Narrativa

Tachas 678 • Buscando Problemas • Walter Mosley

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"Su anciano acompañante era lo que en otros tiempos se llamaba «bermejo»."

—¿Señor McGill? —dijo Mardi Bitterman por el interfono que comunica su mesa en el área de recepción de nuestro complejo de oficinas con la mía en la otra punta.

Tengo alquilado un espacio de oficina muy grande, pero de momento solo trabajan aquí Mardi y a veces mi hijo Twill. Ella es la secretariarecepcionista de la agencia de investigación y también el barómetro humano que me ayuda a mantener mi compás moral en un mundo en el que el pecado es un acto reflejo y la bondad conlleva una muerte rápida. Mardi posee experiencia de primera mano con el daño que causan los hombres a los niños y no tiene ni pizca de miedo a perder la vida o ser testigo de la muerte de alguien que se lo merezca. En mi opinión, es una santa; en la suya, mi hijo y yo somos salvadores.

Twill es harina de otro costal. Aunque también entiende la marea creciente de depravación y violencia, mi hijo es como un pez futurista en esas aguas, un estilizado tiburón metálico más evolucionado que otras especies. Es el menor de los tres chavales que me llaman padre. Mi mujer asegura que es mío, pero sé que solo el mayor, Dimitri, es sangre de mi sangre. Tampoco es que me importe. Los quiero a todos.

—¿Sí, Mardi? —respondí al micrófono.

—Han venido a verle unas personas —dijo en voz queda—. ¿Las hago pasar a su despacho?

—Claro.

Teníamos un sencillo código de comunicación. La primera frase era tal cual, la segunda frase debía descifrarla yo. Por ejemplo: si ella preguntaba si esas personas tenían cita, yo sabría que se trataba de una visita oficial, con toda probabilidad de la policía. Si preguntaba: «¿Les doy cita?», yo sabría que podían ser peligrosos y debía mirar el monitor de vídeo que vigilaba su mesa. A partir de ahí, podía evaluar cualquier amenaza.

Pero que se ofreciera a acompañarlos hasta mi despacho suponía que los clientes en potencia eran legales y debía tratarlos como tal.

Saqué el calibre 38 chato del cajón de los lápices y me lo guardé en el bolsillo. Mardi tenía mejor intuición que yo sobre la naturaleza y el potencial humanos, pero no era infalible.

Abrí la puerta de mi despacho y miré por el pasillo de anchura triple flanqueado por seis mesas a cada lado. Algún día dirigiría una agencia de investigación de verdad; tenía puestos de trabajo suficientes. Pero, esa mañana, solo estaba Twill plantado en mitad del pasillo con su soporte para el portátil. Vestía pantalón azul oscuro y una cazadora de cuello redondo azul cielo. La camisa era rosa.

Largo y guapo, esbelto y fuerte, mi hijo de dieciocho años de piel negra escudriñaba la pantalla del ordenador en busca de noticias sobre alguno de sus contratiempos, material para su siguiente chanchullo o quizá incluso detalles sobre alguno de los casos que yo le había pedido que revisara con detenimiento.

Twill se fijó en que estaba montando guardia y se volvió justo a tiempo para ver que Mardi, menuda y de piel pálida, entraba por la puerta interior que daba a su área de recepción. Inmediatamente detrás venía un joven alto con un maltrecho estuche de guitarra. Era unos años mayor que Twill. Detrás del joven, un hombre de la tercera edad avanzaba a paso ligero. El joven tenía la piel de color marrón chocolate. Su anciano acompañante era lo que en otros tiempos se llamaba «bermejo». La expresión había vuelto a ponerse de moda para describir a un negro de piel clara. Los dos vestían vaqueros nuevos, camisas de trabajo azules a cuadros y zapatos de cuero duro que habían contado más kilómetros de los que podría imaginar una pulsera de actividad Fitbit.

El caballero mayor llevaba un maletín de aluminio más bien incongruente que, decidí, contenía el motivo de su visita de improviso. Igual eran aparceros de vacaciones, ataviados con ropa de fiesta y cargados con el peso de algún enredo legal que requería un especialista de la gran ciudad de piel morena y con ganas de juerga.

