Parentalidad y buenos tratos • Los desacuerdos en la crianza • Gaudencio Rodríguez
“Vivimos una época en la que coexisten múltiples y dispares métodos o estilos de disciplina y crianza: autoritario, permisivo y democrático…”
Vivimos una época en la que coexisten múltiples y dispares métodos o estilos de disciplina y crianza: autoritario, permisivo y democrático.
Las personas adultas contemporáneas somos una generación coyuntural en la historia de la crianza al haber sido educados y disciplinados con métodos significativamente autoritarios —gritos, regaños, castigos de muchos tipos (físicos, psicológicos, etcétera), amenazas (“si no te portas bien el diablo te castigará”; “a la 1, a las 2, a las 3”), etcétera— y hoy estamos ante no sólo a invitación a educar y practicar una disciplina respetuosa, sino ante la obligación jurídica de dicha práctica.
Para el ejercicio de la parentalidad, partimos de la crianza recibida, esa fue nuestra escuela. O sea que sí existe la escuela para ser padres. La pregunta es de qué calidad fue la de cada quien. Esto estuvo en función de la calidad y sensibilidad de las personas cuidadoras.
La manera en que nos criaron sienta precedente, nos predispone a determinado estilo parental o disciplinario, pero no es determinante al cien por ciento. Podemos modificar y hasta mejorar la manera en que fuimos educados y disciplinarios, a través de un proceso de discernimiento que nos permita identificar los buenos y los malos tratos recibidos, para trasmitir a la nueva generación los primeros y sustituir los segundos con mejores prácticas de crianza. ¿Cómo? A través de la reeducación.
Históricamente, la crianza ha estado sobre los hombros de las madres y demás mujeres cuidadoras. Ellas, echando mano de sus muchos o pocos recursos personales y del entorno, procuran hacerlo de la mejor manera.
Es así como en la actualidad ante el crecimiento de la información y oportunidades para mejorar las competencias parentales, son ellas quienes mayoritariamente asisten a conferencias, talleres, cursos, escuchan podcast, leen libros, folletos, asisten a grupos, etcétera. Mientras que los papás y hombres cuidadores aún no conforman una masa crítica fortaleciendo sus respectivas competencias parentales.
Lo anterior suele traducirse en no pocos conflictos en las parejas heterosexuales responsables de la crianza. Muchas mujeres al capacitarse avanzan en el tema: dejan atrás los métodos autoritarios, adquieren herramientas para no irse al extremo de la permisividad, consiguen educar sin maltratar, poner límites sin limitar, guiar sin imponer, instruir sin amenazar. Todo gracias a la inversión del tiempo en su formación.
Debido a lo anterior, con no poca frecuencia, algunas mamás me comparten sus reacciones, esperando una sugerencia respecto a qué hacer con su pareja.
Por ejemplo, una de ellas me decía: “Me funcionan las técnicas que he ido aprendiendo en el taller, y la verdad que me dan resultado, y mucho, con mi hijita de cinco años. Desde que me manejo con todas las herramientas del taller, me doy cuenta que hay apego seguro en mi hija, y confianza entre las dos. Pero mi marido no comparte esta forma de crianza y dice que la nena me va a pasar por arriba cuando crezca. Él lamentablemente, sin darse cuenta quiere repetir su historia de pegar, castigar y gritar. Claro que cuando está a punta de suceder esto, me interpongo, y eso me angustia porque siento que todo mi esfuerzo es en vano. ¿Qué puede hacer?”.
Ante tal planteamiento suelo proponer las siguientes alternativas —obviamente después de evitar que la niña o niño sea agredida/o con métodos autoritarios—: 1) Invitar a la pareja a observar los resultados positivos de las prácticas bien tratantes; 2) Asistir juntos a conferencias, talleres o cursos de parentalidad positiva; 3) Reflexionar juntos artículos, vídeos, entrevistas, podcast sobre parentalidad positiva; 4) Revisar la legislación: existen prácticas de crianza que ya están prohibidas en muchos Estados o países, por ejemplo, pegar —incluso con poca frecuencia e intensidad—, humillar, amenazar, estigmatizar, estereotipar, etcétera; 5) Hacer un llamado a la lógica, a la reflexión, a la sensibilidad, a la humanidad.
Finalmente, es importante que quien ya está convencida/o de la importancia y hasta obligatoriedad jurídica de los buenos tratos en la crianza, no dé marcha atrás en su ejercicio a pesar de que aún un amplio sector de la población dude de ellos y siga apostando a la “mano dura”, a “la letra con sangre entra”, al “más vale un golpe a tiempo”. No perdamos de vista que estas posturas son fruto de la tradición, pero no están avaladas ni por la evidencia científica, ni por el enfoque de derechos humanos, ni por el marco jurídico actual.
Debido a nuestra historia es probable que el buen trato no nos salga de manera natural, sino que debemos reeducarnos para educar de manera respetuosa. De esta manera el buen trato hacia las siguientes generaciones será algo natural y espontáneo en nuestras hijas e hijos.