Parentalidad y buenos tratos • No más violencia contra las niñas y niños • Gaudencio Rodríguez

“…termina por dañar, por causar lesiones y perjuicios de cualquier tipo: físico, psicológico, vulneración de derechos humanos, trastornos del desarrollo y, en grado extremo, la muerte…”

Al uso intencional de la fuerza física o el poder, en cualquiera de sus manifestaciones —amenaza o de acción efectiva, contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad—, es a lo que le llamamos violencia. Aun cuando el efector no siempre tenga la finalidad de generar daño —pues en el fondo busca algo peor: controlar al otro, anularlo, invisibilizarlo, quitarle su condición de persona, etcétera— termina por dañar, por causar lesiones y perjuicios de cualquier tipo: físico, psicológico, vulneración de derechos humanos, trastornos del desarrollo y, en grado extremo, la muerte.

La violencia se sostiene gracias a la presencia de ciertos elementos clave. Tres de ellos son:

1) la intencionalidad, la cual indica que los actos no son accidentales, sino que tienen un propósito deliberado de dominar, someter o controlar a alguien;

2) asimetría de poder: la violencia generalmente surge gracias a las relaciones desiguales que posibilitan la anulación de la voluntad del otro;

3) daño integral: puede afectar las diversas esferas de la personalidad (física, mental, emocional, social, etcétera).

Desafortunadamente, la violencia ha sido parte de la vida de las niñas y niños de manera histórica.

La Biblia, un libro al que se le calcula una antigüedad de 1,600 años, contiene pasajes de abuso de poder aprovechándose de la asimetría entre adultos y niñas o niños; pasajes de intencionalidad de dominio, sometimiento o control no accidental que trajo como consecuencia daño o perjuicio al desarrollo infantil.

Sólo como botón de muestra. En el Antiguo Testamento se pueden encontrar relatos de sacrificios de los primogénitos; por ejemplo, en el culto a Moloc, prácticas paganas condenadas por los profetas.

En ese libro encontramos también, el castigo de los hijos rebeldes que debían ser llevados ante los ancianos de la ciudad y apedreados hasta la muerte por la comunidad; todo por desobedecer y rechazar la disciplina de su padre (Deuteronomio 21:18-21).

Como hasta la fecha, las niñas y niños, en aquel tiempo también eran víctimas de la guerra.

En el libro del Éxodo (12:29), como parte de las plagas, Dios envía un ángel que da muerte a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde el faraón hasta los sirvientes, incluyendo a los niños pequeños.

En el libro de Proverbios encontramos cantidad de versículo que aluden al castigo corporal, también llamada disciplina bíblica, que tiene como recurso la vara de corrección. Todo esto en medio del debate actual acerca de si aquellos textos deben leerse de manera textual —lo cual traería como consecuencia la práctica del castigo físico— o si se trata de una lectura simbólica.

Aun en el Nuevo Testamento encontraremos que el rey Herodes ordena asesinar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores, todo con la intención de eliminar al recién nacido Jesús.

Violencia que va desde el desplante, el control y el sometimiento hasta el castigo corporal y el asesinato.

Desearíamos que, gracias a la evolución como civilización, estas fueran prácticas del pasado. Desearíamos que las niñas y niños gozaran de una vida libre de violencia. Pero no es así. Hoy 6 de cada 10 siguen recibiendo castigo corporal (UNICEF, 2019). Un sector padece agresiones psicológicas, físicas, sexuales, trata, explotación sexual o comercial, y los asesinatos se han convertido en nota roja que impresiona y preocupa a la sociedad, pero que dicha reacción emocional se va junto con la desaparición de dichas notas periodísticas. En resumen, siguen sin gozar de seguridad plena y protección integral.

Es por eso que entrados en este siglo XXI, el Informe mundial sobre la violencia contra los niños, de las Naciones Unidas, presentado ante la Asamblea General el 2006 enfatizo el hecho de que:

  1. Ninguna forma de violencia contra los niños y niñas es justificable. Nunca deben recibir menos protección que los adultos.
  2. Toda la violencia contra los niños y niñas es prevenible. Los Estados deben invertir en políticas y programas basados en evidencias para abordar los factores causales de la violencia contra los niños.
  3. Los Estados tienen la responsabilidad primordial de hacer que se respeten los derechos de la infancia a la protección y al acceso a los servicios y prestar apoyo a la capacidad de las familias para proporcionar cuidados a los niños en un entorno seguro.
  4. Los Estados tienen la obligación de garantizar que los que cometan actos de violencia rindan cuentas.
  5. La vulnerabilidad de los niños a la violencia está relacionada con su edad y capacidad en evolución. Algunos niños, debido a su género, raza, origen étnico, discapacidad o condición social, son especialmente vulnerables.
  6.  Los niños y niñas tienen derecho a expresar sus opiniones y a que éstas se tengan en cuenta en la aplicación de políticas y programas.

Ha pasado mucho tiempo en la historia de la humanidad y la seguridad para las niñas y niños no ha sido garantizada. Es por eso que tenemos niveles tan altos de violencia en nuestras sociedades. Porque los agresores de hoy son los niños que ayer fueron violentados y maltratados; lo cual no los exime de culpa, pero se convierten en el recordatorio de una de las principales y peligrosas consecuencias que tiene el hecho de no garantizar el buen trato desde la más tierna infancia.

Garanticemos el buen trato simplemente porque es su derecho y, porque en consecuencia, en 20 o 30 años tendremos sociedades más humanas, pacíficas y solidarias.

 

Correo: gaudirj@hotmail.com