desgracia pública, en esta hipótesis, la enfermedad no parece tener remedio posible. Si la causa de la turbulencia de una nación es su riqueza, no creo que se vaya a proponer la miseria como policía encargado de mantener la paz; si las raíces que alimentan toda esa abundancia de sediciones son nuestros dominios de ultramar, no creo que se intente cortarla para matar de hambre la fruta. Espero que si es nuestra libertad la que ha debilitado el ejecutivo no haya un plan de pedir ayuda al despotismo para llenar las deficiencias del derecho. Sea lo que sea lo que se intente, no se sostiene aun ninguna de estas cosas. Por consiguiente, parecemos abocados a la desesperación absoluta pues no tenemos otros materiales con que trabajar sino aquellos con que Dios se ha servido formar los habitantes de esta isla. Si son radical y esencialmente viciosos, todo lo que puede decirse es que son muy desdichados los hombres que tienen la suerte o la obligación de administrar los asuntos de este pueblo perverso. Es cierto que a veces oigo afirmar que una tenaz perseverancia en las actuales medidas y un castigo riguroso de quienes se oponen a ellas, pondrá fin, en el transcurso del tiempo, de modo inevitable, a estos desórdenes. Pero a mi modo de ver esto se dice sin una detenida observación de nuestra disposición actual y con un desconocimiento absoluto de la naturaleza general de la humanidad. Si la materia de que está compuesta la nación tiene tal facilidad para fermentar como dicen estos señores, no faltará nunca la levadura que la trabaje, en tanto sigan existiendo en el mundo el descontento, la venganza y la ambición. Los castigos particulares son el remedio de las enfermedades ocasionales del Estado; inflaman, más bien que alivian, los calores que surgen de una mala administración continuada por parte del gobierno, o de una mala disposición natural del pueblo. Es de la mayor importancia no equivocarse en la utilización de las medidas fuertes; la firmeza es únicamente virtud cuando acompaña a la prudencia más perfecta. La inconstancia es, en realidad, un correctivo natural de la locura y la ignorancia.
No soy de los que creen que el pueblo no se equivoca nunca. Lo ha hecho muchas veces, y con daño, tanto en otros países como en éste. Lo que sí digo es que en todas las disputas entre el pueblo y sus gobernantes las presunciones están por lo menos a la par en favor del pueblo. Acaso la experiencia justifique el ir más allá. Cuando el descontento popular ha prevalecido mucho, puede afirmarse y sostenerse de modo general que se ha echado de menos algo en la constitución o en la conducta de los gobernantes. El pueblo no tiene interés en el desorden. Cuando obra mal ello constituye su error, no su delito. Pero con los gobernantes no ocurre así. Pueden ciertamente obrar mal de intento y no por error. «Les révolutions qui arrivent dans les grands états, ne sont point un effect du hazard, ni du caprice des peuples. Rien ne révolte les grands d’un royaume comme un gouvernement faible et derangé. Pour la populace ce n’est jamais par envie d’attaquer qu’elle se soulève, mais par impatience de souffrir».[1] Estas palabras son de un gran hombre; de un ministro de Estado; y un celoso defensor de la monarquía. Se aplican al sistema de favoritismo que fue adoptado por Enrique III de Francia y que produjo consecuencias tan funestas. Lo que dice de las revoluciones es igualmente cierto de toda clase de perturbaciones importantes. Si esta presunción en favor de los súbditos contra los depositarios del poder no es la más probable, estoy seguro de que es la más cómoda, porque es más fácil cambiar un gobierno que cambiar un pueblo.
En el supuesto, pues, de que al abrirse el proceso estén equilibradas las presunciones entre ambas partes, parece haber suficientes fundamentos para dar a toda persona que presenta un plan para acabar con el actual descontento, distinto del que favorecen las gentes que siguen la moda, la posibilidad de que lo explique. No vale decir que no estamos soportando ningún agravio, porque los agravios que hoy soportamos no sean de la misma naturaleza que los que hubimos soportado en otros tiempos; porque no sean precisamente los que hubimos de soportar en la época de los Tudor o los que combatimos en la época de los Estuardo. Se ha producido un gran cambio en los asuntos de este país porque en el lapso silencioso de los acontecimientos, las alteraciones materiales han traído insensiblemente cambios en la política y carácter de los gobiernos y las naciones, tan grandes como los que han sido marcados por el tumulto de las revoluciones públicas. Es verdaderamente raro que los hombres se equivoquen en sus sentimientos respecto a la mala dirección pública; tan raro como que acierten en sus especulaciones acerca de las causas de la misma. He observado constantemente que la generalidad del pueblo está atrasada en su política en cincuenta años por lo menos. No hay más que unos pocos hombres que sean capaces de comparar y sistematizar lo que pasa ante sus ojos en diferentes épocas y ocasiones, de manera que puedan reducir el todo a un sistema coherente. Pero hay libros que les explican todo sin necesidad de ejercitar una sagacidad o diligencia considerables. Por ese motivo los hombres son sensatos con una poca reflexión y buenos con un poco de abnegación por lo que hace a los asuntos de todas las épocas menos la suya. Somos jueces muy incorruptibles y moderadamente ilustrados de los acontecimientos de épocas pasadas, en que las pasiones no engañan y en que toda la serie de circunstancias desde la causa trivial hasta el acontecimiento trágico son colocados ante nuestros ojos en series ordenadas. Pocos son los partidarios de las tiranías pasadas y ser whig en los asuntos de hace un siglo es perfectamente compatible con las ventajas del servilismo presente. Esta sensatez retrospectiva, este patriotismo histórico son cosas de una conveniencia maravillosa y sirven admirablemente para resolver la vieja querella entre especulación y práctica. Muchos republicanos austeros, después de regocijarse con plena admiración ante las comunidades políticas griegas, o nuestra auténtica constitución sajona, y de descargar toda la espléndida bilis de su indignación virtuosa sobre el rey Juan y el rey Jacobo, se sienten perfectamente satisfechos a realizar el trabajo más rudo y la tarea más ruin del día presente. Creo que entre los instrumentos del último de los Jacobo no había nadie que admirase públicamente a Enrique VIII; y me atrevo a decir que en la corte de Enrique VIII no se encontraba un solo defensor de los favoritos de Ricardo II.
