Parentalidad y buenos tratos • Amor parental• Gaudencio Rodríguez

“Los versos de la canción «Arrullo de Dios» del cantautor guanajuatense José Alfredo Jiménez los he escuchado desde mi infancia, pero sólo siendo padre me conmovieron sobremanera…”

“Esta casa la compro sin fortuna / Esta casa la compro con amor / Pa' que jueguen mis hijos con la luna / Pa' que jueguen mis hijos con el sol”. 

Definitivamente, la escucha es diferente desde el ser hijo que desde el ser padre. Siendo niño el registro sensorial al oír dicha canción era de seguridad, cariño y calidez. Todo así, a nivel sensorial. Sin un nivel de consciencia plena.

Siendo padre logro leer en los versos no sólo lo concreto, sino también lo simbólico de sus letras. La casa que le compro no sólo significa un edificio, sino el hogar construido con amor, donde pueda respirar la confianza, el respeto y seguridad que permiten sentirse libre para jugar, desplegando toda la imaginación como para jugar con lo lejano e inaprehensible: la luna, el sol.

“Yo los quiero mirar / Poco a poco crecer / Y alcanzar una nube”. Versos que me llevan a rememorar el esfuerzo de mi padre y de mi madre no tanto para darnos lo que no tuvieron, sino para proporcionarnos las condiciones para ir madurando y estimulando la visión a futuro. Recuerdo que al término de los estudios de secundaria y bachillerato nos preguntaban qué queríamos hacer: seguir estudiando o comenzar un oficio o trabajo. “Lo que quieran, pero de oquis no”, era la manera de invitarnos a seguir superándonos, a seguir creciendo. Era su manera de alentarnos a alcanzar el cielo.

Eso es lo que yo también quiero para mi hijo: verlo crecer y alcanzar las nubes que él quiera y se proponga. Como padres nos toca y nos esforzamospor crear las condiciones para que tal cosa suceda, tolerando la incertidumbre de saber que el resultado final no depende sólo del ejercicio parental, sino que existen muchas otras variables: su propia individualidad con su subjetividad, temperamento, conflictos, expectativas, fortalezas, habilidades, limitaciones, etcétera, así como variables relacionadas con el entorno.

Resulta satisfactorio y motivo de alegría y orgullo ver cuando su esfuerzo lo acerca a esa nube a la que aspira llegar. Pero también es fuente de congoja cuando el resultado de su emprendimiento es negativo. Los padres —y las madres— amorosos desearíamos que nada malo les pase. Que su proceso de crecimiento fuera lineal. Que nada lo interrumpiera. Que nada obstaculizara su andar. Pero la vida no es así. En la vida hay maldad, subidas y bajadas, fracturas y obstáculos. Es justo ahí donde nos necesitan. No podemos evitarles la adversidad, pero sí hemos de estar junto a ellas o ellos para ayudarles a atravesarla y que salgan fortalecidos.

“¿Qué pasó? ¿Ya se durmió? / ¿Ya ve? ¡Qué bonito! / ¡Qué bonitos mis hijos! / Duérmase, mi niño / Duérmase ya”. Mi padre y mi madre no me dijeronestas palabras textualmente, me transmitieron el mensaje con otras palabras, pero sobre todo recuerdo haberlas visto en su rostro por las noches a la hora de conciliar el sueño. Tengo en mi memoria su mirada amorosa, cariñosa, cálida, empática, protectora (de hecho, al escribir estas líneas viene el rostro de mi padre y de mi madre con estas características y mi piel se pone chinita).

Con su gestualidad me hicieron sentir sentido. Me miraron bien, por eso ahora me acepto. Me estimaron,por eso ahora me estimo. Me dieron su confianza, por eso ahora confío en mí. Me respetaron, por eso ahora me respeto. Y por eso durante la crianza de mi hijo lo pude ver con buenos ojos, cariño, aprecio, confianza y respeto. 

Confío en que esto contribuya a su propia autovalía,autoimagen y respeto a sí mismo, y, que, en consecuencia, valore, aprecie, respete y sea solidario con el prójimo. 

Sí, tengo el mismo deseo que José Alfredo Jiménez cuando canta: “Yo quisiera que Dios, que Dios los arrullara / Y un mañana distinto y un distinto mañana / También que Dios les regalara”. Deseo que una fuerza divina arrulle a mi hijo cada noche y lo proteja en su andar, proporcionándole una existencia llena de color, calor y novedad.

Ser hijo es vivir para sí, en el aquí y el ahora. Ser padre es vivir para sí y para la siguiente generación; es vivir con la consciencia de que cada día se construye un escalón más para que las hijas o hijos alcancen las nubes.