Parentalidad y buenos tratos • Papá en conexión emocional • Gaudencio Rodríguez
“La crianza debe ser comunitaria porque ni siquiera basta con un padre y una madre, sino que se requiere de toda una tribu…”
Mientras desayunaba en un restaurante, en la mesa de al lado, un papá comía con su bebé de aproximadamente ocho meses de edad. Sólo ellos dos.
Me llamó la atención dicha escena por varias razones. Primero porque es más frecuente ver en una mesa a ambos padres con un bebé, o, en todo caso, a una mamá acompañada de algún otro familiar y su bebé que solamente a un padre con su hijo pequeño.
Pero, principalmente, me llamó la atención por la gran conexión y la capacidad para jugar que manifestaron ambos.
En todo momento el papá estuvo atento a los comportamientos, gestos, intereses y necesidades del bebé. Todo esto gracias a la intensa vinculación. No había pantallas que interrumpieran a ninguno de los dos. Ni el padre se distraía con su teléfono (en ningún momento vi que lo sacara de su bolsa), ni al bebé le proporcionó algún dispositivo para que se estuviera tranquilo.
Ver esta escena era una maravilla debido a que se trataba de un padre y un bebé danzando coordinadamente en sus interacciones: el bebé señalaba las persianas y el padre las veía; al bebé se le terminaba el pan y el padre le acercaba más en respuesta a la petición de aquel; por largos momentos el bebé comía o se distraía con los objetos de la mesa y el padre respetaba su exploración; en otras ocasiones el padre le hacía gestos graciosos o jugaban de una y otra manera creativa.
En algún punto, al ser tan pequeño el bebé, comenzó a aburrirse, entonces el padre lo bajó de la silla y lo puso en su regazo; con una mano lo sostenía y con la otra terminaba sus alimentos al mismo tiempo que subía y bajaba sus piernas haciendo reír al bebé.
Finalmente, el padre apuró sus alimentos al darse cuenta que su bebé ya deseaba salir de ahí. No fue este quien se tuvo que adaptar al ritmo y expectativas de aquel durante todo el desayuno, sino que fue el padre quien se acopló al ritmo de su bebé (bondad de ajuste, se le llama a esta capacidad parental).
No hubo más que un par de llantos cortos y de poca intensidad durante todo este lapso. Los suficientes para manifestar sus necesidades. Parecía que el padre entendía que los lloros eran maneras de comunicar necesidades.
Dejó claro que contrario a lo que en ocasiones se piensa aún en este siglo XXI, los hombres contamos con el potencial suficiente para cuidar de las crías de manera total. Para asumir la paternidad no como un apoyo a la mamá, sino como una responsabilidad plena.
Mientras se levantaban para retirarse, no pude dejar de manifestarle mi reconocimiento por lo que vi: su bonita relación con su bebé y su capacidad para sintonizar, conectar y jugar. Todo sin necesidad de pantallas ni juguetes, sino sólo recurriendo a la interacción, a sus cuerpos y a lo que había en la mesa.
Su cara se iluminó y una sonrisa se le escapó al recibir palabras de reconocimiento, dejando claro que esta es una necesidad humana profunda: ser visto, espejeado y reconocido.
Acto seguido su emocionalidad giró hacia la tristeza al comentar que el bebé es su hijo “al que desafortunadamente no puedo ver todos los días, pues estoy divorciado; razón por la cual algunos días está con su mamá y otros conmigo”.
Lo vi partir llevando a su bebé en brazos con seguridad y confianza. Seguridad y confianza que su hijo está haciendo suya, lo cual son “vitaminas” para su corazón, dicho metafóricamente. Base para el apego seguro que conduce hacia la salud física y mental, dicho psicológicamente.
Me dejó pensando en la importancia que tiene el hecho de que cuando el vínculo conyugal se rompe, el vínculo infanto-parental siga vivo. Y es que lo mejor que le puede pasar a un hijo es que cuando sus padres se divorcian, no se divorcien de él.
Desafortunadamente, existen muchos casos en que una vez que la pareja se separa, la mayoría de las veces las hijas o hijos se quedan con la madre y los respectivos padres desaparecen de la vida de sus retoños. Las causas pueden ser diversas, pero las consecuencias suelen tener un signo negativo.
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México, aproximadamente el 67.5% de las madres separadas o divorciadas no recibe pensión alimenticia para sus hijos, lo que significa que 7 de cada 10 padres evaden su responsabilidad económica tras la ruptura y prácticamente se desvinculan o desaparecen.
La desvinculación o desaparición paterna de la vida de las hijas o hijos es lamentable debido a que la crianza es una labor compleja, prolongada y por lo mismo pesada cuando recae en hombros de una sola persona. La crianza debe ser comunitaria porque ni siquiera basta con un padre y una madre, sino que se requiere de toda una tribu. De ahí que cuando el padre deja de asumir su responsabilidad, deja un lugar necesario para la promoción del sano y pleno desarrollo de su hija o hijo.
Es por esto que me dio gusto ser testigo de una escena en la que el padre no desaparece de la vida de su bebé, no es parte de la estadística de desvinculación, sino que ha logrado reconocer que una cosa es la finalización de la relación conyugal y otra el vínculo paterno-filial.
Sentí alegría al ver a este hombre feliz con su bebé en el aquí y el ahora. Los dos creciendo y transformándose. Uno al cuidar y el otro al ser cuidado.