Parentalidad y buenos tratos • Jugar más y comprar menos • Gaudencio Rodríguez
“más juego y menos juguetes; menos objetos materiales y más imaginación; más creatividad y sensibilidad y menos compras; más afecto y tiempo para con las hijas e hijos y menos regalos…”
La cultura del consumismo ha alcanzado a las niñas y niños pequeños. Se viene una época donde muchos de familias de niveles económicos medio y alto recibirán, a manera de regalo, diez o más juguetes, sumando los de Navidad, Santa Clos, Reyes Magos, intercambios, etcétera. Y aunque faltan varias semanas para que esas fechas lleguen, las compras ya están en curso.
En los últimos tiempos los fabricantes, vendedores y anunciantes han puesto su atención en las niñas y niños. Han descubierto que éstos se han convertido en el vehículo que traslada el mercado al hogar.
Hoy, los responsables del mercadeo, aprovechando las largas horas que las niñas y niños pasan frente a las pantallas (televisores, computadoras, dispositivos diversos), establecen conexiones directas con ellos, sin tener en cuenta a las madres y padres (muchos de ellos sumamente ocupados en el ámbito laboral).
Las niñas y niños —aun de manera involuntaria— y los vendedores —de manera voluntaria y estratégica— han unido sus fuerzas para convencer a los adultos de que gasten su dinero. Sin embargo, son pocos quienes se han enterado y han reconocido la dimensión de este cambio, así como las consecuencias para el futuro de sus hijas o hijos. Las investigaciones en el tema, concluyen que dicho cambio no ha sido beneficioso para éstos.
Por ejemplo, los trabajos de la profesora en el Boston College y experta en temas de consumo, economía y familia, Juliet B. Schor, concluyen que los más implicados en la cultura del consumismo son los que presentan más dificultades psicológicas y sociales, tales como depresión, ansiedad, baja autoestima y malestar psicosomático. Las niñas y niños psicológicamente sanos empeoran si se sumergen en la cultura del gasto y la compra. Las y los más consumistas pueden ser menos propensos a socializar con sus compañeros, hermanos y padres, y es posible que, en general, sus conexiones sociales sean más pobres; también puede que se impliquen menos en actividades satisfactorias, creativas y educativas como la lectura, los juegos espontáneos o la fantasía (para más evidencias, sugiero consultar su libro “Nacidos para comprar”).
Los videojuegos reportan altas ventas en épocas de regalos. Con relación a estos, una afirmación que atrajo fuertemente mi atención, es de David Grossman, experto en violencia: “Los videojuegos con los que se entretienen los niños son los mismos simuladores de matanzas que usa el ejército para insensibilizar a sus soldados”.
Así de deshumanizadora, silenciosa, perniciosa y peligrosa es la imposición de los valores consumistas imperantes.
La realidad es que las niñas y niños no necesitan decenas de regalos. Generalmente ante el montón que reciben, terminan quedándose con dos o tres y el resto va a parar a un rincón, al bote de juguetes o, peor aún, al de la basura.
Lo único que consigue el exceso de regalos, es que la niña o niño encuentre el placer, ya no en el contenido, sino en la excitación que le genera abrir uno tras otro; en la satisfacción de sentirse ganador ante sus congéneres por haber acumulado el mayor número o por haber conseguido el juguete de moda, iniciándose de esta manera, en la escuela del consumismo, el individualismo, el clasismo, la competencia inicua.
Por otro lado, las manifestaciones de cariño tienden a cosificarse. Es decir, se va imponiendo el decir “te quiero” con artículos de consumo. Y como no sólo los papás quieren a sus hijas o hijos, sino también los/as tíos/as, abuelos/as, padrinos, madrinas, etcétera, entonces todos/as ellos/as tienen un regalo para la niña o niño. No dudo que sea válido, el problema es que éste suma cantidades de juguetes que tal vez nunca utilizará. Y lo que sí se habrá generado es una cantidad significativa para este planeta ya de por sí altamente contaminado.
¿Qué podemos hacer los padres/madres para educar en un medio consumista? Algunas alternativas son: revisar los propios patrones de consumo. Dejar de competir con los papás/mamás de otras niñas/niños respecto a los regalos proporcionados. Renunciar al materialismo y simplificar la vida. Vivir de manera más austera y compartir con aquellos que no tienen. Detectar las necesidades y deseos reales de las niñas y niños en lugar de regalar “lo que yo no tuve y siempre deseé”.
También vale la pena considerar otro tipo de regalos, de esos que no cuestan dinero y suelen ser muy significativos: un paseo al campo o al parque, artículos hechos con las propias manos, una carta o unas palabras sinceras —“regalos del corazón” le dicen en una escuela—, alternativas simbólicas y, por lo tanto, de un nivel superior de humanidad.
Una idea que se me ocurrió en una ocasión con un grupo de niñas y niños con los que trabajo temas preventivos, fue proponerles que, de todos los regalos recibidos en esta época, se quedaran con algunos, y el resto los compartieran con otras niñas y niños. La intención fue fomentar la solidaridad, la equidad, la cooperación, la austeridad y la generosidad (a la baja en nuestros días) versus el individualismo, competencia, consumismo y satisfacción inmediata de deseos (característicos de nuestra posmodernidad). El resultado fue muy positivo.
No hay que olvidar que la clave del bienestar infantil está en jugar más y comprar menos; más juego y menos juguetes; menos objetos materiales y más imaginación; más creatividad y sensibilidad y menos compras; más afecto y tiempo para con las hijas e hijos y menos regalos.
Hay que hacerles saber a las niñas y niños que no se trata de obtener más, sino de desear menos.