Parentalidad y buenos tratos • Maltrato y juego • Gaudencio Rodríguez
"El juego, las actividades recreativas, el descanso y el esparcimiento, son tan importantes que los Estados los reconocen como un derecho…”
“Le dije al psicólogo que tú me maltratas”, fue el anuncio que le hizo a su mamá un niño de seis años al salir de una de sus sesiones psicoterapéuticas.
“¡Qué! ¿Por qué dices que te maltrato?”, expresó sorprendida.
“Porque nunca quieres jugar conmigo”, respondió el niño.
“Oye, una cosa es que te maltrate y otra que no quiera jugar contigo”, dijo la mamá tratando de convencerlo.
Tú que lees este diálogo, ¿encuentras exagerada la acusación del niño? ¿Realmente una cosa es no querer jugar con el niño y otra el maltrato o lo primero es signo de lo segundo? ¿Por qué este niño lo vive así? ¿Qué nos está sugiriendo su vivencia?
Probablemente las respuestas a las preguntas anteriores serán tan diversas como personas existen. Cada quien tendrá una postura en función de su propia perspectiva, ideología e historia personal. Habrá quien le dé la razón al niño y quien se la dé a la mamá.
Para una persona adulta probablemente el juego no sea tan importante. Incluso habrá quien pueda considerarlo una pérdida de tiempo, y que, en lugar de eso, el niño debería estar haciendo algo más productivo desde pequeño, por ejemplo, estudiar, o hacer sus deberes domésticos.
No obstante, la ciencia del desarrollo infantil nos dice que el juego no es algo banal, ni superficial, sino un elemento fundamental para la maduración de las niñas, niños y adolescentes.
De hecho, es uno de los principales signos de salud mental infantil. ¿Por qué? Porque el juego contribuye al desarrollo intelectual, emocional y psicosexual al estimular el pensamiento, la creatividad, la imaginación y habilidades, tales como, la memoria, socialización, expresión de afectos e impulsos, entre otras. Todo lo anterior como manifestación de la maduración paulatina del cerebro.
El neuropsiquiatra Jorge Barudy afirma que las madres y los padres capaces de jugar con sus hijas e hijos facilitan vivencias gratificantes y lugares de aprendizaje, y estimulan el juego como uno de los pilares del desarrollo infantil. Advierte, también, que estos espacios lúdicos son momentos indispensables para mantener en buen estado el funcionamiento de los circuitos neurofisiológicos. O sea que, al jugar, se construye cerebro.
En el libro de mi autoría: “Cero golpes. 100 ideas para la erradicación del maltrato infantil”, hago un compilado de beneficios que tiene el juego: es un recurso para la expresión de temores, angustias e impulsos agresivos; en el espacio lúdico se puede ensayar el establecimiento de contactos sociales y las habilidades de comunicación con la gente. También por medio del juego puede expresar el dolor por el divorcio de sus padres, la violencia conyugal, la pérdida de un ser querido, los celos ante el hermano que acaba de nacer, las dificultades académicas, los conflictos con los amigos; el juego es un medio para tramitar las adversidades, vicisitudes y tensiones cotidianas.
Jugar es pues una actividad espontánea, libre y liberadora que permite madurar, lo mismo que sanar heridas del corazón de un niño o niña.
El juego, las actividades recreativas, el descanso y el esparcimiento, son tan importantes que los Estados lo reconocen como un derecho, consagrado en la Convención sobre los Derechos del Niño y en la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes.
Por eso no deberíamos rechazar una invitación que hace un niño o niña a jugar, sino que deberíamos considerarla un honor. ¿Por qué? Porque en ese acto nos está abriendo las puertas de su corazón, al ser el juego la actividad más íntima que tiene. El juego es análogo al soñar de las personas adultas. En los de éstas cada noche fluyen deseos, miedos, conflictos, sentimientos muy personales; por eso sólo se los contamos a quien le tenemos mucha confianza (y en ocasiones hasta pagamos por ello: al psicoanalista o psicoterapeuta); en el sueño se expresa nuestro ser más profundo, transparente y sin censura. Y justo esto es lo que el niño o niña hace al jugar con nosotros. O sea que cuando aceptamos su invitación, el acto lúdico se convierte en un sueño compartido.
Al niño o niña le va la vida psicológica en el jugar. Por eso necesita oportunidades lúdicas. Por eso, cuando lo que encuentra es una negativa parental a jugar, lo vive como maltrato. Y no exagera, pues de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, el maltrato abarca todas las formas que originan un daño real o potencial para el desarrollo, la salud o dignidad del niño o niña. Ya quedó dicho antes, que la falta de oportunidades lúdicas o recreativas compromete el desarrollo neurofisiológico y constituye una vulneración al derecho al juego y al esparcimiento. Justo esto es maltrato.
Juguemos para favorecer el sano desarrollo. Pero también para acercar nuestro corazón al de nuestro hijo o hija, y en ese proceso hacernos más humanos unos y otros; todo gracias a que el juego es el mejor vehículo para tal fin.