Tachas 679 • Trapalanda de los patagones • José de Guevara
"...pues cuando los más capitanes se podían gloriar de conquistadores de indios, él podía gloriarse de conquistador de Césares."
Trapalanda es provincia al parecer imaginaria, situada hacia el Estrecho de Magallanes, o por lo menos en la región magallánica, en cuyos términos ponen algunos la Ciudad o Ciudades de Césares, por otro nombre Patagones. Desde el principio esta fábula tomó cuerpo, a pesar de hombres juiciosos, y se divulgaron particularidades que caracterizaban plausiblemente la nación. Hacíanlos cristianos de profesión, con iglesias y baptisterios, imitadores de nuestras ceremonias y costumbres.
Hacia los últimos años del siglo pasado se confirmó con la narración de uno que decía haber estado en la Ciudad de los Césares, hablado y comunicado con ellos. Hacía galana descripción de la ciudad, y la pintaba hermosa como Sevilla opulenta en plata, oro, pedrerías y otras preciosidades estimables. Los habitadores en color y modales imitan a los europeos, de quienes procedían. El autor tuvo la fortuna de, hablarles, pero con tanta desgracia suya, que sólo entendió estas cláusulas: Nos Dios tener, Papa querer, Rey saber: palabras fueron estas que llenaron estas provincias; que se oyeron en los reales estados, en el reinado del Sr. Carlos II, y que dieron motivo para algunas cédulas.
Los eruditos en historias discurren que serían descendientes de los españoles, que naufragaron en el Estrecho de la Armada de D. Gutiérrez de Caravajal, obispo de Placencia. Una pieza, que o por su antigüedad o por rara conservan los herederos de D. Gerónimo Luis de Cabrera, confirma este sentir. Ella es un testimonio de Pedro Oviedo y Antonio Cobo, marineros del navío náufrago de dicha Armada, moradores algún tiempo de la ciudad de los Césares, pero fugitivos de ella por no sé qué delito. Parece que la curiosidad no puede desear comprobación más auténtica de sus discursos. Hay quien oyó las campanas: hay quien comunicó y vio a los Césares: hay finalmente quien asistió a la fundación de la ciudad y habitó muchos años en ella.
No obstante esto, hay mucho que dudar y examinar. El rumor, primero en las historias índicas, que corrió entre los soldados de Aguirre, desmereció la aprobación de su capitán, el cual tuvo el mayor incentivo de gloria que hombre cualquiera: pues cuando los más capitanes se podían gloriar de conquistadores de indios, él podía gloriarse de conquistador de Césares. Este motivo, a la verdad poderoso, no le estimuló a la conquista, desengañado con la incompatibilidad de circunstancias que se discurrían para hacer creíble la historia. Estos Césares desde el principio se publicaron por náufragos de la armada de D. Gutiérrez de Caravajal, y en poco más de veinte años que corrieron desde el naufragio hasta la entrada de Aguirre a los comechigones, les crecieron tanto los pies, que desde entonces se llamaron Patagones.
A proporción fue grande su fortuna. Césares eran en el nombre, y Césares los describían en magnificencia, soberanía y riquezas: levantados de la mayor desgracia a la mayor opulencia y felicidad que pudo idear la fantasía más alegre. La significación que se daba al nombre Trapalanda no ha llegado a mi noticia: pero es creíble que se conformaría con la de Césares y Patagones. Esta explicación de nombres, habida por señas de los comechigones, fue de tan poca solidez para Aguirre, que no se sintió movido a emprender la conquista; su milicia lo llevó pesadamente o fingió que lo llevaba por antiguos sentimientos con él, y para vengarse de su capitán, le aprisionaron ignominiosamente, coloreando la acción con el motivo de haber malogrado una conquista que felicitaría la provincia.
A este fin se ponderaban mucho, y explicaban galanamente los nombres césares, patagones y trapalandistas, y como trascendían la causa de Aguirre, pasaron con el reo a la audiencia de Chuquisaca. No extrañó el integerrimo tribunal ver en prisiones al general tucumano, sino lo peregrino de la causa y la rara novedad de tantos nombres. No obstante, el rea] senado descubrió poco fondo en las ponderaciones de los autores, y calificó prudente la resolución de Aguirre.
