Parentalidad y buenos tratos • ¿Qué hacer con la disciplina bíblica? • Gaudencio Rodríguez

“…desde el nuevo marco jurídico que prohíbe las prácticas de crianza violatorias de los derechos […] necesitamos recurrir a métodos basados en el buen trato"

 

No es poco frecuente que cuando en talleres, cursos o conferencias para padres y madres, expongo el llamado del libro de mi autoría “Cero golpes” —nunca pegarle a la hija o hijo, de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia—, las personas encuentren incómodo dicho llamado. 

Algunas dudan que tal cosa sea posible. Otras consideran una exageración y argumentan que por una vez que se le pegue no se va a traumar, perdiendo de vista que el llamado a no pegar no tiene que ver con si se trauman o no, sino con el hecho de que hoy las prácticas disciplinarias basadas en el castigo corporal y humillante están prohibidas en la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, y en otras normas federales y locales. 

Para otras personas el llamado de “Cero golpes” entra en conflicto con sus creencias religiosas. En una de mis últimas conferencias, una de las preguntas que me hicieron fue: “¿Entonces según tú no debemos de gritar o llamar la atención bajo ninguna circunstancia a pesar de que en la Biblia dice que se dé vara al hijo?”.

Lo primero que me llama la atención en el cuestionamiento es cómo se da el proceso cognitivo de asimilación y acomodación que deja ver que cada uno escucha y entiende como puede. En mi intervención nunca dije que no debe gritársele o llamársele la atención a la hija o hijo en ninguna circunstancia, pues hay ocasiones en que esto es necesario. Por ejemplo, cuando está a punto de pegarle a su hermano, o cuando está a punto de beber de una botella que contiene un contenido peligroso. En estos casos el grito es espontáneo, pues la integridad del prójimo o la propia se pone en riesgo, derivado de su comportamiento. Es necesario llamarle la atención cuando su comportamiento resulta perjudicial para sí mismo, para el prójimo o para el entorno.

Lo importante es saber que desde el nuevo marco jurídico que prohíbe las prácticas de crianza violatorias de los derechos de las niñas, niños y adolescentes, necesitamos recurrir a métodos basados en el buen trato.

Dejado claro esto, aparece la segunda parte de la pregunta, respecto al hecho de “que en la Biblia dice que se dé vara al hijo”. Este es todo un tema que, desafortunadamente aún en pleno siglo XXI conduce a muchos padres, madres y personas educadoras a la práctica del castigo corporal amparados en ciertos versículos del Antiguo Testamento.

Se trata de versículos del tipo Proverbios 9, 10: “El temor de Yavé es el principio de la sabiduría”, y de Proverbios 13, 24: “No usar el chicote es no amar al hijo”, versículos que, de acuerdo con El Informe para la Consulta Regional de América Latina (2005) publicado por la Iniciativa Global para Acabar con todo Castigo Corporal hacia Niños y Niñas, sugieren que niñas y niños pequeños y frágiles merecen tales castigos, y que sufrir temor y dolor es parte necesaria de la experiencia de la niñez.

¿Qué hacer como padre o madre en la disciplina de las hijas o hijos si en la Biblia dice que se dé vara al hijo? El Informe mencionado sugiere que los cristianos que toman en serio los relatos bíblicos del Antiguo Testamento tienen el deber de cuestionar la dañina práctica de golpear a las niñas o niños, tal y como Jesús del Nuevo Testamento cuestionó tantos aspectos culturales y sociales de su época. Una actitud positiva y no violenta de los padres y madres es la que mejor refleja las enseñanzas del nazareno.

En mi libro “Cero golpes” dejo muchas otras líneas que responden al “qué hacer si en la Biblia dice que se dé vara al hijo”. Por mencionar algunas: 1) informarse sobre el daño que provocan a la niña o niño el castigo corporal, y a la humanidad entera; 2) contrastar los versículos bíblicos que fomentan los castigos físicos y tratos humillantes del tipo: “Dale con la vara en las costillas; no sea que se endurezca y te niegue la obediencia; lo que causará dolor a tu alma” (Eclesiástico 30, 12), con los que promueven el buen trato, la consideración, solidaridad y el aprecio: “El Reino de Dios pertenece a los que son como niños” (Marcos 10, 14).

Una alternativa profunda y potente nos la proporciona la psicoanalista y filósofa que dedicó su vida a este tema, Alice Miller. Se trata del recordatorio de la relación que existe entre la educación que recibió Jesús y su carácter: sus padres terrenales, José y María, no le exigieron sumisión ni utilizaron la violencia contra él, sino que le ofrecieron la más elevada consideración, amor y protección, con lo que se convirtió en una persona fuerte, consciente, comprensiva y sabia. “En esta primera y fundamental experiencia radica el conjunto de sus emociones, su pensamiento y su ética”, nos dice Miller: “pudo vivir emociones intensas sin estar entregado a ellas, fue capaz de detectar las falsedades y las mentiras, así como la valentía de demostrarlas”. Fue dios y fue hombre, por lo tanto, su carácter lo determinó la divinidad y la educación recibida.

Es necesario analizar las Escrituras a la luz de los tiempos actuales. Y, sobre todo, no debemos perder de vista que vivimos en una sociedad democrática en que, para que la convivencia y formación humana sean posibles, necesitamos respetar el marco jurídico, el cual es resultado de los acuerdos —aun con todos sus defectos— que una sociedad va tomando.