Opinión • El pasado, el amor • Arturo Mora

“…nuestra manera de ver la vida condiciona la forma en que podemos pensar el mañana…”
Opinión • El pasado, el amor • Arturo Mora

Si tuviera que escribir un libro de moral, tendría cien páginas y 99 estarían en blanco. En la última escribiría: no conozco sino un solo deber y es el de amar.

Albert Camus

La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados.

Jean Paul Sartre

Tengo confianza. Vivo más tranquilo (...) Pero no olvido que la vida y todas sus grandes cosas son momentáneas, y que de pronto en un instante podemos quedarnos ciegos en medio de la luz, muertos en medio de la vida, solos en medio del amor.

Pedro Salinas

Entre el qué y el cómo, entre el porqué y el para qué. Quiero pensar que estamos dispuestos a aprender nuevas cosas dentro de todo lo generado en lo que va del nuevo milenio. Es seguro no podremos entender lo que nos pasa en las dimensiones y esferas de la ciencia y la tecnología. Por otra parte, esta cada vez la imperiosa necesidad de que tengamos la plena conciencia de estar llenos de emociones y sentimientos no expresados ante lo que acontece, y que a su vez implica pensar críticamente la vida. La paz se encuentra cuando se acepta la realidad como punto de partida para poder transformar la vida, para hacer el bien y para el bien común.

Pronto veremos que la realidad se impone y no responde a los caprichos, anhelos, fantasías y lisonjas personales o de élites, porque lo real siempre se impone ante lo ideal. Aprender a decepcionarse es aprender a quitar expectativas. Eso aplica para todo. Los placeres, y muchas veces la felicidad, van quedando sumidos en la desesperanza ante la constante del fracaso, inducido por las prácticas culturales y productivistas de un optimismo toxico en la sociedad de mercado.

Es tiempo de pensar el pasado, pero, también el presente, porque no estamos lejos de poder imaginar futuros. Lo cierto es que nuestra manera de ver la vida condiciona la forma en que podemos pensar el mañana. No hay nada más difícil que ir al pasado e intentar no tocar nada de lo que ya sucedió, sabiendo que, si “tocamos” algo, estaríamos en la creencia -idealizada- de que muchas cosas cambiarían, y eso es imposible, a la par de que estaríamos negando lo que somos y la historia personal que nos pertenece aunque nos duela y nos pese.

Ahora nos vemos en la condición y oportunidad de preguntarnos, y muchas las respuestas que nos damos se desvanecen entre el desconsuelo y la tristeza,  porque nada es lo que parece y porque nada tiene sentido, hasta que cada quén  estemos en la posibilidad de repensar la existencia, y con ello dar pauta a la necesidad inherente de la condición humana y tener de alguna manera nuevos sueños,  propósitos e ilusiones, que es a la vez la forma de que el sentido de la vida nos encuentre, como escribió Goethe Cada uno mira con lo que lleva en el corazón.

Estamos muchas veces en el punto en que no hay retorno.  Muchas veces el desastre está hecho, no medimos y cuidamos las palabras que pronunciamos, dejamos de hacer lo que nos corresponde, dejamos pasar la oportunidad de aprender, el tiempo se va y el daño está ahí,  y  el poder encontrar  la manera compensar y de hacer la reparación necesaria y correspondiente, va a implicar es fuerzo, dolor, y con ello renuncias de sentido, aceptación de no tener la razón, actuar con un verdadero cambio de conducta y con ello, tener la posibilidad de encontrar en  la palabra dicha, el espacio para perdón, el consuelo, y el amor, junto con el pensamiento que lugar en donde las palabras tienen el espacio y tiempo para la consciencia.

Es un juego sin fin, no tiene principio ni final. La locura y la razón se traslapan con el deseo y con la rebeldía, la idea de pensar es posible reconfigurar lo que somos sin mayor tramite, sin ningún esfuerzo es una mera ilusión, porque el poder encontrar un atisbo que logre crear un pequeño intersticio en la trama de la existencia misma, y que nos lleve a la consciencia plena implica pensar en uno mismo y no hacerse trampa. El autoengaño es más común de lo parece. 

