Tachas 678 • ¡Me Asfixio! • Rob Halford

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"Algo en mi interior se rebelaba contra aquella prueba de resistencia."

Son las ocho y media de la mañana de un día laborable a principios de los años sesenta. Es hora de ir al cole. Me despido de mi madre con un «¡ta-rá!» y salgo de casa. Giro a la izquierda, camino hasta el final de nuestra calle y doblo otra vez a la izquierda para salir a Darwen Road. Camino un poco más, giro a la derecha, respiro hondo… y cruzo el canal.

A orillas del canal —o el cut, que es como lo llamamos en Walsall — se alzaba una gigantesca fundición llamada G. & R. Thomas Ltd. Justo el tipo de fábrica infernal que le valió su apodo al Black Country durante la revolución industrial: un estruendoso, maloliente y humeante pozo del averno en el que trabajaban la mayoría de los vecinos de Walsall.

Como apagar unos altos hornos y volver a encenderlos cuesta demasiado tiempo y dinero, la fábrica siempre estaba en funcionamiento. Colmó mi niñez de ruido y hedor, veinticuatro horas al día, todos los días de la semana. La cantidad de mugre y veneno que generaba era simplemente increíble.

Metalúrgicas como la G. & R. Thomas Ltd. moldearon y definieron mi entorno y mi forma de vida. En casa, mi madre tendía las sábanas blancas para más tarde recogerlas cenicientas, llenas de hollín. En la escuela, cuando escribía, notaba el pupitre vibrar bajo mi lápiz al ritmo de la gigantesca prensa de vapor de la fábrica, al otro lado de la carretera.

¡TOLÓN! ¡TOLÓN! ¡TOLÓN!

En ocasiones, de camino al cole, veía las siluetas de los trabajadores de la G. & R. Thomas volcando sobre el arenero el caldero gigante del horno. Las coladas de metal fundido fluían como la lava y se solidificaban al instante, formando gigantescas placas de arrabio, cuyo nombre en inglés — pig iron — parecía resumir la fealdad de todo el entorno.

Pasar por delante de los altos hornos de camino al cole era una prueba de resistencia a la que no siempre estaba seguro de sobrevivir. Los vapores asfixiantes que emanaban de la fábrica y se propagaban por el canal eran increíblemente tóxicos. Si el viento te venía de cara — lo cual siempre parecía ser el caso —, finas partículas de arena en suspensión se te metían en los ojos y no había quien se las quitara en días. Aquello dolía de veras.

Siempre he dicho que pude oler y saborear el metal pesado mucho antes de que se inventara el heavy metal.

De modo que tomaba aire, asía con fuerza mi cartera y cruzaba el puente a todo correr. En los peores días, cuando el smog y la contaminación eran tan espesos que casi podían cortarse con un cuchillo, sentía que me atenazaba el pánico. Algo en mi interior se rebelaba contra aquella prueba de resistencia.

¡Me asfixio! ¡No puedo respirar!

Para ser sincero, nunca llegué a ahogarme del todo. Entre toses y balbuceos me las apañaba para seguir respirando y llegar al otro lado. Y cada tarde, de vuelta a casa, más de lo mismo. Pero uno acaba acostumbrándose a todo. A fin de cuentas, en el Black Country aquello era el pan nuestro de cada día.

En mi vida han sido muchas las ocasiones en que he sentido que me asfixiaba. Durante años, años claustrofóbicos y angustiosos, viví con la sensación de estar atrapado: era el cantante de una de las mayores bandas de heavy metal del mundo y sin embargo estaba demasiado asustado para admitir ante ese mismo mundo que era gay. Solía quedarme despierto toda la noche, hecho un manojo de nervios, preguntándome:

¿Qué pasaría si saliera del armario?

¿Perderemos a todos nuestros fans?

¿Acabará esto con Judas Priest?

 

Ese miedo y esa angustia me condujeron a lugares muy tenebrosos. Me asfixiaba, hundido en la cloaca del alcoholismo y la adicción. Me sentía como la bola de una máquina de petacos, saliendo despedido de una relación condenada hacia la siguiente, con hombres que ni siquiera compartían mi sexualidad. Lo más duro fue el día que un amante problemático me abrazó para despedirse… minutos antes de ponerse una pistola en la sien. Después apretó el gatillo.

Si no te andas con ojo, eso es lo que te espera cuando continuamente sientes que no puedes respirar. Mi historia bien podría haber acabado igual. Y no solo a causa de mi estilo de vida autodestructivo. También yo intenté matarme. Sin embargo, sobreviví. Alcancé la otra orilla. Respiré hondo, atravesé corriendo el puente y crucé el canal.

Ahora vivo sobrio, enamorado, feliz… y sin miedo. Llevo la sinceridad por bandera y eso significa que nada ni nadie puede hacerme daño. Soy una versión roquera de un antiguo ídolo mío al que admiraba en secreto: Quentin Crisp (que aparecerá más tarde en estas mismas páginas). Soy el majestuoso marica del heavy metal.

Se me ocurrió el título perfecto para este libro: Confesión. Porque, créeme: este impúdico sacerdote ha pecado una y otra vez, ha pecado y vuelto a pecar. Pero ahora ha llegado el momento de confesar esos pecados… y quizás hasta de recibir tu absolución.

Así pues, oremos.

Confesión es la historia de cómo aprendí a respirar otra vez.

 

 

Fragmento del libro Confesión. La autobiografía. Rob Halford. Es Pop Ediciones. 2020. Traducción de Óscar Palmer Yáñez & Íñigo García Ureta. Publicado con autorización de sus editores.  

 




 

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Rob Halford (Birmingham, Inglaterra, 1951). Músico británico de heavy metal, especialmente conocido por ser el vocalista principal de la banda británica Judas Priest. Considerado por los seguidores del género como uno de los mejores y más influyentes cantantes de la historia del metal, se caracteriza por su poderosa voz operística y sus descomunales tonos agudos en numerosos temas.






 

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