La red de salud mental para mujeres jóvenes en la capital está rota • Iovana Rocha

“…una adolescente en desolación. ¿A dónde va? ¿Qué puerta toca? ¿En el centro de salud le dan cita para dentro de tres meses? ¿En la escuela la canalizan a un formato? ¿En el callejón a quién le grita? ¿A quién le pide ayuda y cómo, en una ciudad donde casi nadie habla de salud mental?  Si no tenemos esa respuesta clara, visible, a cinco minutos a pie, entonces no tenemos nada…”

Hace poco más de una semana ocurrió. Esta columna no va a revisar esa decisión. No la va a cuestionar. Esta columna es sobre lo que nos deja a los que nos quedamos mirando.

Pero no solamente nos quedamos mirando. Tengo la seguridad de que a muchos y a muchas nos generó conmoción, dolor, angustia. Y también habrá quien repasó la imagen sin entender la complejidad de lo que ahí estaba involucrado.

En su último mensaje, Orlando Maciel, policía de León, de 27 años, nos dejó una petición clara: cuiden su salud mental. Al hacerlo en un espacio público, ese mensaje tuvo una amplificación que no podemos ignorar. No por morbo, sino porque nos obligó a mirarnos como ciudad, como comunidad.

Y al vernos, es inevitable pensar en lo que no vemos

Pienso en otros hechos recientes ocurridos aquí mismo, en la capital, en los últimos seis meses. Dos niñas, dos menores de edad, que murieron por suicidio. Hechos que no se hicieron virales, que ni siquiera fueron noticia local. Pero lo más importante es esto: hoy ellas ya no están con nosotras.

Sus familias están en procesos profundos de dolor, de cuestionamientos. Y donde las redes de apoyo son insuficientes. Hablo particularmente de las del Estado. En ambos casos buscaron alternativas de apoyo particulares porque los procesos en la Fiscalía son largos, mucha la demanda y poco el personal especializado.

Porque también en la capital ocurren estas decisiones. No con la exposición de lo público, sino al interior de los hogares, de esas habitaciones que, en otro ejercicio de grito, de petición de ayuda, de dolor, las adolescentes se van, deciden irse.

Nuestra vida está atravesada por la violencia. Aquí, en Guanajuato capital, en el estado, lo cotidiano es el dolor y la injusticia. Una tragedia va superando a la otra: un feminicidio hoy, una desaparición mañana, un atraco que ya ni contamos. Vivimos saturados. Y en esa saturación, la memoria hace lo que puede para protegerse: evade. Y con esa evasión, se rompe cualquier lógica de autocuidado colectivo.

Quiero detenerme ahí, en las mujeres jóvenes, porque ahí se cruza todo

Es la frustración cotidiana de buscar un empleo y no encontrar alternativas en un gobierno estatal que solo piensa en la manufactura. Es vivir maternidades tempranas, maternidades infantiles, que en Guanajuato nos hemos acostumbrado a nombrar como si fueran normales. ¿Quién se hace cargo de la salud mental de las madres jóvenes? ¿De las niñas criando niñas?

Es también la violencia escolar, cuando los procesos para atenderla son tan largos, burocráticos y con tan pocos resultados. Lo digo desde primera mano: conozco testimonios de niños y niñas que viven violencia en la escuela y sus padres y sus maestros transitan por caminos largos, complejos, donde antes llega la depresión que una alternativa desde las autoridades.

Es la ansiedad de vivir en estado de alerta permanente. Inseguros los callejones, inseguras las carreteras, inseguros los trayectos. Todo traslado es con miedo. Pero no hay otra manera de sostener la vida, tenemos que salir para vivir.

¿Quién se está haciendo cargo de la salud mental desde todas estas implicaciones? ¿Qué autoridad ha establecido medidas para identificar, desde una perspectiva de género, cuáles son las necesidades específicas de las mujeres jóvenes que viven con miedo, con una maternidad impuesta, con violencia en la escuela y sin oportunidades?

La mejor prueba de esa poca conciencia y compromiso está en los presupuestos: lo que se destina a salud mental es mínimo frente a lo que sí se gasta en promoción e imagen de la clase gobernante.

Si lo que pasó nos conmovió, que no se quede en la circulación de unas imágenes que ya no deberían circular.

Recorramos visualmente la ciudad. Guanajuato capital, ahora mismo: una adolescente en desolación. ¿A dónde va? ¿Qué puerta toca? ¿En el centro de salud le dan cita para dentro de tres meses? ¿En la escuela la canalizan a un formato? ¿En el callejón a quién le grita? ¿A quién le pide ayuda y cómo, en una ciudad donde casi nadie habla de salud mental?  Si no tenemos esa respuesta clara, visible, a cinco minutos a pie, entonces no tenemos nada.

Esa es la pregunta que nos dejó Orlando: ¿cómo nos estamos cuidando? Y esa es la tarea pendiente: fortalecer una red para que una niña sepa a dónde ir cuando siente que ya no puede más. Porque cuidar la salud mental no es una frase de cierre para un video. Es infraestructura de cuidado. Es una red. Y esa red, hoy, para las mujeres jóvenes, está rota.