Parentalidad y buenos tratos • El profesorado, fuente de motivación o desmotivación • Gaudencio Rodríguez
En un valioso y reflexivo taller con docentes, les pedí que hicieran dos equipos. La instrucción para el primero fue responder a la pregunta: ¿qué motiva al alumnado? Al segundo equipo le correspondió responder la contraparte: ¿qué desmotiva al alumnado?
Sus respuestas fueron escritas en su respectivo rotafolio. Posteriormente las expusieron en plenaria. Enseguida les pedí que identificaran con quién está relacionada cada una de las variables que anotaron en las respectivas listas: a) con la alumna/alumno; b) con la profesora/profesor; c) con el entorno (la institución, las instalaciones, los recursos didácticos, el número de alumnos/alumnas, etcétera).
Algunos resultados significativos que a las y los participantes les llamó la atención al ver una lista al lado de la otra fueron:
Primero: la lista de aquello que desmotiva al alumnado fue mucho más larga; el equipo que trabajó en ella escribió 20 factores desmotivadores, mientras que el equipo que trabajó en los factores que motivan encontró 8, solamente.
Segundo: el tipo de factores desmotivadores que encontró el primer equipo fueron: el uso de castigos, regaños, humillaciones; la indiferencia, desinterés, discriminación, favoritismo, comparaciones, condicionamiento negativo, intimidación; la falta de empatía; clases poco dinámicas; falta de recursos didácticos; falta de acuerdos iniciales y autoridad; monotonía y falta de proyección vocal por parte del docente; poco profesionalismo; incumplimiento de acuerdos; falta de retroalimentación; rigidez; exigencias poco realistas, etcétera.
Los factores motivadores enlistados por el segundo equipo fueron: entusiasmo durante la clase, reforzamiento positivo, apertura al diálogo, fomentar un ambiente de integración, plantear objetivos alcanzables, implementar pausas activas y recesos, brindar espacios seguros y contar con herramientas de manejo emocional.
Tercero: a pregunta expresa, de los 28 factores motivadores y desmotivadores, consideraron que 23 tienen que ver con el profesorado, 3 o 4 con el alumnado y 6 con el entorno (la suma es mayor a 28 porque consideraron que algunos factores estaban relacionados con más de un protagonista: alumnado/profesorado/entorno).
Cuarto: la anterior información y las preguntas que les lancé les llevó a pensar en el hecho de que resultó más fácil pensar en aquellas cosas que desmotivan al alumnado que aquellas que lo motivan. “¿Por qué será?”, pregunté. “En buena medida se debe a que la manera en que nos educaron en nuestra infancia, adolescencia y juventud estuvo basada en metodologías autoritarias e irrespetuosas, es decir, esas las conocemos muy bien, mientras que las prácticas de educación respetuosas las hemos tenido que ir aprendiendo poco a poco”, respondió asertiva y puntualmente una de las participantes.
A raíz de ese comentario otra participante, maestra de coro, mencionó, basada en su experiencia de alumna universitaria, que es lamentable cómo aun a ese nivel académico existe más de algún profesor que como músico o cantante es muy talentoso, pero a la hora de asumir el rol docente, lo hace con autoritarismo y por momentos hasta con crueldad. “Como si se estuviera vengando —voluntaria o involuntariamente— de lo que a él le hicieron cuando estuvo en el rol de alumno; lo cual no justifica, pero explica la repetición transgeneracional de los métodos autoritarios e irrespetuosos”, complementé.
Quinto: concluyeron que el aprendizaje depende, principalmente, de la persona docente y del entorno aun cuando la niña, niño y adolescente también pone lo suyo. Agregué: “Resulta conveniente no perder de vista que el alumnado cuenta con un sentido epistemofílico que lo encamina de manera permanente a la búsqueda, a la curiosidad, al aprendizaje; nació para explorar y conocer el entorno, por lo que, cuando pierde la disposición, motivación y capacidad para aprender debemos preguntarnos qué le está ocurriendo; probablemente está siendo afectado negativamente por el entorno escolar, familiar, digital o comunitario”.
Y es que, en general, una niña, niño o adolescente que se siente mal no está en condiciones de aprender. Es la seguridad emocional la que posibilita la exploración y el aprendizaje. No es cierto aquello de que la letra con sangre entra, o que para que haya aprendizaje tiene que haber dolor, creencias propias de quienes nos educaron y criaron en nuestra infancia y adolescencia, paradigma en el que crecimos y que hoy que somos docentes, instructores, padres o madres necesitamos cambiar para beneficio de las nuevas generaciones.
Hablamos de un cambio de paradigma que requerirá de esfuerzo y dedicación de nuestra parte para reflexionar e identificar qué de lo que recibimos en nuestro proceso de formación sumó a nuestro sano desarrollo y qué restó, para entonces sacudirnos los efectos de los métodos irrespetuosos o maltratantes, quedarnos con las prácticas basadas en el buen trato y seguir adquiriendo habilidades docentes y parentales que nos permitan estar a la altura del reto que implica acompañar en su proceso de desarrollo a las nuevas generaciones. La reflexión e introspección es la clave.
Debemos cambiar el paradigma de la educación y la crianza porque ésta hoy no sólo es una invitación, sino una obligación jurídica. Actualmente, el marco legal prohíbe las prácticas de educación y crianza irrespetuosas de la dignidad y de los derechos humanos de las niñas, niños y adolescentes, y en su lugar mandata el ejercicio de la crianza positiva. En la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes podemos encontrar su definición, facultades y responsabilidades de los tres niveles de gobierno y de la sociedad en su conjunto.
Enhorabuena por aquellas y aquellos docentes que día a día hacen su máximo esfuerzo por contribuir a la formación de las nuevas generaciones.
Psicólogo / gaudirj@hotmail.com