Opinión • Abandonar al padre • Gaudencio Rodríguez

Gaudencio Rodríguez [autor]
"...recordar a mi padre llegando a casa por la noche con el periódico en la mochila o bajo el brazo, dormido en la cama o en la silla con el diario por un lado, utilizándolo para matar moscas o espantándose los moscos, leyéndolo mientras tomaba un receso en el trabajo o mientras esperaba un cliente..."

Este es un artículo hecho de entrañables recuerdos que se anidan en mi memoria. Aunque los hechos ocurrieron hace muchos años, decido redactarlo en presente porque en el cerebro donde se anidan los recuerdos no hay tiempo ni espacio, basta con reconectar con aquello vivido para que los sentimientos emerjan como si lo vivido entonces estuviera ocurriendo ahora.

          Dice así:

A mi esposa no le agrada que lea el periódico: “Quita tiempo de convivencia”; “Generalmente predominan las malas noticias”; “Mancha los muebles y las manos” …, dice. Tal vez por eso, mientras me sirvo un café y preparo una buena silla para sentarme y leerlo, ella, de manera dulce y cándida, me comenta que en las caricaturas de Quino la figura del padre suele aparecer en calidad de flojo, y, la manera de representarlo es, precisamente, leyendo el periódico.

Mi hijo, que tiene cinco años de edad, toma el periódico, lo desparpaja, hace carreteras con él, una casita, luego una pelota, y, finalmente, se topa con la sección para niñas y niños: la observa y ahí encuentra al Hombre Araña. Se acerca, me lo muestra. Se va. Regresa. Me interrumpe. Me propone encontrar la salida del laberinto que viene en la misma sección.

Ante tal escenario tengo dos opciones. Una: desesperarme y enojarme porque no me deja disfrutar de la lectura, por considerar que está haciendo un uso inadecuado del periódico y ¡porque me lo está revolviendo y arrugando! Dos: tranquilizarme, observarlo y disfrutar su original forma de acercarse a la lectura.

Opto por la segunda: Mientras doy un sorbo al café observo su despliegue de imaginación: figuras en el piso, casitas y puentes de papel; selección de información: su héroe del momento; curiosidad, fascinación y gozo al encontrar la salida del laberinto (resultado que mereció ser compartido con su mamá); asociación y deducción: “los muchachos están tristes porque no se ganaron la copa”, dijo refiriéndose a las fotos de los jugadores del equipo de futbol León que acaban de perder la posibilidad de ascender a primera división (con este dato puedes deducir de qué época es mi artículo).

Todo ello me hizo recordar a mi padre llegando a casa por la noche con el periódico en la mochila o bajo el brazo, dormido en la cama o en la silla con el diario por un lado, utilizándolo para matar moscas o espantándose los moscos, leyéndolo mientras tomaba un receso en el trabajo o mientras esperaba un cliente. Nunca me dijo por qué y para qué lo leía ni cómo interpretaba lo que leía. Tampoco se lo pregunté; mi hijo sí lo hizo:

—¿Para qué lees eso?

—Para estar informado —fue lo que se me ocurrió, su pregunta me tomó, como siempre, desprevenido.

Pasaron los días y seguí pensando en su pregunta. Entonces me encontré con una explicación del filósofo Jaime Barylko con la que estoy plenamente de acuerdo: “Leo para pensar; para favorecer la activación de la mente propia, que sola ante la palabra estética y estilizada se ve forzada a meditar, a degustar, a componer dentro de sí los significados que de los significantes se pueden desprender”.

Unos días después mi hijo me dijo: “A mí me gusta el periódico porque salen animales y personas”. Que sencillos y que sabios son los niños, les gusta todo lo que tenga vida.

La paternidad es el lazo con el futuro a través de las hijas o hijos, y con el pasado a través del propio padre. La paternidad es un ir del hijo al padre para volver a uno mismo enriquecido y renovado.

El padre nos transmite conocimiento, experiencia, sabiduría. Las hijas o hijos nos enseñan y nos recuerdan lo que nuestra época coarta constantemente: sencillez, ternura, espontaneidad, creatividad, imaginación, fantasía, placer por jugar, gusto por la vida y respeto por la naturaleza.

El padre nos enseña a vivir la vida, las hijas e hijos son la vida.

Los tenemos porque anhelamos prevalecer en el tiempo. “Tras mi muerte, seguiré existiendo en mis hijos y quizá también en dos o tres ideas” dice el psiquiatra Boris Cyrulnik.

Es de humanos querer trascender a través de proyectos o ideas, pero cuando hablamos de trascender a través de los hijos, el reto es lograr separar sus necesidades, deseos, planes, miedos y esperanzas de los propios; tener la sabiduría para no estorbar su crecimiento, sembrar en ellos principios éticos, espíritu de búsqueda, transmitirles mensajes profundos y prestarles fórmulas valiosas acerca de cómo vivir sus vidas para que posteriormente elaboren las suyas.

Se trata de educarlos, de darles las herramientas para que puedan cumplir con el “dejarás a tu padre y a tu madre”. Porque “amar es dejar crecer y los padres que aman aspiran a ser abandonados. Cuando tal abandono de amor se cumple, cuando el hijo cuenta con su vida, sus deseos, sus amores, los padres nos debemos sentir bien y más amados que nunca”, otra vez Barylko.

La paternidad deseada redunda en una experiencia amorosa, divertida y sublime a través de la cual el hombre crece.

Estos renglones son para mi padre que sembró la curiosidad y motivación por la lectura y para mi hijo Joaquín que me inspira a escribir. Ambos sin darse cuenta, ambos sin proponérselo.