Opinión • Celebremos • Jaime Panqueva
“México —como Colombia aquella noche de 1993— tendría que poder salir a la calle por motivos más hondos: porque la justicia alcanza a todos por igual, porque los jóvenes pueden transitar las calles sin miedo, porque los hospitales funcionan y disponen de medicinas o porque los ríos dejaron de ser cloacas…”
5 de septiembre de 1993, tras un partidazo en Buenos Aires, la selección de Colombia derrotó 5-0 a la argentina para clasificarse de manera directa al mundial de los Estados Unidos. La sucesión de goles elevó lentamente los ánimos de los telespectadores hasta desbordarlos completamente en esa tarde apoteósica, donde Maradona aplaudió la demostración de futbol desde las gradas de la Bombonera.
Recuerdo que se escuchaban gritos y música por doquier. Salimos al frente de la casa de mis padres a saludar a los carros que no paraban de sonar el claxon. En esa época no acostumbrábamos usar la camiseta del uniforme nacional, como nos enseñaría luego la mercadotecnia, pero vecinos y paseantes portaban banderas con orgullo. Tras un par de minutos afuera, entré a la casa para buscar un vino espumoso y brindar. En ese pequeño intervalo de tiempo los pasajeros de un automóvil que pasaba intentaron robarle una bandera a uno de mis vecinos. La víctima no quiso soltar prenda, y con el vehículo en movimiento fue arrastrado algunos metros sobre la vía. Cuando salí eufórico con la botella en la mano, todos se habían encerrado en sus casas. La inercia demente de nuestra cleptomanía y violencia nacional arruinó muy temprano la celebración en nuestra calle.
Los registros mencionan que esa noche en Bogotá y zonas aledañas hubo al menos 82 muertos y 725 heridos, la mayoría consecuencia de riñas o accidentes de tráfico.
Después y a lo largo de meses, los medios inflaron a la selección de una manera nunca antes vista: Pelé declaró que veía a Colombia campeona del mundo; García Márquez, se decía, había apostado un Mercedes Benz último modelo por ello. En aquel entonces no existían las apuestas en línea y para nosotros un momio era sencillamente el esposo de la momia.
Sintiéndonos campeones, formalizamos nuestra eliminación en la fase de grupos con sendas derrotas en los dos primeros juegos del Mundial, contra Rumania y Estados Unidos. Esta última gracias al famoso autogol de Andrés Escobar. Sumidos en la desilusión, vimos con estupor cómo este proceso excepcional se sellaría con el asesinato del gran defensa central pocos días más tarde.
Desde entonces, gracias a esas penosas lecciones, no he vuelto a ver un desborde similar en las celebraciones. Las muertes por asfixia y lesionados en los triunfos de la selección mexicana evocan quizás lo mal que podrían ponerse las cosas, pero no las encuentro desproporcionadas si consideramos las concentraciones masivas de estas semanas. La fuerza emocional de las masas refuerza identidades y crea un sentido de unión, pero también puede aplastar a quienes participan, y ni pensar en su capacidad destructiva si se desboca. Esa misma masa refleja nuestras pasiones y miedos atávicos. También eso que llamamos picardía y nos lleva a aceptar como válido gritarle puto al rival o aventar agüita de riñón en las gradas. Algo que todos callan por miedo a la marabunta vociferante.
Quizás por eso me incomoda que necesitemos tanto a la selección nacional para sentirnos parte de algo. No está mal celebrar un gol, una victoria improbable o una noche mágica contra un rival histórico. Sería mezquino negarle a la gente ese desahogo. Pero México —como Colombia aquella noche de 1993— tendría que poder salir a la calle por motivos más hondos: porque la justicia alcanza a todos por igual, porque los jóvenes pueden transitar las calles sin miedo, porque los hospitales funcionan y disponen de medicinas o porque los ríos dejaron de ser cloacas.
Un triunfo contra Inglaterra puede encender una plaza durante unas horas, mientras un país menos violento, más justo y digno nos encendería durante generaciones. ¿Por qué el futbol parece ser una de las pocas cosas que todavía nos permite imaginar una alegría común? Ahí está el verdadero partido: no sólo aprender a festejar sin destruirnos, sino construir algo que merezca celebrarse aun cuando el marcador permanezca en cero.
Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com