José Ortega y Gasset escribió: 

La conciencia es reflexividad, es intimidad y no es sino eso. Cuando decimos «yo» expresamos lo mismo. Al decir «yo» me digo a mí mismo: pongo mi ser con sólo referirme a él, esto es, con sólo referirme a mí. Soy yo en la medida en que vuelvo sobre mí, en que me retraigo hacia el propio ser —no saliendo fuera sino, al revés, en un perpetuo movimiento de retorno. (…) Pero hay algo más grave: si la conciencia es intimidad, si es verse y tenerse a sí propio, será trato exclusivo consigo mismo. (…) la mente sólo trata consigo misma, (…) la conciencia no sólo es recinto, sino que es reclusión. Por tanto, que al encontrar el verdadero ser de nuestro yo, nos encontramos con que nos hemos quedado solos en el Universo, que cada yo es, en su esencia misma, soledad, radical soledad.

Nada está definido, nada está resuelto de antemano. La incertidumbre impera y el alma la más de las veces llora. La lógica de lo racional se transmuta en emociones ante la impotencia y la injusticia.  Son tiempos para pensarnos desde los otros y con los otros. Son tiempos que reclaman memoria, el conteo de la vida no solo es hacia adelante, sino también hacia atrás. El pasado tiene su bisagra en el presente para construir futuros posibles.

El pasado acecha como carga. Las culpas no solo son lastres. Los recuerdos también se mueven en el plano de la moral.  Buscan un sentido profundo dentro de una ética que nos permita tener la oportunidad de salir de la repetición y del dolor. Lo humano nos hace frágiles y en ello va la factura de la finitud de la existencia. “Somos soledades en convivencia” escribió a María Zambrano. Valorar lo tenemos y a quién tenemos es la única posibilidad de hacernos reales ante la falta.

El pasado es también memoria. Nuestra mente acomoda como quiere los hechos, lo que experimentamos lo hacemos metáfora, lo hacemos olvido, lo sublimamos, lo negamos, y buscamos crear en una narrativa indolora de todo aquello que nos hirió, nos lastimó y que troquelo el alma, el espíritu, y nuestra ser persona. 

Humberto Maturana, propone una manera de cambiar y transformarnos y comprometernos a construir mejores relaciones humanas, comprender lo que somos y hacerlo con el otro, desde la otredad y comprender qué es todo lo implica amar a alguien y de alguna manera comprender y aceptar nuestro pasado, lo que somos, lo que hemos hecho con lo que hicieron de nosotros.

Amar a un ser humano es aceptar la oportunidad de conocerlo verdaderamente y disfrutar de la aventura de explorar y descubrir lo que guarda más allá de sus máscaras y sus defensas, contemplar con ternura sus más profundos sentimientos, sus temores, sus carencias, sus esperanzas y alegrías, su dolor y sus anhelos; es comprender que detrás de su careta y su coraza, se encuentra un corazón sensible y solitario, hambriento de una mano amiga, sediento de una sonrisa sincera en la que pueda sentirse en casa; es reconocer, con respetuosa compasión, que la desarmonía y el caos en los que a veces vive, son el producto de su ignorancia y su inconsciencia, y darte cuenta que si genera desdichas es porque aún no ha aprendido a sembrar alegrías, y en ocasiones se siente tan vacío y carente de sentido, que no puede confiar ni en sí mismo; es descubrir y honrar, por encima de cualquier apariencia, su verdadera identidad, y apreciar honestamente su infinita grandeza como una expresión única e irrepetible de la Vida.

La memoria, el futuro, el pasado, el amor y el presente, son una unidad en la complejidad. Eso es lo que nos hace verdaderamente humanos.