Parentalidad y buenos tratos • El conflicto, el caos y el encuentro con los hijos adolescentes • Gaudencio Rodríguez Juárez
“Lo más importante en este escenario es salir del caos y regresar a la calma, para enseguida ayudar a nuestro hijo a que logre lo mismo. No olvidemos que su cerebro aún está en formación y su capacidad de regulación emocional es menor que la nuestra...”
En momentos de desesperación los padres (la palabra también se refiere a las madres) suelen preguntarse por qué sus hijos (la palabra también se refiere a las hijas) adolescentes ya no les dirigen la palabra ni se comportan de manera dócil y hasta colaborativa como cuando eran niños (la palabra también se refiere a las niñas). La respuesta es obvia: porque ya no son niños; ya crecieron; dieron un paso hacia la madurez en todas las esferas de la vida.
Lo curioso es que algunos adolescentes por momentos también suelen vivir la contraparte con cierta nostalgia, emergiendo preguntas del tipo: “¿por qué mis padres ya no me tratan como antes?”, “¿por qué no me comprenden como cuando era niña?”, “¿por qué mi padre ya no me abraza como cuando era niño?” La respuesta es un tanto homóloga a la del párrafo anterior: porque esos padres de hoy no son los que eran cuando su hijo era niño. Los años pasaron y con ellos vinieron los cambios en el cuerpo, en la mente y en el entorno de aquellos.
Los cambios de los padres e hijos suceden de manera simultánea, lo cual puede traer como consecuencia tres escenarios posibles en la relación: 1) conflicto; 2) caos; 3) encuentro.
Los padres no deben perder de vista que ellos son los responsables de procesar los efectos de los cambios que se suscitan entre ellos y sus hijos, los responsables de facilitar el tránsito del conflicto o del caos al encuentro; o mejor aún, prevenir caer en el caos y hacer de las diferencias o conflictos oportunidad para el encuentro parento-filial.
El conflicto está presente mientras existe cambio. Sólo cesa cuando este deja de existir. Por lo tanto, puesto que padres e hijos están vivos, el cambio será una constante, lo mismo que el conflicto. Significa que como padres no sería conveniente proponernos nunca tener conflictos, pues esto es imposible, y hacernos este propósito sólo generaría estrés parental que podría llevar al caos.
Lo que sí resulta viable es evitar algunos conflictos que sean previsibles. Para tal fin puede ser útil, entre otras cosas, estar informados sobre lo que se puede esperar y lo que no se puede esperar en la etapa adolescente y en nuestro hijo en específico, conocer su temperamento, personalidad, intereses, etcétera; mirar desde distintas perspectivas los problemas y conflictos; conocernos a nosotros mismos y fortalecer nuestras habilidades parentales en general y socio-emocionales en particular.
Y es que, si no tomamos en consideración lo anterior, la probabilidad del caos hará su aparición. Cuando nuestro hijo hace algo que activa nuestras emociones (sobre todo el enojo) y no logramos mantener la cabeza en el centro, nuestra capacidad educativa se va a pique. Entonces son dos cerebros en interacción, pero desde la parte cerebral inferior, es decir, desde la reactividad, desde la emocionalidad, desde la impulsividad, sin capacidad de reflexión ni racionalización.
Lo más importante en este escenario es salir del caos y regresar a la calma, para enseguida ayudar a nuestro hijo a que logre lo mismo. No olvidemos que su cerebro aún está en formación y su capacidad de regulación emocional es menor que la nuestra (o, al menos esto es lo esperado), por lo que somos nosotros quienes debemos “prestarle” nuestro cerebro, nuestra mente, nuestra calma… para que se calme, para que construya mente y cerebro.
En resumen, nuestra tarea es apagar el cerebro inferior (emocional, reactivo) y activar el cerebro superior (racional), el propio y el de nuestro hijo para regresar a la calma desde donde podemos llegar al encuentro.
Para ir al encuentro, lo ideal será evitar conflictos previsibles, o manejarlos adecuadamente cuando hagan su aparición.
Pero hemos de reconocer que la complejidad de la vida cotidiana en ocasiones nos empuja al caos. En este caso, lo ideal es darnos cuenta que perdimos la cabeza, tomar distancia de la situación y recuperarla para no hacer daño. Y si aún con todo el esfuerzo terminamos lastimando a nuestro hijo y a la relación, existe algo fundamental: la reparación.
Sí, más nos vale asumir que la paternidad y la maternidad son prácticas y funciones donde lo único garantizado serán la duda y el error (que en ocasiones puede generar daño a nuestro hijo y a la relación parento-filial en cualquier grado). Por lo que, si el error es inevitable en la crianza y genera ruptura en la relación, la reparación es fundamental.
Hagamos de la reparación de las rupturas parento-filiales una práctica. Reparar una ruptura en una relación significa asumir que nos equivocamos y dañamos. Pero también significa que nos acercamos hacia nuestro hijo y conectamos y sintonizamos con él para hacer aquello que sea necesario para que recupera la confianza y seguridad en sí mismo, en mí y en nuestra relación. O sea que las rupturas son la oportunidad para volver a conectar con los hijos después de un momento o experiencia desagradable. Lo cual humaniza la relación.
La crianza transcurre en el interjuego de tres R: relación, ruptura y reparación. Cada vez que se vive un ciclo de estas tres R el vínculo se fortalece, porque el hijo sabe que está bajo el cobijo de un adulto que es imperfecto, pero que es honesto al reconocer su fallo y no sólo se disculpa, sino que repara; pudiendo aprender que eso es ser humano.
En resumen, el conflicto y el caos pueden llevar el encuentro. Pero no de manera automática, sino gracias al trabajo parental consciente.