Entre tanto la voz del vulgo tomó alas, y de unos años en otros se dilató la fama con novedad de sucesos. Decíase que se habían oído campanas, y conjeturaron que eran de los Césares, que los Césares tenían iglesias, que las iglesias tenían torres, que las torres tenían campanas, y que las campanas se tañían para recoger el pueblo a los sagrados misterios. Raro complejo de predicaciones para unos profetas, que hallándose en las vecindades de los Césares, no pudieron atinar con su morada.
Más afortunado fue el que en el reinado de Carlos II estuvo en Trapalanda: habló y comunicó con los Césares, y para hacer creíble la narración, historió prolijamente las circunstancias de su arribo. A los dieciséis años de su edad navegaba hacia el Estrecho de Magallanes en una armada holandesa, la cual ancoró en un río para llenar de agua las vasijas. Nuestro joven con algunos compañeros se internó tierra adentro a coger palmitos, y tuvo la desgracia de ser sorprendido por cuatro mil indios que discurrían por allí. En la desgracia de su cautiverio consistió la felicidad de pasar a los Césares, a los cuales fue presentado, y ellos agasajaron al huésped, reconociendo en él un vivo retrato de sus ascendientes. Bien es creíble que los Césares le retuvieran consigo. Mas no sucedió así, porque le dejaron ir con guías de la ciudad a la ribera, donde todavía ancoraba la armada.
La relación está circunstanciada de particularidades reparables. Los pocos años del historiador; la casualidad de internarse a recoger palmitos en el terreno que pocos años hace se ha reconocido infructífero; el acaso de ser cautivado y ser presentado a los Césares, cuyo principal desvelo, según algunas relaciones, es no permitir acceso de extranjeros a la isla, ni comunicar con nación alguna; el haber sido llevado desde los 51°, hasta los 42, en que sitúan la Ciudad de los Césares, y vuelto a encontrar a la armada demorada tanto tiempo en corrientes tan impetuosas. Circunstancias a primera faz increíbles, dignas de la crítica moderna. Ni tiene más fuerza la relación de Oviedo y Cobo, marineros: infíérense en ellas falsedades contra la fe de las historias; y es verosímil que la fingió algún ocioso, y para hacer creíble la novela, se la atribuyó a los dos marineros fugitivos de la ciudad de los Césares, publicando que la había hallado entre los papeles del licenciado Altamirano ya difunto. Mas es digno de repararse que los sobre dichos Oviedo y Cobo vivieron algunos años en la Concepción de Chile en casa del licenciado Altamirano, como consta de dicha relación: mientras vivieron, se guardó silencio tan profundo, que no se divulgó la menor noticia en el reino de Chile, ni al licenciado Altamirano se le cayó palabra de cosa tan memorable. Esperóse a que murieran los tres para hacer hablar, a los unos por relaciones archivadas, y manifestar el otro el tesoro de noticias que ocultaba entre sus papeles.
Convencidos los fundamentos opuestos, añadimos recientes noticias. El bolsón de tierra que forman el Cabo de las Vírgenes y Valdivia, Cabo Blanco y reino de Chile, está muy trasegado de los puelches, peguenches, pampas y tehuelches: con los cuales no han omitido diligencia los misioneros jesuitas de los pampas para introducir la fe a los Césares. Pero sus diligencias no han producido otro efecto que persuadirse, se hallan falsedades entronizadas sin oposición en el solio de la verdad. El padre Matías Estrovel, operario infatigable en la viña del Señor, y misionero de los pampas, en carta de 20 de noviembre de 1742 dice: “de la nación de los Césares no he podido averiguar cosa alguna”. Lo mismo insinúan otros misioneros, y así me persuado, que Césares tan circunstanciados son entes imaginarios, que hizo existentes el vulgo con ficciones y novelas.
Fragmento del libro Crónicas de los patagones. VV. AA. Compilador: Horacio Jorge Becco. Biblioteca Ayacucho. 2003, cedido por sus editores.
***
José de Guevara(España, 1719 - 1800 aprox.). Religioso español conocido por su Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán (1836). En ella habla de Trapalanda, una provincia imaginaria donde se encuentra la Ciudad de los Césares, hermosa por sus construcciones y habitadas por hombres cobrizos y blancos. Una historia bien argumentada que mantiene en la imaginación iglesias y campanas al vuelo, valles sembrados, increíbles riquezas y numerosos caminos que pierden al visitante.
[Ir a la portada de Tachas 679]