Lo que nos han robado

Como casi todas las noches, Ceci fue la última en irse a la cama. Había recogido su cocina, cobijado a sus hijos, preparado los uniformes y dispuesto lo indispensable para que al día siguiente la jornada iniciara sin tropiezos. Entró en silencio en la recámara donde su marido ya roncaba. Aun cuando ella sabe que es casi sordo, hizo todo de manera sigilosa.

Como casi todas las noches, Ceci fue la última en irse a la cama. Había recogido su cocina, cobijado a sus hijos, preparado los uniformes y dispuesto lo indispensable para que al día siguiente la jornada iniciara sin tropiezos. Entró en silencio en la recámara donde su marido ya roncaba. Aun cuando ella sabe que es casi sordo, hizo todo de manera sigilosa. Su último movimiento antes de acostarse fue guardar la cadena de oro y el crucifijo que pendían de su cuello desde el día de su boda.

En la madrugada escuchó un ruido en la casa, esperó unos segundos para tratar de identificar el origen, unos pasos subían las escaleras y segundos después observó en la penumbra una silueta de un hombre parado en la puerta de su habitación. Se llenó de miedo. Su primer impulso fue despertar a su esposo que dormía abrazado de su espalda, pero se aterrorizó al imaginar que se diera un enfrentamiento entre su marido y el intruso; quizás el ladrón estaba armado, así que fingió estar dormida. Apretaba sus ojos pero alcanzaba a ver los movimientos confiados del hombre, que tomó algunos objetos del tocador. Él lo hizo de manera silenciosa, calmada; se guardó los celulares y la cartera de su marido. Ella sintió que no iba a poder aguantar más cuando el intruso paró a su lado, tomó su crucifico y se inclinó para besarla en la mejilla y murmurarle –tome un beso por machota-. ¡El ladrón había sabido todo el tiempo que ella no estaba dormida y la miraba! La secuencia de ruidos ahora fue a la inversa: bajó las escaleras, se escuchó su movimiento por la planta baja y poco tiempo después se escuchó un motor de auto arrancar.

Ceci no puede precisar cuánto tiempo pasó antes que se permitiera lanzar un enorme y prolongado ruido que despertó a toda la familia. A simple vista el botín fueron algunas joyas, celulares, dinero, una laptop que estaba en la mesa del comedor y su crucifijo, pero ella sabe que esa noche le robaron la sensación de seguridad y protección en la que había vivido.

Hace unos días, un amigo publicó en redes sociales que mientras viajaba a bordo de un camión de pasajeros, cuatro hombres armados pararon el vehículo y quitaron sus objetos de valor a los 35 pasajeros. "¿Qué te quitaron?", fue la pregunta obligada de los conocidos, y él respondió: "La dignidad que hemos perdido millones de mexicanos al sentir la impotencia para poder actuar ante cuatro tipos armados. Lo demás… sólo es dinero. “

Relatos como éstos se multiplican por día. Entre todas las pérdidas, las materiales son las que se cuantifican, pero nos han robado desde hace mucho la dignidad para poder defendernos y proteger a los nuestros. Ahora nuestro mecanismo de defensa en la inacción. Es mejor no hacer nada, pues al robo se puede sumar la agresión.

La costumbre es siempre terminar esas historias con una frase: “son sólo cosas materiales, que se pueden recuperar”. ¿Pero cómo, cuándo recuperaremos la dignidad, la confianza, la seguridad?