Desde una pluma insistencialista • Carta para Mateo: en Guanajuato el autocuidado no alcanza • Iovana Rocha
“No escribo para celebrar la condena. Escribo porque una familia debió postergar su duelo para transitar un proceso de judicialización que duró diecisiete meses. Escribo porque una sentencia, por histórica que sea, no es justicia cuando el Estado llega tarde…”
El 4 de febrero del 2025, León se rompió con la desaparición de Mateo, un niño de doce años. Días después apareció su cuerpo. Con el inicio de este mes de julio, sentenciaron a su asesino a más de ciento trece años de prisión.
No escribo para celebrar la condena. Escribo porque una familia debió postergar su duelo para transitar un proceso de judicialización que duró diecisiete meses. Escribo porque una sentencia, por histórica que sea, no es justicia cuando el Estado llega tarde.
Debemos cuestionar la violencia que atraviesa Guanajuato, y específicamente a León. Lo que ocurrió con Mateo no es un hecho aislado: es el síntoma de una ausencia de política preventiva en materia de atención a niñas, niños y adolescentes. En las condiciones actuales, lo que le pasó a Mateo puede volver a ocurrir hoy. Y eso es lo que no podemos normalizar ni permitir.
La familia accedió a lo que podríamos llamar justicia terrenal, justicia del fuero común. Pero el camino para sanar, para atender su duelo, apenas empieza. Y es un camino que nunca debieron recorrer. Ninguna madre, ningún padre, debería aprender de derecho penal para poder enterrar a su hijo.
Pongo esto en la mesa porque tenemos que nombrar lo incómodo: ¿Cuántos Mateos más hay en el estado? ¿Cuántas infancias están desprotegidas mientras las instituciones reaccionan sólo cuando el daño es irreversible?
No bajar los brazos significa exigir que la prevención deje de ser discurso. Significa que la vida de un niño no dependa de una sentencia ejemplar, sino de un Estado que cuide antes de castigar.
Esta es mi carta para Mateo. La escribí cuando fue localizado, en febrero de 2025. La público hoy, en 2026, con rabia y con memoria.
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Mi carta para Mateo, una de muchas.
Han transcurrido dos semanas desde supimos que tu cuerpo fue encontrado sin vida en las inmediaciones del territorio que comparten Guanajuato y Jalisco. Desde aquella tarde de viernes 7 de febrero que fue dada a conocer la noticia que no tendría revés, permanecen en mi ánimo las imágenes de tu familia y vecinos buscándote, las palabras de tu mamá en medios de comunicación implorando tu regreso, los silencios de tu papá ante la evidente pérdida de fuerzas para articular palabra, estaban juntos Mateo, la mirada de tu papá acompañaban cada palabra de la petición de tu mamá.
No creo ser la única a quien cimbró el dolor de lo que ocurría a tu familia, pero tampoco creo que seamos una mayoría. Esto último no es una consigna arbitraria, ni tiene que ver contigo, Mateo. Tampoco pretende esta afirmación descalificar otras memorias; tan solo invoca a una sociedad que aprende a olvidar pronto: una tragedia será sustituida por otra y así sucesivamente.
No tiene que ver contigo Mateo. Insisto, en muchos casos se trata depuraciones conscientes, otras involuntarias; en algunos se explica desde agotamiento vital por un contexto que nos y les rebasa. Así estamos aprendiendo a (sobre) vivir en un entorno donde la nota roja es el medio de comunicación, se informa lo que ocurre, y en Guanajuato ¡asesinatos, desapariciones, es lo que ocurre, uno tras otro! A esa tarde de viernes 7 de febrero sucedieron nuevos hallazgos, otras tragedias, otros eventos delictivos, nuevos avisos de vidas arrebatadas… Otras familias en duelo.
Con esa consciencia de una realidad colectiva que nos envuelve es que considero fundamental traer nuevamente, y una vez y otra vez, al debate de la vida cotidiana, a las conversaciones en parejas, en familias, entre amistades; a las charlas en banqueta, callejones y avenidas; al debate legislativo, a la discusión en ayuntamientos, a la visibilidad de los medios de comunicación y en todo espacio público: ¡nos faltas Mateo! ¡falta Mateo! Tan solo tenías 12 años y no tenemos el derecho a olvidar tu vida y tampoco tu ausencia; hacerlo me parece que nos remite a convivir con la violencia, el dolor, la resignación y la repetición.
