Opinión • Imperfección • Arturo Mora
Lo sé. Me complico la vida, me hago preguntas y me meto en líos. Digo lo que pienso y lo que siento; no tengo miedo de lo que piensen de mí. Y estoy contenta, a pesar de todo, siendo como soy.
Carmen Martín Gaite
Soy huracán que arrasa, tormenta que atormenta, sol que abrasa, aire que empuja, agua que nunca se estanca. Nieve que hiela. Y soy también suave brisa que acaricia, palabras bellas que vuelan sin alas, abrazos compartidos, besos dados. Promesas por cumplir. Citas con la vida. Futuros alegres. Manos que dan.
Victoria Martínez
Comprendió entonces que tal vez debería abandonarse un poco más a menudo. Probar y, sí, fracasar de vez en cuando. Aceptar que la vida es complicada y se cometen errores, que a veces ni siquiera son errores de verdad, porque la vida no es lineal y se compone de un sinnúmero de pequeñas y grandes decisiones que se toman día a día.
Kate Morton
La demanda del éxito en la actual sociedad de mercado pasa por pedir que alguien sea perfecto, si no es que todos y todo lo sean. Pero el que desea el éxito se escuda y se defiende de reconocer lo que no se es, lo que no se puede ser y lo que no se puede tener o lograr. La ilusión es hacer creer que si no se logra lo que se quiere es porque los otros fallan, porque son incompetentes o de plano estúpidos. La falsa idea tener el control de todo lleva a poner todas las expectativas en el otro, en los otros, en las personas y las circunstancias. Si algo sale mal, si algo no resulta es culpa de todos y todas menos de quien quiere salirse con la suya.
Aceptar que la vida está llena de situaciones que no permiten garantizar el éxito de algo es aceptar la imperfección, la falla, el error y todos los imponderables. Como parte de la condición humana, es uno de los actos más profundos y reflexivos sobre lo que somos como personas en lo individual y como sociedad. Los errores y horrores nos definen y muestran que muchas veces el poder, la enajenación y soberbia nos llevan a los lugares comunes del fracaso civilizatorio: la destrucción de la naturaleza y las guerras demuestran que no estamos dispuestos a conciliar, a dialogar, a reconocer y aceptar que nadie es dueño de la verdad, y que las razones que se esgrimen son sólo excusas y pretextos para imponer visiones por demás subjetivas y arbitrarias.
El error es el camino a la verdad colectiva. El error es la vía para resolver por aproximaciones los problemas, encontrar soluciones a grandes dilemas y situaciones de vida, o bien para hallar nuevas tecnologías, encontrar curas a enfermedades. Es aceptar que el proceso es un “bucle” que se presenta entre el ensayo y error. El caso es que el camino del éxito esta empedrado de los miles de errores que se cometen en el transcurso de un proyecto o la realización de una idea. En la sociedad actual no se acepta la equivocación como parte del proceso de aprendizaje, y mucho menos el pensar críticamente sobre la realidad, para entonces modificarla en beneficio de todas y todos.
Estamos en una cultura que busca con afán casi enfermizo el error, la falla, el negrito en el arroz. Nada nos parece, algo siempre aparece como carencia, es algo que falta, y lo real es que nadie y nada es perfecto. Vivir es una lucha constante entre nuestros deseos y las limitaciones del mundo que nos rodea, escribió Freud.
La estrategia que prevalece como consigna inevitable permite juzgar antes de pensar, porque es más fácil opinar que razonar, es fácil descalificar antes de valorar, que es una manera legitimada en estos tiempos en que la vacuidad, la banalidad y la vanidad, permiten ponerse en el lugar del experto, donde la insatisfacción se confunde como reproche y la perfección se confunde con arrogancia. Parecer perfecto no es lo mismo que serlo. La trampa es clara: el que se presenta perfecto esconde todas sus carencias y limitaciones, el que no acepta sus errores se hunde en la altanería y en la exclusión; el clasismo, el racismo y el machismo tienen su base en inseguridades, en traumas y en creencias sin fundamento. Freud afirmó: La historia es solo gente nueva que comente viejos errores.
Aspirar a ser mejores es un ideal también humano. Buscar lo excelso, lo sublime, la belleza, la armonía, la inteligencia y la creatividad, son motores de vida. El trabajo y el amor nos definen. Ninguno de estos mandatos está libre de errores; al contrario, esos atributos nos han permitido aceptar la falibilidad del ser humano, y nos han dado elementos para comprender muchas veces que somos contradictorios, poco coherentes, inconsistentes e inconscientes, donde lo que último que podemos esperar de nosotros mismos es la perfección.
Comprender esta condición humana desde la falta, desde las carencias, es también para dar paso a la solidaridad y a la fraternidad. Es posibilidad para aprender de los errores, es aceptar que fallar es humano, y que reconocer que la idea de la perfección es una construcción asociada con el modelo de producción capitalista, que busca “cero” errores y la “calidad total”, que vende la “satisfacción del cliente” como indicadores de eficiencia y eficacia que pervierten el trabajo. Lo mismo pasa con el amor: tiene que ser perfecto, romántico, placentero, sin conflictos, sin diferencias, centrado en la idealización de la pareja. Las demandas de: “me tienes que hacer feliz”, “lo merezco todo”, “si lo tengo que pedir no lo quiero”, son parte del entramando estructural que se traslada a las relaciones familiares.
Todas las hijas e hijos ahora son unos genios, son prodigios, niñas y niños que cantan, bailan, hacen deporte, campeones, líderes o virtuosos, y cuando no lo son, rápidamente son etiquetados como autistas, índigo o TDAH. La perfección como emblema de éxito de los padres, o como evasión de lo que esconden los modelos fallidos de crianza y de problemas emocionales de los padres y cuidadores.
Imperfectos somos. El problema es que muchas veces no queremos enfrentar la realidad. La perfección es ilusión, es fantasía. De error en error se descubre la verdad completa. Somos seres finitos, somos seres en falta, y sólo la experiencia reflexionada y el pensamiento crítico desde la libertad posibilita construir verdades colectivas, humanas y, sobre todo, humildes.
Amo los gestos imprecisos,
al que tropieza,
al que derrama un vaso,
al que no recuerda
y es distraído, al centinela
que no puede evitar la leve
palpitación de los párpados;
les tengo cariño
porque en ellos veo el temblor,
el conocido tintineo
del mecanismo roto.
Valerio Magrelli