Cuando pasaba el trío, Twill se desplazó hacia el pasillo, sin duda para cerciorarse de que los hombres no trajeran ningún problema consigo. Mardi puso una mano en el brazo protector de mi hijo, susurró una o dos palabras, y este se hizo a un lado.

El hombre mayor, unos cuantos centímetros más alto que mi uno sesenta y nueve y medio, había tomado la delantera. Se detuvo delante de mí. Yo casi había alcanzado los sesenta en mi último cumpleaños. Mi padre me llevaba veinte años. El hombre que tenía delante se veía robusto y saludable, pero podría haber sido el padre de mi padre, en el caso de que hubiera empezado joven.

Tendí una mano y me presenté:

—Leonid McGill.

Él alargó la suya y dijo con deje arrastrado:

—Me bautizaron con el nombre de Philip Worry, pero llevan llamándome Catfish desde 1941. Este es mi tataranieto Lamont Richards.

—Encantado de conocerle —terció el joven.

El descendiente y yo nos estrechamos la mano. Medía algo más de uno ochenta y pesaba lo que yo habitualmente, que es ochenta y dos kilos. Soy un peso semipesado en kilos y musculatura, intenciones y adiestramiento.

—Encantado de conocerles, Lamont, Catfish. ¿Por qué no pasan y se sientan? —Mardi se estaba volviendo para regresar a su sitio cuando añadí —. Tú también, Mardi. Quiero que tomes notas.

La hija de la desdicha sonrió y siguió a los hombres al interior del despacho.

 

Tuve que retirar cajas de informes de un par de sillas para acomodar a todo el mundo. Me gusta dejar por escrito cómo soluciono, resuelvo o fracaso en los encargos que he aceptado. Y, por lo visto, escribiendo a mano recuerdo mejor que cuando introduzco datos en la pantalla de un ordenador.

Mientras los hombres y Mardi ocupaban los asientos para las visitas, yo me acomodé en mi silla giratoria. Desde la ventana a mi espalda, en la planta setenta y dos del Edificio Tesla, se alcanzaba a ver Wall Street y el recuerdo cada vez más lejano de las Torres Gemelas.

—Tiene una oficina bien elegante, señor McGill —comentó Catfish en tono de cumplido. Tenía el ojo izquierdo inerte y empañado. Curiosamente, la deformidad le otorgaba un aire de éxtasis interior. Había una fina cicatriz bajo el ojo ciego; quizá esa herida tuviera algo que ver con la defunción del órgano.

—También tiene mano firme —añadió—. ¿Ha trabajado alguna vez en una granja?

—La familia de mi padre eran aparceros. Yo..., lo mío es del boxeo.

—¿Boxea? —preguntó el tataranieto.

—No como profesional. Ya no. Pero puedo lanzar buenos golpes cuando tengo necesidad. Usted también tiene mano firme, Lamont.

—Me dedico a poner cuerdas a las raquetas de los blancos en el club de campo y toco la guitarra acompañando al Abuelo C cuando puedo.

Mardi, que había cogido la libreta y el lápiz que tenía junto a la bandeja de entrada, anotó nuestras primeras palabras.

—¿Qué puedo hacer por ustedes? —pregunté.

—Tengo entendido que es la clase de hermano que ha estado a ambos lados de la línea —sugirió Catfish.

—¿Quién le ha dicho eso?

—Pinky Eckles.

Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta la planta del pie izquierdo.

—Esa tal Pinky, ¿está emparentada de alguna manera con un hombre llamado Ernie Eckles?

—Ella le dio la vida.

 

Mi mente se remontó más de una década. Ernie Eckles era un individuo excepcional según mi experiencia, y he conocido a todo tipo de hombres y mujeres, desde trágicos multimillonarios a asesinos en serie envueltos en un halo de inocencia.

