Narrativa

Tachas 678 • A la cara • Christa Faust

02 Imagen generada con Adobe Firefly
"Gran parte de los directores de cine porno no son sino patanes aburridos de la vida que se pasan la mayor parte de la filmación metiéndose rayas o hablando por el móvil."

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Volver de entre los muertos no es tan fácil como lo muestran en las películas. En la vida real tardas una eternidad en conseguir pequeñeces como simplemente abrir los ojos. Dedicas eras de un dolor atroz a intentar doblar hacia abajo el dedo medio lo suficiente como para tocar la cuerda que te rodea las muñecas. Más tiempo aún para adivinar que el objeto frío y duro que se te clava en la mejilla es el mango de unos cables de arranque. No es que puedan considerarse precisamente escenas de cine de acción. Además, luego están los largos y aburridos intervalos en los que lo más probable es que los espectadores aprovechen para ir a mear o a comprar palomitas, ya que no parece estar sucediendo nada y quizá supongan que, después de todo, sí hayas muerto. Al cabo de un rato, tú misma te lo empiezas a preguntar. También te preguntas qué sucederá si vomitas sobre el trapo aceitoso y la cinta adhesiva con los que te han amordazado o cuánto tiempo tendrá que transcurrir para que alguien se percate de tu desaparición. Por lo demás, principalmente te dedicas a sangrar, intentando no volver a desmayarte o sumando laboriosamente los cables, la oscuridad cargada y maloliente, la moqueta rasposa bajo tu cuerpo y el metal hueco que te cubre, hasta identificar tu localización actual: el maletero de un viejo y desvencijado coche. Al menos así es como fue para mí.

Estoy segura de que te estarás preguntando qué hacía una chica maja como yo encerrada y dejada por muerta en el maletero de un Honda Civic de mierda abandonado en un erial industrial al este de Los Ángeles. O quizá ya nos conozcamos y te estés preguntando por qué no me había pasado antes.

Me llamo Gina Moretti, pero tú probablemente me conozcas como Angel Dare. No te preocupes, no se lo diré a tu mujer. Hice mi primera película para adultos a los veinte años, a pesar de que mentí frente a la cámara y dije tener dieciocho. Era el primer volumen de Jóvenes y viciosas, la célebre serie protagonizada por actrices primerizas ideada y dirigida por Marco Porno. La mía era sólo una entre cinco escenas incluidas en la película, pero no cabe duda de que fui la actriz que más llamó la atención. ¿Qué puedo decir? Sé cuáles son mis puntos fuertes. En menos de dos semanas tenía un contrato con Vixen Video, y antes de darme cuenta ya estaba en el Canal Playboy protagonizando pequeños episodios fotografiados con difusor a cambio de más dinero del que había estado ganando en casa en todo un año. Una Cenicienta del porno. Pero al contrario que muchas de las chicas junto a las que trabajé, yo fui lo suficientemente inteligente como para mantenerme alejada de las drogas, ahorrar hasta el último centavo y retirarme antes de que mi conejo acabara hecho una calabaza.

Mi problema es que no supe mantenerme alejada. Igual que las viejas glorias de la lucha libre y los ladrones de joyas, fui incapaz de resistirme a un último bis. Cuando le dije que sí a Sam Hammer, no podía sospechar que acabaría metida en un maletero.

Sam es un viejo amigo. Una de las escasas y genuinas buenas personas que quedan en la industria. Una especie de mezcla entre Papá Noel y John Holmes, prácticamente sexagenario, fornido y alegre, con una coleta plateada y la barba cuidadosamente recortada. Era la clase de hombre que siempre tenía un sofá en el que echarse o un hombro sobre el que llorar, un préstamo hasta que llegara el siguiente cheque o un conocido capaz de arreglarte el retrete por poco dinero. Diría que fue como un padre para mí, pero eso sonaría raro teniendo en cuenta que protagonizamos un par de escenas juntos, antes de que él pasara a trabajar exclusivamente al otro lado de la cámara. Mejor no pensar en cuánto tiempo ha pasado desde entonces.

