Parentalidad y buenos tratos • Del autoritarismo a la crianza positiva • Gaudencio Rodríguez
“El mandato consiste en interactuar, convivir, socializar y educarles utilizando métodos respetuosos de la dignidad de cada niña, niño y adolescente…”
En México, la expresión “Yo educo a mi hijo como mejor me parece, o como me da la gana” aplicaba a generaciones pasadas… Sí, en ese tiempo la crianza quedaba a criterio total de las personas cuidadoras. Se podía educar como fuera, pues se dice que lo que no está prohibido, está permitido.
No obstante, en la actualidad tal expresión ha caducado. Hoy no podemos criar ni educar a las niñas, niños y adolescentes como sea, de cualquier manera, como mejor nos parezca, sino sólo en el marco de respeto a las leyes y a los derechos humanos. Y no hay que perder de vista que en los últimos años se han hecho reformas importantes en este sentido, de manera especial en la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes.
Ante esta novedad histórica y jurídica, el desconcierto hace su aparición en muchas personas responsables del cuidado de las niñas y niños, quienes, en tono de queja, suelen decir: “Desde que se habla de los derechos de los niños ya no los podemos tocar, ni hablar con ellos”. La Convención sobre los Derechos del Niño y demás leyes mexicanas no nos dice que no los toquemos; tampoco que dejemos de dialogar y guiarlos. El mandato consiste en interactuar, convivir, socializar y educarles utilizando métodos respetuosos de la dignidad de cada niña, niño y adolescente.
Los podemos tocar, pero no para agredirlos, no para pegarles. Podemos hablar con ellos, pero no para instalar monólogos, sino diálogos reflexivos. Podemos incluso levantar la voz cuando se ponen en riesgo o ponen en riesgo a alguien más, pero no con palabras o actitudes humillantes o atemorizantes, sino siempre con una intención protectora y educativa.
Lo anterior requiere una reeducación de las madres, padres y personas cuidadoras contemporáneas, al mismo tiempo que implica una formación con enfoque de derechos humanos y desde la perspectiva de género, pues el reto es complejo: educarles a través de métodos respetuosos de su dignidad.
Esta novedad socio-histórica y jurídica también estimula exclamaciones del tipo: “¿Entonces ahora tenemos que dejar que los niños hagan lo que quieran?”. La respuesta es clara y concisa: “¡No!”. Pues dejar que hagan todo lo que quieran puede poner en riesgo su integridad, su desarrollo, su seguridad o la de quienes les rodean, por lo que esto sería negligencia, y, la negligencia es uno de los múltiples tipos de maltrato, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud.
Otra pregunta recurrente: “¿Tenemos que darles todo lo que piden?” Respuesta precisa: “No todo lo que piden. Pero sí todo lo que necesitan”. La responsabilidad de las personas responsables de su crianza es cubrir todas las necesidades de la niña, niño y adolescente, más no todos sus deseos. Resulta fundamental diferenciar unas de otros. La urgencia puede ser un criterio de diferenciación: las necesidades del desarrollo (fisiológicas, vinculares, cognitivas, sociales y morales) no pueden aplazarse eternamente. Mientras que los deseos sí pueden ser aplazados e incluso negados, sin que esto afecte su bienestar y desarrollo.
Somos una generación coyuntural que creció a través de métodos cargados autoritarismo. Eso es lo conocido. Ahora que dichos métodos son considerados violatorios de derechos humanos y, por tanto, ilegales, necesitamos aprender y conocer nuevas formas de acompañar a las niñas, niños y adolescentes en su proceso de desarrollo.
Nos corresponde, en cierto grado, reinventar la crianza. Nos corresponde crear nuevas maneras de acompañar y educar a las nuevas generaciones.
¿Cómo hacerlo? Invirtiendo tiempo en dicha tarea para dialogar con otras madres, padres y personas cuidadoras, para leer folletos, manuales y libros sobre crianza, para asistir a conferencias, cursos, talleres, y, de ser necesario, a psicoterapia. Todo lo que sea necesario para desarrollar la personalidad, las aptitudes y la capacidad mental y física de la niña, niño o adolescente hasta el máximo de sus posibilidades. Invertir tiempo para reflexionar acerca de ese saber que está en todas las personas, producto de la experiencia de haber sido criados. Lo único que necesitamos es identificar qué de lo recibido fue realmente benéfico y qué fue perjudicial, para entonces sacudirnos lo primero y transmitir a las nuevas generaciones lo segundo.