Opinión • La fresa vs. Mozart  • Jaime Panqueva

"Quizás cada vez nos hundimos más en la tiranía de lo kitsch, de lo directo, de lo comercial."

Cuando paso de noche frente al estadio en la Sergio León Chávez debo enfrentarme con cada vez más pesar a la nueva fresa “monumental”, iluminada con luces de colores, que desde hace unos meses reemplazó el discreto y encantador busto de Wolfgang Amadeus Mozart. Entonces, viene a mi mente esa palabra alemana, que no alcanzó a conocer el músico de Salzburgo: kitsch.

Sí, vivo en Irapuato, ciudad ligada por su historia agrícola y ferroviaria a la fresa, pero no por ello había necesidad de ser tan obvios, tan explícitos, tan ramplones. Sí, es importante embellecer la ciudad, pero el busto de Mozart lo hacía con una delicadeza y dignidad difíciles de equiparar frente a uno de los espacios verdes más envidiables de la urbe, un bulevar que además se llama Paseo de las fresas.

Kitsch es sinónimo de lo cursi, teatral y artificial. Algo que apela a la sensiblería, una puñalada al corazón del símbolo y la metáfora. Responde a la cultura de consumo masivo y por ello responde a fórmulas, es groseramente directo y fácil de digerir. Como una frutilla sobrealimentada que corona un paseo homónimo, enfrente del estadio de la trinca fresera.

Debo acotar que las burlas y críticas en las redes no se hicieron esperar. Se cuestionó el costo del dislate y su utilidad. El discurso oficial se apuntaló en la necesidad de reforzar nuestra identidad con ese fruto descomunal bañado con luz led, que me recuerda al aguacate mundial en la entrada a Tancítaro, Michoacán.

En una ciudad moderna, diversa e interconectada como Irapuato, ¿debemos mirar azorados un producto agrícola para sentir el terruño[1]? ¿Por qué no reconocer a quienes lo cultivan y cosechan, como lo proponía en otro proyecto escultórico Laura Badillo?

La fresa, grandota que no grandiosa, contrasta con el monumento a la Escuela Médico Militar, que se yergue a pocas cuadras de allí, y que por azares del destino, pertenece al mismo escultor, Héctor Peralta. Este último, un digno ejemplo de la metáfora aplicada en el arte: las manos que curan y cuidan, alrededor de las cuales se enrosca una serpiente, símbolo de Asclepio, el dios de la medicina en la mitología griega. ¿Qué ha pasado durante los siete años que median entre una y otra escultura?

Quizás cada vez nos hundimos más en la tiranía de lo kitsch, de lo directo, de lo comercial. Los ejemplos están por doquier y se multiplican en las más diversas disciplinas artísticas. Aquí daré un pequeño salto mortal para contraponer dos ceremonias religiosas: la inauguración del Mundial, en la pasada semana, y la consagración de la torre de Jesucristo en la basílica de la Sagrada Familia, celebrada apenas un día antes. Es seguro que algunos saltaron cuando equiparé el futbol a la religión católica, pero lo hago con la mejor de las intenciones sobre la abundante bibliografía aportada por Villoro, Caparrós, Valdano, Galeano, Carlin y muchos otros. Además, consideremos que en el mundo debe haber más devotos al fútbol que católicos; y que a la FIFA se le obedece más que al Vaticano (si no me creen, pregúntenle a Claudia Sheinbaum…)

No me extenderé en la calidad de los espectáculos musicales, pues sus objetivos en ambos casos son muy disímiles. Sin embargo, quien compare ambas ceremonias coincidirá en que no se requieren presupuestos multimillonarios para hacer celebraciones memorables y de buen gusto, con símbolos y metáforas capaces de evadir la mercantilización cada vez más extrema y vulgar que padece desde hace algunas décadas el balompié.

Algo similar sucede con nuestro mobiliario urbano, con seres metálicos gigantes de dudosa calidad estética y simbólica, que nos escrutan desde el cuarto cinturón vial; o fresas multicolores que compiten con el letrero de la Cristalita. Deseo comercial para vender turismo, que se escuda en el discurso falaz de una identidad raquítica. Ésta emergería por sí sola si hiciéramos de nuestra ciudad una de las más seguras, cultas o limpias de México. Está muy bien embellecer la ciudad, y en ese terreno Lorena Alfaro puede presumir varios logros durante sus mandatos. Pero embellecer no debería significar llenar el espacio público de objetos enormes, luminosos y complacientes. Una ciudad no honra mejor su identidad cuando la vuelve más obvia, sino cuando encuentra símbolos capaces de conectar de manera profunda con su historia, con su gente y con la dignidad de quienes la han construido. Irapuato merece algo más que rendirse, sin resistencia, ante lo kitsch.

 

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

 

[1] Lo que fue, fue. Irapuato es el quinto municipio en México en el cultivo de fresa. Michoacán produce cuatro veces más fresas que Guanajuato. https://congreso-gto.s3.amazonaws.com/uploads/orden_archivo/archivo/42668/PPA_GPPMORENA_mercado_de_la_fresa_43950__30_ABRIL_2026_.pdf