Narrativa

Tachas 681 • Jazz • Toni Morrison

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"El futuro de aquel hogar prometía ser francamente sombrío, desaparecidos los pájaros y con la pareja secándose las lágrimas todo el día, pero al llegar la primavera a la Ciudad,"

Sssst… yo conozco a esa mujer. Vivía rodeada de pájaros en la avenida Lenox. También conozco a su marido. Se encaprichó de una chiquilla de dieciocho años y le dio uno de esos arrebatos que te calan hasta lo más hondo y que a él le metió dentro tanta pena y tanta felicidad que mató a la muchacha de un tiro sólo para que aquel sentimiento no acabara nunca. Cuando la mujer, que se llama Violet, fue al entierro para ver a la chica y acuchillarle la cara sin vida, la derribaron al suelo y la expulsaron de la iglesia. Entonces echó a correr, en medio de toda aquella nieve, y en cuanto estuvo de vuelta en su apartamento sacó a los pájaros de las jaulas y les abrió las ventanas para que emprendiesen el vuelo o para que se helaran, incluido el loro, que decía: «Te quiero.»

El viento barría de tal manera la nieve por donde Violet había corrido que en la acera no quedó la menor huella de sus pisadas, así que por algún tiempo nadie supo exactamente en qué punto de la avenida Lenox residía. Pero, igual que yo, sí sabían quién era, quién tenía que ser, porque sabían que su marido, Joe Trace, era quien había matado a la chica. Nadie, en ningún momento, le acusó públicamente, porque en realidad nadie le había visto hacerlo, y la tía de la chica muerta no quiso malgastar dinero con abogados incompetentes o policías burlones, a sabiendas de que el despilfarro no mejoraría nada. Además, se enteró de que el hombre que había matado a su sobrina lloraba todo el día, y para él y Violet eso era tan malo como la cárcel.

Pese a la aflicción que Violet provocó, su nombre fue mencionado en la reunión correspondiente al mes de enero del Club de Mujeres de Salem como el de alguien necesitado de asistencia, aunque se desestimó por votación, considerando que únicamente la plegaria —no el dinero— podía ya ayudarla, pues tenía un marido más o menos capacitado (cuya necesidad principal era dejar de compadecerse a si mismo) y porque otro hombre y su familia, en la calle Ciento treinta y cuatro, lo habían perdido todo en un incendio. El club se movilizó para acudir en socorro de las víctimas del fuego y dejó que Violet aclarase por sí misma cuál era su problema y de qué modo debía solucionarlo.

Es atrozmente flaca, la Violet esa, tenía cincuenta años, pero se conservaba guapa todavía, al menos el día en que interrumpió la ceremonia del entierro. Cualquiera habría pensado que el hecho de que la echaran de la iglesia sería el fin de todo —por aquello de la vergüenza y esas cosas—, y sin embargo, no lo fue. Violet es lo bastante obstinada y lo bastante atractiva para creer que incluso sin caderas y sin juventud podría castigar a Joe echándose un amante y consintiendo que la visitara en su propia casa. Consideró que eso secaría sus lágrimas y de paso le proporcionaría a ella alguna satisfacción. La idea pudo haber resultado bien, supongo yo, salvo que los hijos de los suicidas son difíciles de contentar y enseguida creen que nadie los quiere porque no están realmente donde tienen que estar.

Sea como fuere, Joe no prestó a Violet ni a su amigo la menor atención. Si ella despachó a su amante o si éste la abandonó, eso no lo sé. Puede que él llegara a la conclusión de que las virtudes de Violet eran poca cosa comparadas con la simpatía que le inspiraba el hombre que estaba en la habitación contigua con el corazón destrozado. Pero sí sé que aquel apaño no duró ni dos semanas. El siguiente plan de Violet para restablecer el amor que la había unido a su marido se volvió contra ella antes de consolidarse. No consiguió otra cosa que lavarle los pañuelos a Joe y ponerle la comida en la mesa. Un silencio envenenado flotaba por las habitaciones como una gran red que únicamente Violet rasgaba vociferando recriminaciones. La indiferencia de Joe durante el día y las preocupaciones de ambos durante la noche debieron de agotar la resistencia de ella. Así pues, decidió querer — o, digamos, investigar— a la criatura de dieciocho años cuya carita como de crema había tratado de abrir a cuchilladas, aunque sólo hubiera salido paja de su interior.