Ninguna complacencia hacia nuestra corte o hacia nuestra época me hará creer que ha cambiado tanto la naturaleza que la libertad pública no sea entre nosotros, como entre nuestros antecesores, molesta para algunas personas; ni que dejará de haber oportunidades de intentar, al menos, alguna modificación en perjuicio de nuestra Constitución. Estos intentos variarán naturalmente de forma, según los tiempos y las circunstancias. Porque, aunque la ambición tiene siempre las mismas direcciones generales, no tiene en absoluto en todas las épocas los mismos medios ni los mismos objetos particulares. Una gran parte de la guardarropía de la vieja tiranía está reducida a andrajos; el resto está totalmente pasado de moda. Por otra parte, hay pocos hombres de Estado tan zafios y toscos en sus actuaciones que caigan en una trampa idéntica a la que resultó fatal para sus predecesores. Cuando se intente exigir de los súbditos unos impuestos arbitrarios, evidentemente éstos no llevarán en su frontispicio la rúbrica Shipmoney. No hay peligro de que el medio escogido en nuestros días para realizar una opresión sobre los súbditos sea la extensión de las leyes de bosques. Y cuando oímos hablar de algún ejemplo de rapacidad ministerial en perjuicio de los derechos privados, no se trata ciertamente de la exacción de doscientas gallinas de una mujer de buena sociedad, por el permiso de yacer con su propio marido.[2]
Cada edad tiene sus costumbres y su política depende de ellas; no se harán contra una Constitución plenamente formada y madura los mismos intentos que se hicieron para destruirla en su cuna o impedir su crecimiento durante su infancia.
Estoy convencido de que desde la Revolución [de 1688] no se han hecho tentativas contra la existencia del Parlamento. Todo el mundo se da cuenta de que conviene al interés de la corte tener alguna segunda causa interpuesta entre los ministros y el pueblo. Los caballeros de la Cámara de los Comunes tienen un interés igualmente poderoso en mantener el papel de esa segunda causa intermedia. Cualquiera que sea la forma en que puedan alquilar el usufructo de sus votos, no se separarán nunca de la nuda propiedad. De igual manera, quienes han sido públicamente más devotos de la buena voluntad y el placer de la corte, han sido a la vez los más extremados en afirmar la alta autoridad de la Cámara de los Comunes. Sabiendo quién había de usar esa autoridad y cómo había de emplearla, creyeron que nunca se la llevaría demasiado lejos. El deseo de todo estadista anticonstitucional tiene que ser siempre que una Cámara de los Comunes enteramente dependiente de él, tenga a su disposición todos los derechos del pueblo, enteramente dependientes de su arbitrio. Se descubrió en seguida que las formas de un gobierno libre y los fines de uno arbitrario no son cosas enteramente incompatibles.
Fragmento del libro El descontento político. Edmund Burk. FCE. 1997. Publicado con autorización de sus editores.
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Edmund Burke (Irlanda, 1729 – Gran Bretaña, 1797). Escritor, filósofo y político irlandés, aunque es considerado el padre del conservadurismo liberal británico, él mismo se identificaba con los old whigs (viejos liberales), en contraposición a los new whigs (nuevos liberales, de ideas progresistas), quienes apoyaban la Revolución francesa, de la que Burke fue un acérrimo enemigo.
Burke fue un defensor del libre comercio y un profundo crítico de los controles de precios, pero a la vez confería gran importancia a la tradición, la religión y la comunidad. Siempre abogó por la limitación del poder de la realeza y apoyó a las colonias estadounidenses en el proceso independentista, pero luego criticaría fuertemente a los jacobinos durante la Revolución francesa.
Son varios los expertos que colocan a Burke en ambas categorías: liberalismo y conservadurismo. Burke era un hombre religioso, partidario de preservar un orden social que abordara las necesidades de todos. Burke ve la libertad como un proceso ordenado que se genera a través de las costumbres y tradiciones; admiraba el pasado y detestaba totalmente cualquier tipo de cambio radical. Algunos afirman que fue el primer pensador político conservador, pese a que defendiera varias reformas liberales. Otros, que fue un liberal clásico.
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[1] Mémories de Sully, tomo I, p. 133.
[2] “Uxor Hugonis de Nevil dat domino Regi ducentas gallinas, eo quod possit iacere una nocte cum Domino suo Hugone de Nevil”. Maddox, Hist. Exch., cap. XIII, p. 326.