Parentalidad y buenos tratos • Dar amor • Gaudencio Rodríguez
Cuidar, abrazar, dar, amar y alimentar, son verbos vitales para el ser humano. Las crías de los seres humanos nacen en un estado natural de dependencia e indefensión y sólo pueden sobrevivir bajo la protección y el cobijo de las personas adultas.
El resultado de los buenos tratos hacia las niñas y niños es la conformación de personas adultas sanas, maduras, responsables y solidarias. Sin embargo, muchas niñas y niños se enfrentan a malos tratos y múltiples dificultades desde el momento en que nacen. Viven una injusticia y un crimen que no debería ocurrir. Algunas o algunos son rescatados gracias a la denuncia valiente y oportuna.
Atender a niñas y niños víctimas de maltrato es una labor caracterizada por la intensidad. Es una montaña rusa de emociones llevada al extremo. Por un lado, se experimenta dolor, impotencia, rabia, desolación y tristeza cada que una niña o niña ingresa al centro de asistencia social. Por otro lado, genera satisfacción, alegría, orgullo y júbilo ver la recuperación y superación del daño.
¿Cómo se mantiene la motivación del personal que atiende estas problemáticas? ¿Qué elementos les ayudan a procesar los sentimientos provocados cuando ven llegar a un bebé con desnutrición de tercer grado a consecuencia de la pobreza, ignorancia y negligencia; a una niña de dos años con decenas y decenas de huellas de maltrato; a un niño de un año que era utilizado para ritos satánicos; a una niña con rasgos autistas producto del aislamiento crónico y la exposición constante a solventes; a una niña de cinco años que llegó llorando y con el rostro deforme por los golpes recibidos y que decía: “mi mamá no cumplió lo que prometió, volvió a pegarme, ya no quiero regresar con ella”?
Dos son los principales pilares que motivan y sostienen (física y emocionalmente) al personal: el conocimiento y el amor.
El conocimiento nos ayuda a entender y resolver sus necesidades más profundas, y nos permite entender que lo que fortalece al ser humano es la posibilidad de contar con vínculos caracterizados por la ternura, congruencia y constancia. Mientras que el amor es esencial para que dicho vínculo se dé; también sirve para establecer relaciones de aceptación, respeto y cariño incondicional, para escuchar su llanto y su dolor como una música que pide ser bailada entre dos (o más), como un pedido de conexión, contención y ayuda.
Una vez que entramos en contacto con estas niñas y niños no volvemos a ser las mismas personas. El equipo de profesionales y el voluntariado frecuentemente solemos decir que recibimos más de lo que damos.
Para un padre o una madre sensible, ser testigo del primer paso de su hija o hijo cuando está aprendiendo a caminar es motivo de alegría. Pero cuando ese primer paso es el de una niña de casi tres años que pensábamos que nunca lo lograría debido a las lesiones de cadera que el agresor le propinó, es espectacular.
Para quien cocina resulta satisfactorio ver que sus hijas o hijos se terminan lo que preparó. Pero cuando quien empieza a aceptar los alimentos sólidos es una niña grandecita que cuando ingresó a la institución residencial repelía los alimentos porque su aparato bucal y digestivo no tenía la práctica de deglución porque hasta entonces solo la alimentaron con leche y agua, la satisfacción de quien le prepara esos alimentos y quien se los suministra es exponencial.
Para un papá o mamá ver divertido a su hijo en su fiesta de cinco años es lo máximo. Pero ser testigo de la cara de asombro y de alegría de un niño desamparado de ocho años que por primera vez tiene una fiesta de cumpleaños, no tiene palabras.
Otras cosas que nos llenan de satisfacción a las personas que atendemos a niñas, niños o adolescentes víctimas de maltrato se manifiestan cuando logramos ganarnos su confianza y entonces se atreven a expresar sus sentimientos más hondos. Una educadora de un centro de asistencia decía: “Me llena de satisfacción que los niños se acerquen a mí, ya sea para preguntarme algo acerca de ellos o que sientan que yo soy importante para ellos, demostrándomelo con un abrazo o regalándome sus trabajos que hacen en el kínder como muestra de gratitud”.
El ver su capacidad de recuperación, su capacidad para sonreír y ser felices a pesar de las circunstancias, nos deja un aprendizaje para revalorar lo sencillo de la vida. Verles la ilusión en la cara ante la noticia de que tendrán una familia nueva (adoptiva), así como las palabras de despedida que salen de la boca de sus compañeras o compañeros de cuatro, cinco o seis años: “Que te vaya bien”, “Pórtate bien, no te salgas a la calle”, “Que tus papás te cuiden mucho”, y que en respuesta el que se va les diga: “Los quiero mucho, los voy a extrañar”, “Gracias a las maestras”, son momentos que se pueden describir de manera anecdótica, pero transmitir la sensación de ser testigo de ello es difícil, el lenguaje no alcanza. Es una dicha saber que con nuestra labor estamos trascendiendo. De ahí la sensación de estar recibiendo más de lo que damos con nuestro trabajo.
No hay nada mejor que dar.
Parafraseando a Kübler-Ross, les aseguro que las mayores satisfacciones de la vida provienen de abrir el corazón a las personas necesitadas. La mayor felicidad consiste en ayudar a los demás. Para mí, al igual que para ella, mi deseo es que usted trate de dar más amor a más personas.
Cada día hay una nueva persona que busca cariño, apoyo y justicia. Están en las instituciones residenciales, en la calle, en la familia. En todos lados. Acércate a ellas. Abrázalas y apóyalas para crecer en paz. No olvidemos que lo único que vive eternamente es el amor.