Violet, al principio, no sabía nada de la chica, excepto su nombre, su edad y el hecho de que estuviera muy bien considerada en el salón de belleza legalmente autorizado. De modo que comenzó a reunir el resto de la información. Quizá pensó que por aquella vía podría resolver el misterio del amor. Buena suerte y… ya me contarás.

Interrogó a todo el mundo, empezando por Malvonne, una vecina de más arriba, la que en primer lugar le había contado la cochinada de Joe y cuyo apartamento él y la chica utilizaban como nido de amor. A través de Malvonne se enteró de las señas de la muchacha y supo a qué familia pertenecía. Por las empleadas del salón de belleza legalmente autorizado averiguó qué tipo de lápiz de labios usaba; qué producto empleaban para alisarle el pelo (aunque yo sospecho que aquella niña poco necesitaba alisárselo); cuál era su grupo musical preferido (los Ebony Keys de Slim Bates, bastante buenos excepto la vocalista, que debe de ser la mujer del líder; de lo contrario, cómo iba Slim Bates a consentir que degradara de aquel modo al grupo). Y cuando le enseñaron cómo hacerlo, Violet repitió los pasos de baile que la chica muerta solía hacer. Todo. Cuando se supo los pasos al dedillo —incluido el movimiento de rodillas—, todo el mundo, empezando por su ex amante, sintió asco de ella, cosa que comprendo muy bien. Era como ver a una vieja paloma callejera picoteando las migajas de un bocata de sardina desdeñadas por los gatos. Pero Violet era por encima de todo persistente, y ningún comentario burlón, ninguna mirada aviesa iban a detenerla. Sometió a un duro acoso a la escuela pública a la que había asistido la muchacha para hablar con los profesores que la habían conocido, y lo mismo hizo en dos escuelas superiores, porque la chica había tenido que pasar a Wadleigh en undécimo grado, al no encontrar en su distrito ninguna otra escuela que admitiera a alumnos de color. Y durante mucho tiempo incordió a su tía, una decorosa dama que de vez en cuando hacía trabajos delicados para las casas de confección, hasta que la resistencia de la señora cedió y comenzó a esperar con interés las visitas de Violet para despotricar de la juventud y sus malas costumbres. La tía mostró a Violet todas las pertenencias de la chica muerta, y quedó claro (como ya lo estaba para mí) que su sobrina había sido al mismo tiempo obstinada y marrullera.

Concretamente, una de las cosas que la tía le mostró, y que después le permitió conservar por unas semanas, fue un retrato de la muchacha. Ésta, en la foto, no sonreía, pero por lo menos se la veía viva y muy enérgica. Violet tuvo la sangre fría de colocarla sobre la repisa de la chimenea en su propia sala de estar, donde ambos, ella y Joe, la contemplaban luego fascinados.

El futuro de aquel hogar prometía ser francamente sombrío, desaparecidos los pájaros y con la pareja secándose las lágrimas todo el día, pero al llegar la primavera a la Ciudad, Violet descubrió a una muchacha que llevaba cuatro ondas de permanente a cada lado de la cabeza y entraba en el edificio con un disco de Okeh bajo el brazo y entre las manos un paquete de la carnicería. Violet la invitó a pasar a su apartamento para echar una mirada al disco, y así fue como se inició aquel escandaloso juego a tres de la avenida Lenox. Lo que en esta ocasión resultó diferente fueron los papeles de víctima y verdugo.

