Opinión • La Alegría del Hogar • David Herrerías

Imagen generada con IA de Adobe Firefly

“El 16 de junio es el día internacional del trabajo doméstico…”

El 16 de junio es el día internacional del trabajo doméstico. En la cultura mexicana nos hemos referido a ellas como “la muchacha” (“¡Ay se me fue la muchacha”!) o como “la Señora”, la de la limpieza, se entiende, porque la otra suele ser la patrona. También “la sirvienta”, más despectivo, y algunas otras formas bastante chocantes y denigrantes. Recuerdo que una amiga decía que eran “la alegría del hogar”, y así resaltaba la importancia del trabajo que desarrollan al interior de las viviendas, y que hacen que todo lo demás pueda suceder. Además de las cuestiones elementales del cuidado doméstico, muchas de ellas atienden también a personas necesitadas de cuidado, ayudando a los empleadores a dedicar su tiempo a otros menesteres, generalmente más productivos económicamente.

Se calcula que en México existen alrededor de 2.3 a 2.5 millones de personas dedicadas al trabajo doméstico remunerado, y quizá unos seis millones de hogares empleadores, porque muchas de ellas, la mayoría, se emplean en varios hogares a la semana. El esquema más frecuente es el de la trabajadora que asiste una o dos veces por semana a una casa, y, cada vez menos frecuente, el de las empleadas de tiempo completo.

Esta forma de contratación y el hecho de que los patrones no sean empresas constituidas, sino particulares con ocupaciones muy diversas, ha hecho especialmente precaria la relación laboral de estas personas con sus empleadores. No hay contratos, no hay prestaciones (aunque a veces se pueda incluir una comida), no hay garantías de ninguna especie. Y desde luego, no cuentan con seguridad social.

En el año 2018 la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró discriminatorio excluirlas del régimen obligatorio de seguridad social. Derivado de esta sentencia, se creó un programa piloto de afiliación (voluntaria) y, finalmente, en 2022-2023 se reformó la ley para hacer obligatoria la inscripción por parte de los empleadores. Desde entonces, se ha logrado que cerca de 57 mil trabajadoras del hogar tengan aseguramiento. Esto es bueno, desde luego, pero si lo comparamos con las cerca de 2.3 millones de personas trabajadoras, es un fracaso total. Significa que solo el 2.5% de ellas tiene acceso a la seguridad social, pese a que la afiliación es obligatoria.

Las causas de este fracaso son varias. Quizás la más natural y difícil de cambiar es la cultural. Hay una tradición de contratación en la que el empleador no se considera a sí mismo como empleador en forma, y siente que las obligaciones laborales no tienen por qué aplicarse en esta situación, por su carácter doméstico. Cuando en No+Pobreza hablamos de salario digno, hemos notado que muchas personas voltean a ver al empresariado, y rara vez se preguntan si la personas que hace la limpieza en su casa está recibiendo también un salario digno, como si esa relación no fuera de trabajador-patrón y se pudiera sujetar a otros parámetros de justicia. A esto hay que sumar también el genuino desconocimiento de esta obligatoriedad.

Otro factor es la obligatoriedad real. Como muchas veces sucede, es más fácil promulgar leyes que hacerlas valer. En este caso es especialmente difícil, porque, a diferencia de una empresa, el domicilio particular es un espacio protegido constitucionalmente. La autoridad laboral tiene muy pocas posibilidades reales de inspeccionar y sancionar el incumplimiento, por lo que la obligación depende en gran medida del cumplimiento voluntario.

Y aún queriendo cumplir, otro problema es la complejidad administrativa, lo obtuso de los trámites que hacen difícil el camino aún para los que queremos recorrerlo. Desde hace varios años tuve la experiencia de tratar de afiliar a la persona que trabajaba para nosotros. Somos una familia que tiene el privilegio de poder pagar a una señora que dos días a la semana realiza las labores de limpieza general de la casa y otras tareas que francamente preferimos no hacer mi esposa y yo (nada que no se pueda decir aquí, no vaya usted a pensar mal; me refiero a tareas como limpiar ventanas, trapear, limpiar a fondo la cocina y otras cosas parecidas). Desde hace tiempo quisimos asegurarla, porque nos parecía de elemental justicia. Para darla de alta, parecía que el sistema quería decirnos: “¿De verdad quieren darla de alta? ¡Tienen que esforzarse! ¡No crean que va a ser fácil, esto sólo es para los pacientes!” Cada mes se debía hacer un proceso como de darla de alta de nuevo, bajar las formas vueltas a llenar, anotar los días trabajados, depositar anotando números específicos de identificación, enviar el comprobante de pago y las formas a un correo… y después resultaba que cuando acudía a las citas en el Seguro, no la tenían registrada o le negaban algunos servicios. En nuestro caso el asunto se solucionó porque terminó trabajando los otros días para familiares, y acordamos darla de alta en un negocio y pagarle el seguro normal por esa vía.

Reconocer un derecho en la ley no garantiza su ejercicio efectivo. Para avanzar se debiera complementar la obligación legal con subsidios públicos, incentivos fiscales, esquemas de cotización aún más simplificados y campañas masivas de información. Pero más aún, se necesita fomentar esquemas de organización que permitan pasar del empleo informal a esquemas de servicios organizados corporativos (podrían ser cooperativas) para formalizar la contratación en condiciones más dignas. Se debe avanzar también en un sistema de cuidados desde el servicio público, que pueda ofrecer muchos de estos servicios de forma profesional.

Ante esta situación podemos ir a bloquear una avenida aprovechando la exposición del Mundial para exigir que se faciliten los trámites… o podemos, por lo pronto, asumir nuestra propia responsabilidad, aprovechando lo que hay: ¿Tú ya tienes asegurada a la “alegría de tu hogar”? Aquí lo puedes hacer: https://www.imss.gob.mx/personas-trabajadoras-hogar