Parentalidad y buenos tratos • La felicidad y las hijas e hijos • Gaudencio Rodríguez

“…no ha de surgir asistiendo a talleres de felicidad, sino como resultado de una vida cargada de humanidad, es decir, de alteridad, de asimilación de lo que nos hace humanos (lenguaje, signos, acuerdos, tradiciones, apoyo, convivencia, etcétera). Es en el encuentro con el Otro que me mira y reafirma mi existencia donde encuentro la seguridad…”

Prácticamente todas las mamás y papás amorosos desean que sus hijas o hijos sean felices. Un deseo legítimo, no cabe duda.

La felicidad ha sido tema de la filosofía desde tiempos inmemoriales. Pero justo ahora, en la época del capitalismo extremo y del consumismo, la felicidad es menos un tema de reflexión y profundización y se le ha convertido en un producto de consumo.

En los tiempos que corren se ha hecho de la felicidad una industria. Se le ha envuelto en una caja para su envío por paquetería, o se le ha agregado un moño para regalárselo al prójimo en formato libro, taller, curso, podcast, etcétera.

Y qué de decir de ciertos gurús, coaches y especialistas que se ostentan como los portadores de la llama de la felicidad, capaces de iluminar a quien se siente perdido en la mar del desánimo, confusión o desgracia.

Cuando pregunto a mamás y papás para qué educan a sus hijas e hijos, la mayoría suele responder que para que sean felices. Una intención legítima, lo había apuntado antes. La pregunta ahora es si la felicidad es algo que se puede otorgar.

Por convención, se suele diferenciar alegría de felicidad. La primera hace alusión a un estado emocional pasajero, intenso, cuya fuente es de origen externo. La segunda es una emoción mental, emocional, sostenida en el tiempo, fuente de paz, tranquilidad y equilibrio; el sello no es el de la intensidad agradable, sino el de la seguridad, confianza y trascendencia, cuya fuente suele ser de origen interior.

Si volvemos a las preguntas: ¿pueden las madres y padres educar para que sus hijas o hijos sean felices?, ¿pueden otorgarles directamente la felicidad a sus descendientes? Con base en el párrafo anterior, sería más preciso afirmar que las y los progenitores pueden ser fuente de alegría, más no de felicidad.

Pueden ser manantial desde donde broten las buenas noticias que produzcan alegría. Pueden ser esa voz que aliente y exprese aceptación, cuyo efecto será el bienestar que corra por el cuerpo. Pueden ser esa persona que al cubrir necesidades y deseos proporcione chispazo tras chispazo de alegría. En resumen, se trata de seres humanos que ofrecen estímulos externos que detonan emociones agradables de intensidad significativa, grata, espontánea, al mismo tiempo que pasajera.

Pero, ¿por qué no pueden ser fuente de felicidad? Porque ésta ha de surgir desde adentro. Del mundo interior. Lo cual requiere tiempo y un ejercicio de consciencia.

—¿Para qué educas a tu hijo? —le preguntó un padre a otro.

—Para que sea responsable, honesto, solidario, amoroso… humano —respondió luego de pensarlo un poco.

—¿No quieres que sea feliz? —cuestionó el primero al ver que esta intención no apareció en su respuesta.

—Por eso.

Por eso lo educa en la responsabilidad, honestidad, solidaridad, amor, humanidad y otros tantos valores y principios. Porque una vida que tiene como sustento valores y principios desde dónde tomar decisiones y posturas, trae como consecuencia la experimentación y efecto de aquello que les ha de acercar a la felicidad.

Dicho de otra manera, no se trata de hacer felices a las hijas e hijos, sino que al tratarse de algo que ha de emerger desde adentro de su ser, han de ser ellas y ellos quienes vayan a su encuentro para poder ser felices.

La felicidad, dijimos, implica, entre otras cosas, la seguridad, paz, la armonía, el equilibrio sostenido en el tiempo. Y no ha de surgir asistiendo a talleres de felicidad, sino como resultado de una vida cargada de humanidad, es decir, de alteridad, de asimilación de lo que nos hace humanos (lenguaje, signos, acuerdos, tradiciones, apoyo, convivencia, etcétera). Es en el encuentro con el Otro que me mira y reafirma mi existencia donde encuentro la seguridad.

Es en el ejercicio de la solidaridad donde la niña, niño o adolescente se asume como el otro del otro, se percibe valioso, generoso y útil, lo cual le permite acercarse a una vida con sentido a través del servicio que nadie le exige, sino que brota de su ser al encontrarlo profundamente humano.

Es en el ejercicio de la responsabilidad y de la honestidad cuando las hijas e hijos se sienten bien y en paz consigo mismos. Lo cual trae felicidad.

La felicidad llega como resultado de una vida cargada de sentido, donde los valores y principios fueron lo suficientemente humanos y flexibles para la realización de dicha búsqueda de sentido.

¿Educar para la felicidad o para la búsqueda de sentido, pues? Definitivamente, el papel parental ha de ser el de proporcionar habilidades, actitudes, principios, valores, ocasiones y oportunidades para la búsqueda de sentido, cuyo encuentro traerá felicidad.