Ernie era conocido en ciertos círculos como el Asesino de Misisipi, y no se trataba del nombre de un profesional de la lucha libre. Su estatura y constitución eran medianas, y su piel de un marrón intermedio. Era más de campo que un fardo de algodón a espaldas de un niño remolón. Su precio cuando lo conocí eran siete mil setecientos cuarenta y ocho dólares por matar a alguien, en cualquier punto de Norteamérica. El precio cubría todos los gastos de Ernie, desde el billete de autobús hasta el coste de las tres balas.

Ernie era capaz de ocultarse desnudo en mitad de un temporal de nieve o engatusar a una novia para arrebatarle la virginidad el día de su boda; al menos esas historias se cuentan. Nunca fallaba, nunca fracasaba; eso al menos estaba demostrado. Si tenía tu nombre escrito en el reverso del billete de autobús, ya podías darte por muerto.

Por el camino, habían contratado al Asesino de Misisipi para matar a un joven brooklynita llamado Patrice Sandoval. Sandoval había sido identificado como cerebro del robo de seis toneladas de marihuana cultivada, procesada y empaquetada por Merle Underman, un hijo de Texas cuyos antepasados ya vivían allí cuando ese estado era una nación soberana.

Eckles había sido contratado un lunes por la tarde, así que, después de consultar el horario de autobuses Greyhound, lo situé en la estación de Port Authority para el miércoles a media tarde. Tenía veinticuatro horas para pegarle tres tiros al señor Sandoval y tomar el bus de regreso a casa. Así es como habría ocurrido, de no ser porque la víctima del robo, el señor Underman, era uno de esos tipos fanfarrones. Alardeó ante su lugarteniente, Rexford Brothers, de que Sandoval tenía una cita sin anunciar con la muerte encarnada en un tal Eckles. Eso no tendría por qué haber supuesto ningún problema, solo que Merle no sabía que Brothers, conchabado con un moderno salteador de caminos de nombre Shorty Reeves, era quien estaba detrás del robo de la droga. Shorty asaltó el camión con una banda de solo dos hombres. Cuando Shorty se enteró por Rexford de que Sandoval iba a cargar con las culpas, el autoproclamado bandido les dijo a sus cómplices que estaban a salvo y que ya podían empezar a gastar sus ganancias ilícitas.

Uno de la banda, Phil Thomas, había conocido hacía poco a una civil llamada Minda Myles. Minda era una joven muy religiosa que quería salvar el alma de su amante, y le imploró que pusiera sobre aviso a Sandoval, salvándole la vida al hombre inocente y la vida eterna a Phil.

Beatrice Fitz, la madre de Phil, era una corredora de apuestas que yo conocía. Phil acudió a ella, y ella me llamó. Le debía a Beatrice un favor, así que, sin analizarlo debidamente, accedí a ocuparme del trabajo.

No había oído hablar nunca de Eckles, pero tenía amigos que sí. Una vez supe a qué me enfrentaba, lamenté haberle dicho a Bea que sí, pero incluso por aquel entonces, cuando solo era un maleante, me enorgullecía de mi trabajo y se me conocía como hombre de palabra.

Beatrice me contó más o menos todo lo que sabía sobre Sandoval. Hice unas llamadas de teléfono, luego tomé el metro a Coney Island y llegué a un café frecuentado por cierto tipo de traficante.

 

 

Fragmento del libro Buscando Problemas. RBA. 2022. Traducción de Eduardo Iriarte. Publicado con autorización de sus editores.  




 

 

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Walter Mosley (Los Angeles, EUA, 1952). Hijo de padre negro y madre judía, nació en Los Angeles y en la actualidad vive en Nueva York. Ha escrito varias novelas con el detective Easy Rawlins como protagonista. Su obra ha recibido apa­sionados elogios y se le ha comparado con Chester Himes y Richard Wright, Hammett y Chandler. El demonio vestido de azul recibió en 1991 el premio John Creasy a la mejor primera no­vela policíaca, que fue llevada al cine en 1995, dirigida por Carl Franklin y producida por Jesse Beaton y Gary Goetzman.






 

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