Opinión • ¿Las escuelas no son guarderías? • David Herrerías
Se cuenta que cuando al Rey Carlos III de España le preguntaron los motivos que lo habían llevado a expulsar a los Jesuitas de todos los dominios españoles en 1767, el monarca contestó: “Por razones que guardo en mi real pecho”. Recuerdo la frase porque mi papá a veces la usaba un poco en broma y un poco en serio para no dar cuenta de los motivos por los que se tomaban ciertas decisiones en nuestra monarquía familiar.
Hubiera sido mejor para Mario Delgado, secretario de Educación, usar esta frase para decretar la disminución cercana al 15% de días efectivos de clases en el actual ciclo escolar, porque los argumentos que dejó expuestos son tan débiles, que lo único que nos hacen pensar es que las razones verdaderas están escondidas en lo recóndito de su real pecho. Muy probablemente los móviles son de índole político sindical, muy lejos del interés superior de la niñez. Resulta evidente que la oposición de la CNTE a la medida tampoco tenía su origen en la preocupación por los pupilos, sino en la posibilidad de hacer presión al alza de sus salarios, aprovechando la exposición nacional por el Mundial. Se opusieron a la reducción del calendario pero ya anunciaron una suspensión, por huelga general, justo durante la fiesta de las patadas.
Mario Delgado, para mantener bajo resguardo en su real pecho las razones de la suspensión, argumentó -contra quienes se preocupaban por el cuidado de niños y niñas durante ese periodo sin clases, que “las escuelas no son guarderías”. Y junto con eso, arremetió contra las políticas tecnocráticas que equiparan tiempo de permanencia con aprendizaje.
La palabra “guardería” que utiliza Delgado está desacreditada aun para hablar de las casas de cuidado y estancias infantiles, porque el concepto guardería pareciera referirse a una especie de bodega en la que se pueden dejar almacenados los niños mientras los papás los pueden volver a “utilizar”. Si a eso se refiere, las respuesta es fácil: las escuelas no son guarderías.
Pero la escuela sí forma (o debe formar) parte) del sistema de cuidados de las infancias. Desde tiempos muy pretéritos ha sido una institución que ofrece muchos servicios: permite a la sociedad reproducirse, transmitir la cultura de una generación a otra y formar a las personas para que se puedan integrar al mundo laboral. Es también (debe ser) una herramienta para fomentar la igualdad: el tan cacareado “piso parejo” que permita la movilidad social. Si la educación se privatiza o se deja al ámbito familiar, las familias con mayor capital cultural tienen una ventaja demasiado grande. Esto se vio claramente en la pandemia: los aprendizajes reales tuvieron que ver con los recursos materiales y sociales con los que contaba cada estudiante en su hogar. La escuela es también el espacio privilegiado para la socialización, para aprender a trabajar en grupo, para compartir y jugar con otros. Todo eso es la escuela, pero también, y de forma muy importante, es parte del sistema público de cuidados, porque debe ofrecer espacios seguros para la niñez, durante los tiempos en que los padres no se pueden hacer cargo de ellos. No es el único componente de un sistema de cuidados, pero sí uno muy importante para niños, niñas y adolescentes. Si el sistema educativo mexicano no es capaz de ofrecer este espacio seguro, deberían de decirnos cual sí, cuales espacios alternativos existen para nuestras infancias y juventudes.
El asunto es más grave que los dislates del actual secretario de Educación. En el sistema público mexicano de educación, millones de niños asisten apenas media jornada. Muchas primarias funcionan cuatro o cuatro horas y media al día, mucho menos que en los países de la OCDE, pero también de muchos latinoamericanos y asiáticos. Parte del problema tuvo que ver con la idea de ampliar la cobertura, mediante el ofrecimiento de doble turno. Esto permitió, efectivamente, ampliar cobertura educativa sin construir suficientes escuelas, pero tuvo costos importantes: jornadas comprimidas, ausencia de comedores, poca o nula actividad artística y deportiva (por eso nos va y nos irá mal en todos los mundiales), y escasa vida comunitaria escolar. Y no hemos hablado de los preescolares, que tienen una jornada de tres a tres horas y media (muchas madres mejor esperan a sus cachorritos fuera de la escuela porque no les sale hacer el viaje de ida y regreso por tan poco tiempo).
El contraste internacional resulta revelador. Países tan distintos como Chile, Japón, Finlandia, o incluso con problemas más graves que México, como Cuba o Filipinas, han desarrollado modelos donde la escuela ocupa una parte mucho más amplia de la vida cotidiana infantil, integrando alimentación, deporte, actividades culturales y convivencia. Las diferencias ideológicas entre ellos son enormes, pero coinciden en algo esencial: entienden que la infancia requiere una importante cantidad de tiempo socialmente protegido.
La desigualdad vuelve este problema todavía más grave. Las familias con recursos pueden compensar la jornada corta mediante talleres, deportes, tutorías y espacios seguros en ofertas privadas. Pero en sectores populares, donde los adultos enfrentan jornadas laborales extenuantes y existen pocos espacios públicos de convivencia, el tiempo fuera de la escuela suele convertirse en tiempo de soledad, pantallas o exposición a la violencia. Los niños y niñas necesitan tiempo protegido, a veces, ese tiempo se puede dar fuera de la escuela, pero en condiciones de marginación la escuela pública es la única institución capaz de ofrecerlo cotidianamente.
Si afirmamos que las escuelas deben ofrecer espacios de cuidado más amplios en jornadas extendidas, no es que creamos que las escuelas sean “guarderías” ni, mucho menos, tener una visión tecnocrática de la educación. Sólo una escuela que sea capaz de ofrecer condiciones igualitarias de atención y cuidado a todos los niños y niñas de la sociedad, sin distinción de clase y origen, puede ayudarnos a construir un país más equitativo. Esta es una visión de izquierda de la educación, que debería encontrar cabida en el real pecho de nuestro actual secretario de Educación.