Parentalidad y buenos tratos • Aprendizaje vicario en la crianza • Gaudencio Rodríguez

"Se dice que las niñas y los niños hacen más en función de lo que ven que de lo que se les dice que hagan."

 

Se dice que las niñas y los niños hacen más en función de lo que ven que de lo que se les dice que hagan. Los dichos populares advierten que “el ejemplo arrastra” y “a las palabras se las lleva el viento”. Lo cual aplicado a la crianza tiene un valor significativo, pues las niñas, niños y adolescente todo el tiempo están viendo a sus padres/madres o a las personas que les crían. Son su referente de comportamiento.

Al aprendizaje adquirido a través de la observación, se le llama aprendizaje vicario. Es así como las niñas, niños y adolescentes aprenden muchas habilidades, actitudes, comportamientos, conocimientos e interiorizan valores y principios que les servirán para tomar decisiones en la vida cotidiana. Lo hacen observando a las personas de su derredor, sobre todo a sus figuras de referencia, a las que son su autoridad porque les acompañan, protegen y guían, es decir, sus padres/madres y personas cuidadoras.

Las niñas, niños y adolescentes aprenden observando a otras personas, imitando sus acciones y conductas y luego internalizando lo que observaron. De ahí la importancia de contar con personas que sean un buen ejemplo, personas que sean buenos modelos a seguir durante una etapa de desarrollo donde esto es requerido. Ya más adelante, en la adultez, el individuo puede ir decidiendo con base a sus propios criterios (nunca libres de influencia de las personas del entorno), pero en la infancia y adolescencia, la dependencia normal y el proceso de desarrollo por el que se atraviesa exige la presencia y disponibilidad quienes están a cargo de la crianza y formación de las niñas, niños y adolescentes.

            En una ocasión, estando en una tienda, le cedí el lugar en la fila para pagar a una señora de edad avanzada que llegó primero que yo, sólo que antes se salió de la fila para acercar los productos que pagaría (productos suficientemente pesados para ella). El hombre que liquidó su cuenta antes que ella en la caja de al lado, decidió esperarla para ayudarle a subir su pesada mercancía. Al terminar de pagar mis productos, me retiré y abrí la puerta del establecimiento para salir. Pero detrás de mí ya venía el hombre con la carga y detrás de él su hijo y la señora, la cual, a pregunta expresa, le señaló el automóvil donde habría de depositarle sus productos, al mismo tiempo que le agradecía su ayuda. Me detuve. Mantuve abierta la puerta. Les di el paso. Salieron. Cerré la puerta y tomé mi camino, desde donde observé a ese hombre con su hijo tomando sus respectivas bicicletas para seguir el suyo, al tiempo que pensé que, en un acto, ese niño de 10 años aproximadamente, que siempre estuvo atento a los movimientos (porque los niños observan todo), fue testigo del respeto, la justicia, la consideración, la iniciativa, la solidaridad, la colaboración, la amabilidad y la gratitud modeladas —aun involuntariamente— por tres adultos: la mujer, el hombre que le ayudó con sus mercancías y yo que observé la necesidad que tenían de mantener la puerta abierta. 

“Ese hombre debe ser un buen padre. Y seguramente ese hijo se está convirtiendo en un buen hombre", pensé al verlos mirarse, reír, platicar no sé de qué cosa ya trepados en su respectivo vehículo.

En realidad, la educación de las hijas e hijos ocurre así, en el día a día, en los acontecimientos espontáneos. No son los discursos acerca de las buenas conciencias o acerca del buen comportamiento lo que más influye en ellas y ellos, sino lo que sus padres/madres, personas cuidadoras y todas las demás de su entorno despliegan en la convivencia e interacción con el prójimo.

Podemos dar grandes discursos de la importancia de la solidaridad, la justicia, la ayuda, el co-cuidado, etcétera, pero si no tienen a oportunidad de ver tales cosas en acción difícilmente internalizarán dichos valores o virtudes. Porque, recordemos, a las palabras se las lleva el viento cuando no están ancladas al ejemplo.

La sabiduría popular también dice que una acción dice más que mil palabras. El niño del presente relato pudo ver más de una acción en las tres personas adultas a las que observaba atentamente. Con eso nos ahorramos largos discursos sobre el buen comportamiento. Con eso evitamos darle “cátedra” acerca de la manera en que debe portarse. 

Que, dicho sea de paso, no debemos perder de vista que si hay algo que les aburre y hasta molesta entre más van creciendo las niñas y niños, pero, sobre todo, las y los adolescentes, es nuestra postura sabihonda, discursiva.

Sí hay que hablar con las hijas e hijos para transmitirles códigos de comportamiento, criterios de valor, directrices para la adecuada toma de decisión, para construir pensamiento crítico, etcétera. Pero esto tiene que ser en pequeñas cápsulas que den palabra y construyan relato de algo que ya pueden ver en sus vidas.

Dicho de otro modo, actuemos más y hablemos menos, para ser modelo de comportamiento y lo que hablemos sea sólo para ponerle palabras a lo que ellos ya ven, a lo que ya existe.