sábado. 25.05.2024
El Tiempo

Democracia emocional • David Herrerías

“…no se trata de razonar, sino de fomentar fobias o adherencias incondicionales…”
Democracia emocional • David Herrerías

Los sociólogos que miran la posmodernidad utilizan diversos conceptos o metáforas para describir el cambio cultural que vivimos: liquidez, en Bauman, cansancio en Byung Chul Han, o la ligereza, en Lipovetsky. Hay vasos comunicantes entre todas estas miradas, como la pérdida de lo sólido y pesado de la modernidad, con la consecuente falta de grandes relatos o utopías capaces de movilizar a las personas. O la ligereza, que se busca en las cosas, en las personas y en los vínculos humanos.

Las democracias en el mundo se han visto afectadas por estas nuevas culturas dominadas por un individualismo que se desmarca de las utopías colectivas y hace que se veanvaciadas de proyectos articuladores. Las identidades también son más ligeras, líquidas, sin conciencia de pertenencia de clase o definición política. Se desconfía de las grandes ideas, que no son capaces de cambiar el mundo. Aunque se extraña la profundidad intelectual, se quiere llegar a ella a través de un click. No es la época de la profundidad sino del eterno recreo, de la seducción del hiperconsumo. Hay cada vez más electores sin partido, dispuestos a cambiar por razones no fundamentadas en principios sólidos sino en emociones. El capitalismo financiero, también ligero, se impone sobre las soberanías nacionales, lo que ayuda a exacerbar el descontento democrático: ¿qué sentido tiene votar por un gobierno que está tan constreñido por los poderes económicos internacionales?

La comunicación debe ser rápida, ligera, evanescente. La sociedad del rendimiento nos hace vivir de prisa, no hay tiempo para detenerse, para pensar. El intelectual no es ya el que mueve a la acción política sino los medios y las redes sociales. Pero el discurso ha pasado de las ideas y la razón, a la emoción. Las redes no permiten la elaboración precisa de discursos y tampoco los usuarios están dispuestos a detenerse en razonamientos complejos. 

Emociones, espectáculo, sensaciones. Eso pervierte a la democracia y al discurso político, porque no se trata de razonar, sino de fomentar fobias o adherencias incondicionales. Y para lograrlo, lo importante no son los conceptos, ni los hechos comprobables, sino el efecto que las palabras puedan tener en el espectador. No es sólo que se comuniquen distorsiones de la realidad, sino que se crea una realidad alternativa en que las personas se ven envueltas. Esto se facilita por los algoritmos que seleccionan los mensajes y las cosas que ya gustaron alguna vez. Reforzamos así nuestros prejuicios y no nos interesaverificar si lo que se dice es realidad. 

Se genera una polarización virtual que tiene, desde luego, su correlato en la vida real. Pero en el hiperespacio se enriquecey se consolida. Los comunicadores políticos saben que las elecciones se juegan más en estas realidades virtuales y emocionales, que en la vida real. No se apela a la razón ni a las grandes ideas, sino a sembrar en el elector el odio a unos y la adhesión incondicional a otros. Así se vienen las campañas, no lo podremos evitar. 

Pero sí podemos volver a la razón, a la sospecha intelectual, a la búsqueda de los hechos reales, de los argumentos sólidos, pesados, y a la capacidad de dialogar desde ahí. Independientemente de por quien votemos, si hacemos eso y tratamos de evitar las descalificaciones y confrontaciones basadas en información falsa, habremos contribuido, un poquito, a reconstruir nuestra imperfecta democracia.