Opinión • ⚽️De vuelta a la realidad • Jaime Panqueva

“No podemos pedirle al futbol que salve al mundo, ni a la FIFA que vuelva a coronar con olivo a sus vencedores. Pero sí podemos exigirle, y exigirnos, no perder del todo aquello que hicimos sagrado antes de que fuera rentable, la posibilidad de reunirnos sin destruirnos, de competir sin corromperlo todo, de celebrar sin lastimar al otro…”

 

El mundo griego, a lo largo de más de un milenio, midió el tiempo para fines históricos y literarios a través del calendario olímpico. Éste iniciaba en el 776 a.C., fecha de los primeros juegos, y finalizó con la prohibición de los festivales paganos por parte de Teodosio I hacia el año 393 d.C. Mientras estuvo en funcionamiento, era relativamente fácil conocer una fecha pasada al contar las olimpiadas, periodo de tiempo de cuatro años que transcurría entre cada juego olímpico. Si hablábamos del cuarto año de la olimpiada 87, por ejemplo, nos referíamos a los meses que iban entre los veranos de los años 429 y 428 a.C. Hay que considerar que por entonces no existía un sistema universal de medición de los años, así que los historiadores modernos les están muy agradecidos porque esta práctica ha permitido construir cronologías bastante precisas. 
Como los juegos poseían un carácter religioso (un poco más que el futbol actual), fueron prohibidos por los cristianos del imperio romano. Asistir a las competencias otorgaba un halo de peregrinación, a tal grado que existía un acuerdo entre las todas las polis para permitir, aun en caso de guerra entre ellas, el libre tránsito de atletas, delegaciones oficiales y espectadores. Lo llamaban la ekecheiria, o “tregua sagrada”. 
Desde entonces, al mismo grado que ahora, existía una condena total a sobornos, amaños en los resultados o violaciones al juramento olímpico. En caso de ser descubiertos, se castigaban con multas. Con el dinero recaudado se financiaban las zanes, estatuas de Zeus ubicadas cerca del estadio para avergonzar públicamente a quienes habían hecho trampa. 
Los olímpicos, como el juego de pelota mexica, entendían la competencia como algo mucho más allá que entretenimiento físico o deporte. En ambos casos, el evento era también rito, espectáculo público, afirmación política y representación simbólica del orden del mundo. Quizá para algunos en la actualidad algunas de estas cualidades se entremezclan también con nuestra concepción del futbol, pero sin duda, y lo hemos vivido con particular vehemencia en este Mundial, el negocio global supera por mucho todas las demás connotaciones, hasta el punto de sacrificar cualquier intento de tregua sagrada o de libre circulación de los peregrinos, en favor de las utilidades.   
La FIFA habla de sus planes para el próximo evento, más costoso, más espectacular, con más equipos y derechos televisivos aún más onerosos. En Uruguay 1930, el único premio fue una copa que costaba unos 7.000 dólares, si atendemos a que se trataba de plata bañada en oro con una base de lapislázuli. No hubo pago alguno a los jugadores y el país anfitrión cubrió los gastos de viaje de las delegaciones. En este mundial las federaciones participantes recibieron 871 millones de dólares, (51 para la ganadora, 34 para la subcampeona). Y esto es una bicoca si lo comparamos con los más de 50 mil millones que se estima corrieron en apuestas legales durante el evento, 70% más que en el mundial de Catar. Las apuestas ilegales y no reguladas se calcula que equivalen a diez veces más ese monto.   
Con la investidura de España como justo campeón, en un deporte que sabemos puede distar mucho de la justicia, se abre una nueva olimpiada: cuatro años de “vida normal” durante los cuales seguiremos construyendo memorias sobre las jugadas, los equipos, los mejores partidos, lo que pudo ser y no fue. 
Muchos regresarán a la realidad del estancamiento económico, de los signos de erosión en nuestra buena vecindad con los Estados Unidos, a la violencia y las extorsiones. Pero quizá por eso mismo vale la pena recordar que, antes de convertirse en negocio, la competencia también fue una forma de imaginar cierto orden. Los griegos no suspendían sus guerras para negar sus conflictos, sino para admitir que incluso entre enemigos debía existir un territorio común, una ruta protegida, una regla compartida, una vergüenza pública para quien hiciera trampa.
No podemos pedirle al futbol que salve al mundo, ni a la FIFA que vuelva a coronar con olivo a sus vencedores. Pero sí podemos exigirle, y exigirnos, no perder del todo aquello que hicimos sagrado antes de que fuera rentable, la posibilidad de reunirnos sin destruirnos, de competir sin corromperlo todo, de celebrar sin lastimar al otro. Una nueva olimpiada comienza, ojalá no sirva solo para contar los años que faltan para la siguiente cita, sino para preguntarnos qué clase de tregua somos capaces de construir mientras el balón aguarda el pitazo inicial.

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