Sam siempre fue un perfecto caballero, simpático, respetuoso y tan fiable como el mecanismo de un reloj. Una hazaña nada fácil en aquellos tiempos en los que la Viagra aún no había pasado a ser la espina dorsal de la industria, por así decirlo. En una época en la que de verdad hacía falta recurrir a las astucias femeninas para que los trenes salieran a tiempo, un hombre como Sam, capaz de alzarse y descargar a voluntad, valía su peso en oro. Ahora todo está lleno de tipos que engullen Viagra y Cialis como si fueran caramelos y que se inyectan Caverject en la maquinaria para levantar la grúa. Las mejoras de la química.

Los rodajes de Sam Hammer siempre eran una fiesta. Nunca había presión alguna. Sam estaba casado con Busti Keaton, toda una leyenda gracias a sus pechos naturales de copa triple D, protagonista de la serie Patas arriba y de La guerra de las mamellas. Busti siempre preparaba cantidades ingentes de la mejor comida casera y recorría el plato asegurándose de que nadie tenía demasiado calor o demasiado frío, de que nadie se sintiera incómodo en lo más mínimo. He participado en cantidad de películas que únicamente podían considerarse trabajos o algo aún peor. Los rodajes de los Hammer nunca parecían un trabajo. Más bien eran alegres barbacoas dominicales en las que sencillamente se filmaba a gente follando.

Sam podría haber dado con facilidad el salto a Hollywood. Tenía buen ojo para la composición y escribía guiones originales e ingeniosos que realmente conseguían mantener tu dedo alejado del botón del avance rápido. Pero todos sabíamos que Sam nunca dejaría la industria. Estaba metido en ella de por vida. Le gustaba demasiado pasarse el día rodeado de chicas desnudas como para labrarse una carrera legítima. Gran parte de los directores de cine porno no son sino patanes aburridos de la vida que se pasan la mayor parte de la filmación metiéndose rayas o hablando por el móvil, pero Sam no era así. Su entusiasmo resultaba contagioso.

Cuando llamó, yo estaba teniendo uno de esos días. Uno de esos días en los que ves asomar los cuarenta a la vuelta de la esquina y eres incapaz de dejar de mirarte al espejo. Uno de esos días en los que comparas lo que ves ahora con la imagen de aquella veinteañera perfecta, inmortalizada digitalmente mientras daba botes sobre Marco Porno. Ahora mismo estoy en mejor forma física que nunca, voy seis días a la semana al gimnasio y practico kickboxing para liberar el estrés, pero no hay número de abdominales en el universo capaces de invertir el efecto de la gravedad, las patas de gallo o el hecho de que tengo que usar un tinte para el pelo que promete «cubrir las canas al 100%». Tampoco me malinterpretes. Tengo un ego prácticamente a prueba de bomba, pero dirijo Daring Angels, una elegante agencia de modelos para la industria del cine para adultos situada en Van Nuys, y pasarme el día rodeada de preciosas chavalas de diecinueve años en ocasiones acaba afectándome. Consiguen que una chica se sienta como un titular de la semana pasada.

Cuando llamó Sam, me encontraba de perfil frente al espejo de cuerpo entero que tengo junto a mi escritorio, desnuda de cintura para arriba. Siempre me he sentido orgullosa de haberme negado a operarme las tetas. He visto a demasiadas mujeres hermosas echadas a perder por culpa de espantosos implantes estrábicos dignos de un Frankenstein. Sin embargo, aquel día estaba sopesando mis atributos con las palmas de las manos y preguntándome si, quizá, después de todo, no les iría bien una pequeña reafirmación quirúrgica.

Hice entrar en el despacho a mi recepcionista, ayudante y mamá oca personal. Didi había sido célebre en los días de Garganta profunda, a pesar de que si la vieras ahora nunca lo habrías dicho. Mide uno cincuenta pelados, tiene cincuenta y dos años y un rostro dulce y sencillo, como el de tu maestra favorita. Pero bajo ese exterior para todos los públicos, se esconde una veterana de la vieja escuela del cine X que habla sobre sexo igual que otras personas hablan del tiempo. Al teléfono tiene una voz ronroneante y sensual que consigue que prácticamente a diario le pidan citas los hombres que llaman para contratar a nuestras chicas. Más de la mitad de las veces dice que sí, y a pesar de que puede que los haya que hagan mutis por el foro al verla aparecer, dudo que ninguno de los tipos que mantienen la cita tengan nada que lamentar al final de la noche. Didi era probablemente lo mejor que me había pasado en la vida. No quiero ni pensar cómo habría podido dirigir la agencia sin ella. Se asomó por la puerta con su brillante bolso de vinilo colgado de un brazo y la manga de su chaqueta rosa de cuero metida en el otro.

