Narrativa

Tachas 681 • La llegada • Manuel Brunet

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"Los hombres y los barcos se recogieron en un rinconcito de playa protegido del viento. Se convino en que era mejor no armar ninguna tienda ni descargar las barcas."

No fue en un día placentero, ni se realizó bajo la alta protección del Olimpo, como podrían sospechar los poetas. No vayáis a creer nada de eso; los dioses no participaron para nada en este acontecimiento, ni tampoco el buen tiempo. Soplaba una tramontana que no podía plantársele cara; el mar parecía loco de puro alborotado, hecho un gran hervidero de mechones de espuma, que iban y venían alocadamente sin orden ni concierto. No era un mar imponente, sino una arroyada sin ritmo ni sentido de ningún género, un estanque sin gobierno; hubiérase dicho una cama deshecha sobre la cual los delfines saltaban como idiotas.

Impertérritas, iban saliendo las estrellas, pulidas por la tramontana.

Cerca de la Bahía de Rosas, marchaban, dando tumbos sobre las ondas y bailando como cáscaras de nuez, cuatro barcos con el ala apagada. Rondaban la playa de lejos, buscando un abrigadero propicio donde pasar la noche. Emergiendo de la brillantez marina, un islote, de la longitud y anchura de una carrera, parecía ofrecer una playa solitaria a los cuatro barcos griegos.

Remando como endemoniados y mascullando palabrotas extrañas, como juramentos, los marineros se acercaron al islote, escrutaron las playas y calas como si fueran a hacer una fechoría y, como no se veía alma viviente, saltaron al agua cuatro ganapanes que en pocos pasos ganaron el pedregal más alto del islote. Desde allí miraron el Ampurdán a contraluz.

—Ya veo donde acaba la llanura —dijo uno.

—Más allá de aquellas montañas doradas —dijo otro—, no queremos meternos. Si quieren algo, que vengan.

—Veo muchas luces, muchas fogatas y fumarolas. En esta llanura hay

gente bastante para hacer buen negocio, si no nos arman jaleo.

—Si hay zambra, queremos aumento de sueldo, ¿oyes? Ya puedes decírselo al burgués. ¿Qué, no contestas?

—Sí. Pensaba que mi padre estará contento cuando vea este país tan llano, y que puede salir de paseo sin jadeos. Y sobre esto del sueldo, sólo he de deciros que no debe haber ni una cuchillada. Y que el que no lo crea así que se vuelva a pie. Los feriantes no queremos escándalo, ni ruido.

—Ya arma bastante el viento. Todos estamos mojados, con esta llovizna.

Los hombres y los barcos se recogieron en un rinconcito de playa protegido del viento. Se convino en que era mejor no armar ninguna tienda ni descargar las barcas.

—Mañana será otro día —dijo el patrón.

Un atrevimiento, en señal de toma de posesión: se encendió fuego para calentar la cena y secar la ropa.

 

***

 

Al día siguiente, al quebrar el alba, el patrón mandó media docena de hombres a explorar la playa de la bahía.

—No vayáis vestidos: así no pareceréis forasteros y no os quitarán nada. Las barcazas se quedan aquí.

Los hombres saltaron al agua como caballos y, al llegar a la playa, se sacudieron a modo de perros. Apolo hubiera vuelto la cabeza para no ver aquel salvaje remojón matinal; Venus y las ninfas hubieran huido riéndose.

Para ver la llanura, hubo que subir la ancha playa que viene de mar adentro en pendiente dulce como la de un plato sopero. El Alto Ampurdán, perfumado, ceñido de montañas de ondulación suave y coronado por el Canigó, se abría a la luz como una rosa.

—¡Qué país tan claro y qué olor de hierba! Tiene aspecto de ser un país muy liberal. Seguro que en estas montañas no se esconde el enemigo. Ningún bandido osaría atravesar un país así, tan abierto y franco, y la gente que vive en esta bella comarca no debe desear encavarse en madrigueras salvajes.

—¡Qué cielo tan alto! Y el mar… ¿Qué me decís de este mar? ¡Qué cosa tan bien hecha, esta bahía! Todo parece un abrazo, en este país: el llano, rodeado de sierras, y la tierra, abrazando al mar.

—Me gusta este mar porque no es pequeño ni grande: parece un mar de familia y, si bien se mira, ya nos basta. Ya sabemos que más allá de la boca de la bahía está el mar libre y caminos que conducen a todas partes; pero en el mar grande no veríamos los altozanos de la puerta de este regolfo que desde aquí parecen colocados en mitad del agua.