 

Estoy loca por esta Ciudad.

La luz del día entra al sesgo como una navaja, cortando los edificios por la mitad. En la mitad superior veo rostros que miran, y no es fácil decir cuáles son personas y cuáles obras de mampostería. Abajo está la sombra en la que se cobija todo el hastío: clarinetes y coitos, puñetazos y voces de mujeres acongojadas. Una ciudad como ésta me hace soñar sin freno y sentir dentro de mí el eco de todas las cosas. Pues sí. El motivo es el acero bruñido en contraste con la sombra de más abajo. Cuando tiendo la mirada sobre las franjas de hierba verde que bordean el río, las torres de las iglesias y los vestíbulos crema y cobre de los edificios de apartamentos, me siento fuerte. Sola, si, pero superior e indestructible; como la Ciudad en 1926, cuando todas las guerras habían terminado y jamás volvería a haber ninguna. La gente que está allá abajo, en la sombra, se congratula de ello. Por fin, por fin lo tenemos todo ante nosotros. Eso es lo que dicen los enterados, y cuantos los escuchan o leen lo que escriben están de acuerdo: ahora viene lo nuevo. Alerta. Mirad. Por allá se alejan las cosas tristes; las cosas malas; las cosas que «nadie podría remediar». La forma de ser de todos, allí y entonces. Olvidadlo. Es historia pasada, eh, vosotros; al fin está el futuro ahí delante. En salones y oficinas la gente se reúne a debatir grandes ideas sobre proyectos y puentes y trenes que se deslizan veloces bajo la tierra. La A & P contrata a un empleado negro. Mujeres de piernas fuertes y rosadas lenguas de gatita guardan en rollos los billetes verdes, para más adelante; luego ríen y se abrazan unas a otras. Personas decentes atrapan ladrones en los callejones para obtener una rápida revancha, y si son estúpidas y cometen errores también los ladrones las atrapan a ellas. Los rufianes reparten golosinas, hacen cuanto pueden para despertar interés, y dado que son observados como si se tratara de un espectáculo, prestan mayor atención a sus ropas y a la agresividad de sus insultos. Nadie quiere ingresar de urgencias en el hospital de Harlem, pero si está de guardia el médico negro, puede más el orgullo que el dolor. Y a pesar de haberse dictaminado que el cabello de las primeras enfermeras de color era inadecuado para la cofia reglamentaria usada en Bellevue, ahora las enfermeras de color son ya treinta y cinco, todas ellas de una entrega ejemplar y excelentes en su profesión.

Nadie dice que las cosas sean muy bonitas; nadie dice tampoco que sean fáciles. Pero sí son contundentes, y si prestas atención a los planos de calles, que están todos bien expuestos, la Ciudad no puede causarte daño alguno.

Yo no valgo nada en lo que a músculos se refiere, así que, bien mirado, no se puede esperar que sea capaz de defenderme sola. Pero sé bien cómo tomar precauciones. Lo principal es asegurarme de que nadie sabe de mí todo lo que hay que saber; en segundo lugar, lo vigilo todo y a todos y procuro adivinar sus planes, sus razonamientos, mucho antes de que se produzcan. Hay que entender lo que representa enfrentarse a una gran ciudad: una está expuesta a toda clase de crímenes y formas de ignorancia. Aun así, es la única vida que tengo. Me gusta la manera en que la Ciudad hace creer a las personas que pueden hacer lo que les dé la gana con absoluta impunidad. Yo lo veo por todas partes: blancos ricos, e incluso blancos del montón, apiñados en mansiones decoradas y redecoradas por mujeres negras más ricas que ellos, muy complacido cada bando por el espectáculo que ofrece el otro. He visto los ojos de los judíos negros, rebosantes de compasión por todo aquel que no es uno de los suyos, acariciar con la mirada los puestos de comestibles y los tobillos de las mujeres de moral dudosa, mientras la brisa agita las blancas plumas que los hombres de la UNIA lucen en sus cascos. Un negro baja flotando del cielo mientras toca el saxofón, y por debajo de él, en el espacio que separa dos edificios, una muchacha habla enérgicamente con un hombre que lleva sombrero de paja. Él le roza un labio con el dedo meñique para quitarle una brizna de algo. Súbitamente, ella guarda silencio. Él le levanta el mentón. Allí están, parados los dos. El brazo con que ella sostiene su bolso se relaja y su cuello dibuja una bonita curva. El hombre apoya una mano en la pared de piedra, por encima de la cabeza de la muchacha. Por la manera en que se mueve su mandíbula y se inclina su cabeza sé que tiene un pico de oro. El sol se cuela en el callejón que hay detrás de ellos; ofrece en su descenso una bella estampa.