Mateo, hoy sabemos que salías de la escuela y que caminabas rumbo a tu casa en un camino de trayectoria habitual. También sabemos que a tu paso saludabas a comerciantes y vecinos que ya esperaban tu paso diario a horas conocidas. Ellos y ellas seguramente imaginan, extrañan y recrean la posibilidad de un saludo que ya no ocurre. Hoy ven pasar otros rostros y cuerpos, y seguramente habrá quien les envíe desde la fuerza de sus pensamientos alguna bendición que les permita regresar con bien a sus hogares. Hoy saben que esos niños y jóvenes que forman parte de su cotidianidad y espacios en segundos pueden ser arrebatados.
El paso de los días y algunos testimonios nos permiten saber, querido Mateo, que eras integrante de una familia de trabajo. Una madre educadora de trayectoria reconocida entre alumnado y un padre también proveedor, quienes criaban junto contigo a dos hijos más, todo indica que eras “el sándwich de la familia, el hermanito de en medio”. Contigo, también tus pequeños hermanos ya pueden dar testimonio de lo que es vivir en el municipio de León, entre la violencia y la desolada impunidad.
Mateo, estoy convencida de que tus hermanos también deberán ser abrazados en un duelo que no ha debido ser. Abrazados por una sociedad que deberemos acompañarlos con la memoria viva de la exigencia, la reparación deberá incluirles para su atención…. ¿Cómo se crece y ejerce ciudadanía sabiendo que desaparecieron y asesinaron a tu hermano?
Este abrazo de consciencia y empatía deberemos hacerlo extensivo, también, a tus amigos y amigas, a tu generación de la Secundaria número 39 que hoy salen y regresan con miedo a casa. A los padres y madres de tus amistades que se ven imposibilitados a abandonar sus empleos o a cambiar las condiciones y horarios para acompañar a sus hijos e hijas a la salida de las escuelas. En sustitución, lo hacen con esa creciente y agobiante distancia que permiten las llamadas y mensajes constantes a un celular, si es que se está en posibilidad de contar con alguno. En otros casos, pidiendo el apoyo a esa red solidaria de familiares y vecinos que acompañan sus traslados a hijos ajenos como si fueran propios.
Mateo, sabemos con el paso de los días que tú no tenías ninguna relación, ni personal, ni laboral con tu agresor, era un extraño, un desconocido. Lo supimos pese a las versiones que insistían en otros supuestos. Al momento de escribirte estas líneas el juicio contra tu agresor está en curso, en días recientes ha sido vinculado a proceso por los delitos de desaparición cometida por particulares, homicidio calificado y violación.
El camino “de acceso a la justicia” apenas comienza, el juez fijó un plazo de cuatro meses para aportar pruebas. Es temprano para adelantar sentencias. La representación legal que acompaña a tu familia en juicio se muestra agradecidos con el trabajo del municipio y Fiscalía, lo han hecho saber en varias intervenciones a medios, también creo que esa gratitud es temprana y resta objetividad a lo que deberá de analizarse para explicar lo que ocurrió contigo. Justicia, sería que estuvieras vivo, no hay nada que agradecerles.
Finalmente, Mateo, debes de saber que el miedo se quedó entre nosotros, ese miedo que genera preguntas, ansiedad y angustia…pero también rebeldía. Por espacio de algunos días, se recuperó el debate, neciamente silenciado por autoridades, respecto a que las infancias son más vulnerables en un territorio que de mil maneras ha dado muestras de descomposición social.
Necesitamos seguir nombrando, politizando y cuestionando, ¿Qué ocurrió contigo? ¿Por qué ocurrió? ¿Qué ha dejado de hacer la y las autoridades para que las infancias sean vulneradas? No se trata de hechos aislados, basta con asomarnos para conocer lo que ocurre, ahora mismo hay elementos suficientes para elaborar lecturas que nos remiten en su conjunto a cuestionar a un sistema de gobierno fallido.
Mateo, termino de esbozarte mis recuerdos y con ello te hago saber a ti, a otros y otras, mi memoria en presente. En instantes aparece “el tarareo” de una canción que a mi hija le enseñaron en sus lecciones en preescolar sobre “las personas extrañas” a las que no deben de acercarse…” …cuando estés en peligro, pide ayuda, cuando lo necesites…recuerda que debes protegerte, por favor…”. Mi hija la canta con regularidad, me ha hecho saber que ella distingue a los extraños “porque tienen la cara roja”.
Finalmente, te abrazo Mateo, quiero decirte que no fue tu culpa, tampoco son culpables tus padres, el autocuidado no es suficiente, no alcanza en un estado de impunidad y violencia como el que ahora mismo nos rodea.
Recordarte, mantener tu memoria viva. El silencio no nos será útil; nunca lo ha sido.