—¿Qué pasa, jefa? —dijo—. Me estaba yendo ya. Esta noche tengo una cita que promete.

Bajó la mirada hacia mis pechos expuestos y soltó un bufido.

—¡¿Quieres dejarlo ya?! No necesitas una maldita operación.

—Pásalo bien, Didi —sonreí—. Nos vemos mañana.

Didi me lanzó un beso y se marchó. Volví a mirarme en el espejo. Sabía que tenía razón, pero aun así…

Cuando oí el trino electrónico de mi teléfono, di un saltito, como si de alguna manera me hubieran sorprendido con las manos en la masa.

—Daring Angels —dije.

—Angel, cariño —sólo oír el familiar gruñido de Sam bastó para animarme—. ¿Cómo estás, guapa?

—Mejor que nunca —respondí dándole la espalda al espejo y cogiendo mi pushup del respaldo de la silla—. ¿Y tú?

—Como siempre. Ya sabes. Haciendo pelis guarras.

—¿Qué tal Georgie? —pregunté, sosteniendo el teléfono entre la mejilla y el hombro mientras me abrochaba el sujetador alrededor de las costillas.

Georgie era el verdadero nombre de Busti Keaton. Debería haber percibido su nerviosa y breve pausa y la arrastrada tensión en su voz al responder, con demasiada rapidez:

—Bien, está muy bien. Oye, Angel, tengo que pedirte un favor.

—Lo que quieras, Sam —dije dándole la vuelta al sujetador y metiendo los brazos entre los tirantes, devolviéndolo todo a su lugar. Le eché un vistazo a mi reflejo. Mucho mejor.

—Tengo que hacer una película con Jesse Black —explicó Sam—. La actriz principal, una chica nueva, me ha dejado tirado, y sólo tenemos alquilado el set por dos horas más.

Asentí y me incliné sobre el portátil para abrir la agenda.

—Vale —dije ojeando el calendario de rodajes—. Tanto Zandora Dior como Kyrie Li están ahora mismo trabajando fuera de la ciudad, pero Sirena, Coco Latte y Roxette DuMonde están disponibles. Si no, tengo también a una chavala nueva, Molly May. Una auténtica belleza, pelirroja de verdad, felpudo a juego con las cortinas. Pequeñita y pizpireta. Tipo vecinita de al lado, pero no le falta glamour. Eso sí, usa una copa B. No será una peli de tetudas, ¿verdad? Ahora mismo sólo tengo una doble D, Bethany Sweet, y ya tiene un compromiso para hoy.

—Lo cierto es que Jesse te ha pedido a ti —dijo Sam.

—Venga ya —repliqué riendo nerviosamente y volviéndome una vez más hacia el traicionero espejo—. Sam, sabes que estoy retirada.

—Angel, por favor, necesito que me ayudes, de verdad. Jesse ha amenazado con abandonar el rodaje y le he prometido que podría conseguirle a la chica que más le apeteciese. Y quiere a Angel Dare. Dice que creció con tus películas, que eres su actriz favorita desde que tenía quince años.

A todo esto hay que tener en cuenta que Jesse Black era probablemente el nuevo talento masculino más pujante de toda la industria. Veintiún años, guapo como una estrella de Hollywood y legendario por debajo de la cintura. Ojos del azul más azul. Sonrisa de chico malo. Más de la mitad de las mujeres que habían acudido a mí en busca de trabajo en los últimos seis meses afirmaban haberse metido en el porno específicamente porque querían trabajar con Jesse Black. Y ahora Jesse Black quería trabajar conmigo.

—Es un poco imprevisto, Sam —dije, a pesar de que mi mente ya estaba repasando impúdicamente todos los detalles de la famosa anatomía de Jesse.

—Nada de sexo anal —respondió Sam—. Sólo una sencilla y tradicional escena chico y chica con remate a la cara. Puedo ofrecerte mil quinientos más la carátula. Será como en los viejos tiempos.