Haz pues lo que te venga en gana en la Ciudad; está ahí para servirte de fondo y de marco, hagas lo que hagas. Y en sus bloques de viviendas, en sus solares vacíos y en sus calles secundarias ocurrirá todo aquello que los fuertes son capaces de imaginar y que admirarán los débiles. Lo único que a ti te incumbe es adecuarte al modelo, al proyecto; tal como se ha diseñado pan ti, siempre juiciosa, consciente de a dónde quieres ir y de lo que puedas necesitar mañana.

Yo viví mucho tiempo, quizá demasiado, encerrada en mi propia mente. La gente dice que debería salir más. Alternar, mezclarme. Reconozco que en determinados lugares me cierro sobre mi misma, pero si te dejan plantada, como me ha ocurrido a mí, mientras tu pareja se entretiene con otra cita, o promete dedicarte atención exclusiva después de cenar y se queda dormido justo cuanto tú acabas de empezar a hablar, bien, eso puede hacer de ti una mujer muy arisca, cosa que no me gusta nada, si no tienes cuidado.

La hospitalidad es oro en esta ciudad: has de ser hábil para adivinar cómo debes comportarte para ser acogedora y al mismo tiempo permanecer a la defensiva. Cuándo amar algo y cuándo abandonarlo. Si no sabes cómo hacerlo, puedes terminar perdiendo el control o acabar controlada por algo extraño a ti, como aquel penoso caso del pasado invierno. Se rumoreaba que por debajo de tanta diversión y tanto dinero fácil, algo maligno recorría las calles y nada era seguro, ni siquiera la muerte. Prueba de ello sería el ataque directo de Violet a la mismísima protagonista de un funeral. Apenas tres días después de que se iniciase el año 1926. Una multitud de personas precavidas estudió los signos (el tiempo, el número, sus propios sueños) y creyó que era el comienzo de todo género de catástrofes. Que el escándalo era una mensaje enviado para poner sobre aviso a los buenos y convencer a los incrédulos. No sé quién era más ambicioso, si aquellos agoreros o Violet; pero es difícil competir con los supersticiosos cuando están en juego grandes expectativas.

 

 

 

Fragmento del libro Jazz. Toni Morrison. DeBolsillo. 2021. Traducción de Jordi Gubern. Publicado con autorización de sus editores.

 

 




 

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Toni Morrison (EE.UU., 1931-2019) De nombre Chloe Anthony Wofford, se licenció en Filología Inglesa en la Universidad de Howard, obteniendo un máster en la de Cornell. Fue profesora en la Texas Southern University y en la de Howard. Más tarde se dedicó a la edición, trabajando entre otras para Random House. Se dedicó nuevamente a la enseñanza, esta vez en la Universidad Estatal de Nueva York, y fue en ese periodo, concretamente en 1970, cuando publicó por primera vez. Más tarde sería profesora en la Universidad de Princeton. Miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras y del Consejo Nacional de las Artes, ha recibido varios premios literarios destacando el Pulitzer y American Book Award en 1988, y el Nobel de Literatura en 1993.






 

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