—Realmente es muy raro que no haya pequeños rebaños de casas contemplándose en este mar. Cuando doblábamos aquel cabo donde las aguas y la tramontana parecían echar todas las melodías de la lira de Orfeo, aquel batiente que yo llamaba el cabo de Orfeo, pensaba que era muy singular que no encontrásemos a nadie. Cuando hemos llegado a las puertas de la bahía, creí que nos metíamos en la boca del lobo; ya veía a los piratas repartiéndose nuestra feria.

—Pues yo, así que hemos pasado el cabo de Orfeo, ya me he dado cuenta de que el país tenía aspecto de haber buena gente y que todo nos invitaba a entrar confiados. Yo no conozco la tierra y, francamente, me dormiría aquí, en la playa, como en mi casa.

—Yo no puedo comprender cómo no salen pescadores. El sol ya no está encarnado; hace rato que ha salido del mar.

—¿Sabes qué? Que aquí la gente no debe necesitar el pescado porque los conejos deben metérsele a una en la sopa. Mirad: cerca de aquel juncal veo una cosa que revolotea; probablemente es un pato salvaje. ¡Buen manjar!

—Esto de que nadie acuda a molestar a los peces me hace creer que no hay gente para zampárselos.

—Seguramente los dos tenéis razón; en este país, la poca gente que vive tiene bastante con la caza. Si bien se mira, si aquí hubiera mucha gente encontraríamos competencia, y si no han visto nunca un feriante, nos haremos de oro.

—Quizás las hogueras que se veían anoche —dijo Marinero, el hijo del patrón—, estaban un poco lejos de la playa. ¡Mirad, mirad! —dijo—, unas huellas, las únicas que he podido encontrar y que no ha borrado la tramontana. ¡Oh, y son de mujer! Estoy seguro.

Las pisadas subían por la playa y, con ritmo igual, perfecto, el ritmo del paso de una mujer joven, cruzaban el yermo y se abrían camino entre la pompa de los tamarices y las azucenas.

Los feriantes, sin borrar una sola huella, siguieron el sendero con los ojos muy abiertos, olfateando ansiosos como perros, y buscando vanamente el rastro de las mil y un aromas sabrosas de mujer que la tramontana se había llevado como una semilla más, prenda de fecundidad.

¡Hacía tantos días que ninguno de ellos había visto ninguna mujer! Cada marinero veía una hilera de mujeres posando el pie sobre la almohada arenosa. Y en esta imaginaria fila figuraban muy pocas mujeres de la ciudad. Todos los feriantes, ateniéndose a su gusto y presintiendo la realidad del país, veían una campesina gentil, impetuosa como el viento, y olfateaban, no esencias de rosas o violetas, sino un tufillo de carne penetrante y turbador, un olor como de nardos o de gardenias.

Las huellas formaban como un remolino al pie de una mata de lirios marinos.

—La mujer que buscamos ha cogido un lirio aquí —dijo Marinero—. Y yo me llevo este otro, su pareja.

Unos pasos más allá, las huellas habrían llegado a la hierba; el yermo no avanzaba más. Los feriantes se detuvieron: el lirio de su compañero tenía mucho partido. El aliento de los marineros llenó de angustia al lirio salvaje.

De pronto, dijo uno, interrumpiendo estas agradables expansiones:

—No sé si serán conejos o personas, pero el caso es que aquel juncal se balancea de un modo extraño.

Cuando volvieron los ojos, la cabeza estrafalaria de un payés galleaba sobre el zarzal; más allá asomaba la nariz un chaval; de un poco más lejos venía el canto denodado de una moza.

—Será cosa de ahuecar —dijo Marinero—. Si nos vieran por aquí desnudos nos apedrearían.

—No me acordaba ya de que fuéramos desnudos.

Y como fuera que uno, que era muy peludo, se dedicaba a quitarse la borra blanca que los matojos del yermo dejan en las piernas, Marinero, echando puñados de arena, hizo huir a todo el mundo.

Saltando a grandes zancadas cruzaron el yermo y la playa y se echaron al mar. Marinero llevaba el lirio entre los dientes.

A recibirlos, salieron el patrón y todos sus hombres.

—¿Qué, qué tal es el país? —dijo el patrón.

—Padre —repuso Marinero—, yo, hoy mismo levantaría cuatro tiendas en este islote y ya veríamos si más adelante podíamos ir a instalarnos a la playa de la bahía.

—Pues ya está. ¡Anda, muchachos: al trabajo! Hoy ya no dormiremos en las barcazas.

 

 

 

Fragmento del libro El maravilloso desembarco de los griegos en Ampurias. Manuel Brunet. Ediciones Destino. Colección Áncora y Delfín. 1943. Traducción de Jordi Gubern. Publicado con autorización de sus editores.

 

 




 

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Manuel Brunet (Espeña, 1889-1956) Periodista y escritor catalán.





 

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