martes. 28.11.2023
El Tiempo

Opinión • Tiempo de hablar • Arturo Mora Alva

“Ir más allá de la realidad aceptada y pasar a la posibilidad…”

Opinión • Tiempo de hablar • Arturo Mora Alva


Eso es lo que somos, precisamente. Es lo que nos da el carácter humano, el carácter de los pueblos. La lengua va desde lo sagrado hasta lo concreto; de lo abstracto a lo cercano. La lengua es vida, creación sagrada desde el génesis -la divinidad va nombrando las cosas y entonces surgen- y tiene una gran extensión, significado; es algo que hay que cuidar mucho y tratar bien.
Angelina Muñiz-Huberman

 

Las tres pasiones que han dirigido mi vida han sido: la búsqueda de conocimiento, una compasión insoportable hacia el sufrimiento y el anhelo de amor. Me he dado cuenta de que merece la pena vivirla y la volvería a vivir feliz si me ofreciesen la oportunidad.
Bertrand Russell

 

Miramos el mundo una vez, en la infancia. El resto es memoria.
Louise Glück

 

 

 

La realidad es, pese a nosotros. La realdad es una construcción social y es también percepción y representación del mundo en sí, para sí mismo y para los demás. Es también cierto que la singularidad de cada persona y su historia, su vida misma y su trayectoria, son componentes esenciales que hacen que la existencia sea vista desde las más diversas, múltiples y fascinantes perspectivas con que cada sujeto observa y entiende su mundo, y que confirman el dicho popular de que cada cabeza es un mundo.

Hablar de lo que sucede en el mundo que nos ha tocado vivir, nos pide la posibilidad y la necesidad del lenguaje, como el único medio que los seres humanos tenemos para hacer los intercambios necesarios y contrastar, observar, reconocer y apreciar las posturas únicas que cada individuo en sociedad puede elaborar, y dar cuenta —desde lo que nombra– de todo aquello de lo que percibe, de lo que llega a creer, lo que siente y lo que piensa, desde el lugar social en el que se encuentra, en una realidad dinámica que —entre otras cosas– busca que nada cambie para bien de unos cuantos, literalmente para unos cuantos —el 1% de la población mundial-.

La estructura social determina las posibles maneras de ver el mundo y de narrarlo desde el lugar en que se ubica económica, social y culturalmente. No hay un determinismo unívoco, pero sí un contexto social que va estructurado –condicionando, acotando- lo que podemos conocer, y con ello las posibilidades del lenguaje para lograr la comprensión del otro. Es decir, para llegar a establecer una comunicación y un diálogo que permita compartir las miradas y las posibilidades que, desde el otro —lo que la otredad nos proporciona-, para intentar contestar —entre otras interrogantes– las preguntas: ¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí? ¿A dónde voy? ¿A lado de quién? ¿En cuánto tiempo? ¿Para qué?

La sociedad de mercado ha redibujado —por así decirlo– a las palabras y las ha ido desplazando al terreno de la imagen, y de ahí a la sincronicidad de las pantallas, traduciéndolas a representaciones gráficas, logos, marcas, stickers, emoticones. A la vez, va reconfigurando el lenguaje para hacer que muchas palabras se llenen de múltiples significados, o vaciando su sentido original para crear con ello un nuevo rompecabezas lingüístico que impide la comunicación y complica el entendimiento de lo que el otro nos dice, lo que quiere compartir, o lo que busca explicar para hacerse entenderse a sí mismo y buscar la comprensión del otro.

La política juega con las palabras, las hace promesa y las hacer ilusión. Las dota de significados diferentes —muchas veces al original–, o bien las lanzan como estrategia del eufemismo político para distorsionar el sentido de lo que se nombra, así como lo escribió Eduardo Galeano. Los pobres son ahora población vulnerable, los viejos son adultos mayores, las víctimas de la guerra son daños colaterales, y así, hasta nombrar un mundo que poco tiene que ver con lo real. En esa estrategia los discursos son puestos bajo los intereses de quienes ven la posibilidad de detentar el poder, incluido el uso y apropiación de las palabras.

Joan Coscubiela, abogado y sindicalista catalán, plantea en una entrevista reciente que la verdadera pandemia es el capitalismo y que, si bien se ha dicho que el virus no distingue clases sociales, el capitalismo ha demostrado su capacidad brutal destructora en términos medioambientales, sociales —por la desigualdad social que genera- y democráticos, y señala que la lucha de clases del Siglo XXI es entre acreedores y deudores, y hoy eso es lo que la pandemia está haciendo visible. La pobreza crece junto con la desigualdad y con los abusos del poder.

La estrategia de desarrollo de la vacuna contra el covid-19, su venta y distribución por las multinacionales farmacéuticas demuestra una vez más un capitalismo rapaz y sin escrúpulos. Además, la logística de aplicación de la vacuna por los gobiernos de los países deja en claro dónde está el poder, y cómo al final de la pandemia sólo habrá países endeudados —casi todos- y unos cuantos, no más de ocho, serán más poderosos y ricos.

Toca hablar. Es momento de empezar a recuperar la palabra, dar sentido y hacer eco de las demandas, de las realidades humanas, de la crisis que se vive y se sufre. Se necesita hablar del dolor y del drama humano que la pandemia va develando día a día. Es tiempo de hablar. Es momento de pensar y sentir juntos. El lenguaje nos dio la palabra y las posibilidades de la condición humana, y con ello de nuestra vulnerabilidad como especie. Somos los únicos mamíferos que necesitamos que nos protejan y cuiden desde que nacemos. Pudimos desarrollar un sistema de emociones, y con la inteligencia hemos desarrollado el reconocer los sentimientos, y también capacidades como la curiosidad y el asombro y han desatado el gran proceso civilizatorio, y con ello la cultura y el lenguaje.

Tiempo de hablar. Desde el origen del psicoanálisis apareció una noción que es muy importante retomar en estos tiempos, la cura por la palabra. Si bien esto hace referencia a la persona en lo individual, sería muy bueno empezar a hablar: de lo que nos pasa, de la política, de los abusos del poder, la injusticia, la marginación, la exclusión, la violencia, la inseguridad pública, la calidad de la educación, las carencias, la explotación del trabajo, la expoliación de la naturaleza, y ver si podemos hacer algo como sociedad, con un pensamiento crítico. Ir más allá de la realidad aceptada y pasar a la posibilidad —si queremos partir de viejas preguntas para encontrar nuevas respuestas- y crear, si es que nos ponemos a hablar de nuevos mundos posibles, donde lo mejor de la esencia del ser humano construya un mundo más justo, más amoroso y, sobre todo, más libre. Es tiempo de hablar socialmente.