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07/04/13

Las cosas como son | Dificultad para ser o tener pareja

Las cosas como son | Dificultad para ser o tener pareja

En lo que toca a relaciones de pareja, la evidencia nos ha mostrado en los últimos meses que en ocasiones una persona no puede encontrar a su dúo porque su corazón se encuentra bastante ocupado haciéndose cargo de familiares que no tuvieron una vida afortunada. Lo que ha quedado al descubierto es que, por ejemplo en el caso de algunas mujeres, su corazón está muy pendiente de la vida de hombres de su familia, sus papá, abuelos, otros amores de las abuelas o de mamá, de tal forma que todos ellos forman una especie de círculo alrededor de la persona, que obviamente impiden el paso a cualquiera otro varón que pudiera llegar.

De esta forma, quien quiere tener una pareja y no puede es como si viera desde lejos pasar a esa persona de su vida y no tuviera forma de ir a tomarla, de hacérsele presente. Y sucede que además de esa colocación, la persona observa otras cuestiones que la llevan a tomar unas decisiones más: como esos hombres a quienes protege o de los cuales se hace cargo en su corazón, en su momento enfermaron, debieron irse de casa, cambiaron de pareja o simplemente desaparecieron del registro de la familia, a la mujer puede quedarle claro entonces que los hombres, por lo tanto un pareja, se va, abandona, engaña, se muere o simplemente no sirve. Así que añade una segunda razón de peso, esta por cierto muy inconsciente, para mantenerse apartada de la posibilidad de hacer una vida de pareja.

A pesar de que este hecho sea tan claro, no agota la cuestión, pues hace falta llevar la mirada también a la contraparte, es decir a la condición de la mujer, de las mujeres de esos hombres a quienes se mira, pues de ellas se desprende una consideración que va a modelar la posibilidad de ser mujer-esposa, mujer-pareja. Con frecuencia, en casos como los señalados, de modo bastante consecuente, la mujer es vista como una que llevó el infortunio en su vida al reunirse con un hombre, como una que no supo elegir, como una víctima, como una indefensa, como una que hizo mucho y no recibió lo justo, entre otras posibilidades.

Obviamente, vistas las cosas así, por si las dos razones anteriormente descritas no fuesen suficiente, ahora se añade una tercera, que tiene que ver con el hecho, la decisión, de no pasar por ese mismo desaguisado, en cuyo caso pueden adoptarse variadas actitudes, por ejemplo: llevar y extremar el control en la relación, negarse al riesgo de vivir conyugalmente, mantenerse en reserva permanente de entrega al otro, sino es que, de modo por completo irracional, se desliza suave e insensiblemente esa persona hacia el otro extremo, donde también enferma, padece los avatares de una relación poco productiva, resiente el abandono y el distanciamiento a pesar de estar bien casada, también entre otros indicadores.

Del modo que sea, los tres factores dan pie a la infelicidad de la persona, a la falta de plenitud, a la sensación de estar incompleta. ¿Y qué puede hacer uno para salirse de esa dinámica? preguntó una de las consultantes. La respuesta no es difícil: liberarse de la carga que no le corresponde y vivir a su manera, con sus propias opciones, la vida que ya se tiene. La manera más sencilla de empezar a dejar ese lastre amoroso consiste en recuperar la condición de pospuesto, de descendiente, con respecto de los anteriores, en cuyo caso la primera conclusión que emerge es que un pequeño no puede ayudar a uno grande, es decir, una hija no puede hacerse cargo de un padre, mucho menos una nieta de un abuelo o de una abuela.

Es cierto que la fuerza del amor hace creer que sí es posible, sin embargo el agua solo puede correr río abajo, nunca hacia la dirección contraria. Lo mismo sucede con la vida, sólo va hacia delante. Por lo tanto, una hija, un hijo, pueden comenzar dejando en manos de la pareja ancestral el hecho vivido, aun si es el más doloroso, pues ellos, la pareja anterior, al elegirse, supo que podía soportar esa carga, y además pasar la vida a la descendencia.

Este es un movimiento de crecimiento, de desprendimiento, de comprensión profunda, de observación de la grandeza del destino frente a la pequeña magnitud de la voluntad personal. Solo así, cada hombre y cada mujer figura en la memoria con su respectiva pareja, de la que emergió la posibilidad de un destino consumado, del cual uno es un resultado viviente, que no tiene sino el amoroso deber de hacer algo grande y hermoso con la vida heredada. ¿Habrá algo mejor que eso? Más que hacerse cargo silenciosamente del infortunado o de los infortunados, hace falta expresar con todas sus letras que uno toma la vida al precio que costó y que honrará a los dadores del don con más vida.