Parentalidad y buenos tratos • ¿Por qué no hablan? • Gaudencio Rodríguez

“…ellos sí quieren interactuar y dialogar con sus padres, quienes no siempre utilizan la mejor forma de acercarse, o no lo hacen en el mejor momento...”

Parentalidad y buenos tratos • ¿Por qué no hablan? • Gaudencio Rodríguez

Los padres desean que sus hijos les cuenten lo que les pasa en el día a día. Sin embargo, por más que les hacen preguntas no logran establecer un diálogo. ¿Por qué sucede eso? ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Por qué no quiere hablar conmigo?, son el tipo de preguntas que les asaltan ante el silencio o los monosílabos que obtienen por respuesta.

La realidad es que ellos sí quieren interactuar y dialogar con sus padres, quienes no siempre utilizan la mejor forma de acercarse, o no lo hacen en el mejor momento.

Con base en lo que me comparten niñas y niños, pero sobre todo adolescentes a quienes acompaño en su proceso de desarrollo, identifico una serie de razones por las que no quieren establecer un diálogo con sus papás.

La primera se relaciona con el cansancio. En ocasiones vienen de jornadas largas y pesadas de la escuela, y justo en el regreso, cuando vienen en el coche, es cuando aparece el interrogatorio que, por mejor hecho que esté, el cansancio les obturará y ante el “cómo te fue”, “qué fue lo mejor que te pasó”, “cuéntame algo que te gustó” … Las respuestas serán “bien (o mal)”, “X” … Lo que no es personal. Si hay cansancio, no hay energía para el diálogo.

La segunda razón está relacionada con la desmotivación. Las niñas, niños y adolescentes, como cualquier persona adulta pasan por momentos en que no tienen ganas de dialogar. Así de simple.

Todos los diálogos tienen sus momentos. Tan es así que entre adultos solemos hacer una cita para tomarnos un café y charlar. Nos preparamos para el diálogo. Sin embargo, con las hijas o hijos no siempre identificamos si están (o estamos) listos para entablarlo. Valdría la pena constatarlo. De lo contrario, esta será una causa que expliqué su “cerrazón.”

Otra causa se relaciona con que los adultos siempre queremos sacarle una moraleja o una enseñanza a todo diálogo, y esto cansa, sobre todo a los adolescentes. Por eso no quieren ver una película o serie, o jugar un videojuego con sus papás/mamás, “porque ya ven venir las preguntas 'filosóficas' para sacar aprendizajes”, cuando lo único que quieren es ver la serie o película, o jugar al videojuego, con intención de divertirse. Y tienen mucha razón, no toda actividad debe llevar un componente formativo. En ocasiones se trata de compartir y convivir, de jugar, de divertirse, solamente. Lo cual, dicho sea de paso, estrecha los lazos parento-filiales. Y esto proporciona mucha seguridad y confianza a los hijos y al vínculo.

En ocasiones suelen sentirse “fiscalizados” con las preguntas que sus padres/madres les lanzan: ¿Ya hiciste tu tarea? ¿Ya hiciste tus deberes? ¿Cumpliste con lo que tu mamá (o tu papá) te pidió? Preguntas que van en el sentido de escudriñar sobre los resultados de sus comportamientos. ¿Quién quiere tener un dialogo cuyas preguntas van en este sentido?

En otras ocasiones se sienten juzgados respecto a su lógica o perspectivas sobre lo que están compartiendo: hay ocasiones en que sí comparten, sí se abren, sí empiezan a decirnos cómo ven las cosas, y qué piensan acerca de lo que viven. Sin embargo, en ocasiones la respuesta de los adultos a esto es la de cuestionar su manera de ver las cosas, lo que desincentiva su deseo de seguir dialogando.

La séptima razón que suele inhibir el diálogo se relaciona con la percepción de las hijas e hijos cuando lo que están compartiendo es una travesura, o un agravio, o una falta cometida contra alguien, y entonces observan que a sus padres se les desencaja el rostro y muestran miedo por la falta cometida y sus posibles consecuencias. Dado que, por lealtad, buscan no mortificar a sus padres/madres, mejor callan y dejan de compartir

En otras ocasiones, en lugar de asustarse, los papás se enojan ante la mala decisión del hijo que trajo como consecuencia un comportamiento inadecuado. Ahora es éste quien se siente atemorizado.

Lo anterior nos lleva a la razón número nueve para no compartir comportamientos errados: el miedo a recibir un castigo severo, gritos, regaños, etcétera. Todo debido a la imposibilidad parental para regularse emocionalmente.

Por último, las niñas, niños, pero, sobre todo adolescentes, me dicen que en ocasiones prefieren no hablar con sus padres/madres porque no se sienten escuchados cuando no dicen lo que aquellos desean escuchar, o cuando terminan distraídos con cualquier estímulo externo, sobre todo, con sus dispositivos tecnológicos. En ocasiones hasta son los hijos quienes invitan al diálogo, convivencia o juego a sus padres/madres, pero no encuentran respuesta, lo cual es mala noticia para el desarrollo infantil y adolescente.

Antes de buscar las razones sobrepor qué los hijos no dialogan ni se abren con nosotros sus padres, conviene preguntarnos acerca de nuestra actitud, de nuestra conducta, de la manera y momento en que pretendemos iniciar el diálogo, etcétera.

En lugar de forzarlos para que hablen, abrámonos nosotros; compartamos aquello que nos acontece y que puede ser compartido; compartámosles nuestro afecto.

Es más probable (aunque no es seguro) que, como producto de esto, se inicie un diálogo, porque resulta más natural, más espontáneo. Y si éste no se da, por lo menos ya les ratificamos nuestro cariño, lo que lejos de ser poca cosa, es una necesidad constante.