Tuve que reconocer que era una oferta tentadora. Un trabajo sencillo, más Jesse Black, más hacerle un favor a Sam, más mil quinientos dólares y una carátula con la que darle un buen subidón a mi ego. Una prueba fehaciente de que quien tuvo, retuvo. Notaba que mi resistencia empezaba a flaquear, pero tenía que seguir intentándolo.

—Ahora mismo no tengo ningún test médico al día —dije—. El último es de hace casi siete meses.

—Puedes enviármelo por fax el lunes —dijo Sam—. Mira, vamos a dejarlo en dos mil.

—Sam… Yo…

—De acuerdo, dos mil quinientos. ¿Qué me dices? Ando bastante apurado, Angel. Mis últimos tres vídeos han sido un fracaso y como la cague también en este probablemente me despidan de Blue Moon. Pero con Angel Dare y Jesse Black en la carátula, tendría un éxito asegurado.

Sam empezaba a sonar desesperado. Si hubiera sido cualquier otro, probablemente me habría mantenido firme, pero Sam siempre había estado ahí para mí cada vez que le había necesitado. Y nunca había hecho preguntas. Así que dije:

—De acuerdo, Sam. ¿Jesse sabe que no actúo sin condón?

—Claro —contestó Sam—. No hay problema. Mira, mejor te lo paso, ¿vale?

—Espera —dije, pero ya era demasiado tarde.

—¿Angel? —dijo otra voz—. ¿Angel Dare?

—La misma que viste y calza —dije—. ¿Eres Jesse?

—Sí —respondió él—. Angel Dare, guau. No puedo creer que esté hablando contigo.

—Pues sí soy yo, sí —añadí, sin que se me ocurriera otra cosa que decir.

—Dios, no sabes cómo me pones —dijo—. Te juro que debí terminar desgastando, yo qué sé, tres copias de Double Dare. La escena que hiciste con Nina Lynn en la ducha… Buf.

Jesse dejó escapar un pequeño y jadeante ronroneo.

—Gracias —dije observando nuevamente mi reflejo. En la época en la que filmamos Double Dare, Jesse probablemente aún pensaba que las niñas eran asquerosas. Me parecía descabellado que un crío como él pudiera ponerse cachondo conmigo—. Tú tampoco estás nada mal, chaval.

—¿Lo harás? —preguntó Jesse—. Por favor, di que sí. Será como hacer realidad mi mayor fantasía. Yo con Angel Dare.

—Bueno…

—Haré que lo disfrutes, Angel —dijo con tanto fervor adolescente como el de mi primer novio—. Te lo prometo.

—Ponme otra vez con Sam, ¿quieres?

El teléfono cambió rápidamente de manos y la voz de Sam volvió a sonar al otro lado de la línea.

—Venga, Angel —dijo Sam—. Alégrale el día al chaval. Como no vengas pronto, es capaz de ponerme a mí a cuatro patas.

Dejé escapar un suspiro y cogí un bolígrafo.

—¿Cuál es la dirección?

 

 

Fragmento del libro A la cara. Traducción de Óscar Palmer Yáñe. Publicado con autorización de sus editores.  




 

 

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Christa Faust (Nueva York, Estados Unidos, 1969). Es probablemente la más genuina heredera de los grandes autores de la literatura «de quiosco» norteamericana, como Lawrence Block, Mickey Spillane o Richard S. Prather. Al igual que ellos, Faust combina los encargos profesionales y alimenticios (como las adaptaciones de Destino final 3 y Serpientes en el avión o las novelas Friday the 13th: The Jason Strain y Supernatural: Coyote’s Kiss) con otras obras más personales y profundas, pero no por ello menos enérgicas, enmarcadas habitualmente dentro del género negro y el horror.

Criada en el Bronx y en la Cocina del Infierno, Faust trabajó como chica de cabina en Times Square y como dominatrix profesional, llegando a dirigir y protagonizar decenas de películas fetichistas. También escribió y dirigió Dita in Distress, un serial en cuatro episodios, en el que combinaba las aventuras con el bondage, protagonizado por la famosa reina del burlesque Dita Von Teese.






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