domingo. 21.04.2024
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Jaime Panqueva
15:14
30/03/24

Opinión • Incendios • Jaime Panqueva

“Debemos ser conscientes de que la naturaleza no acepta chantajes ni pañitos de agua tibia…”
Jaime Panqueva
Jaime Panqueva
Opinión • Incendios • Jaime Panqueva

No sé qué deberá sentirse al regresar de una emocionante gira de negocios en el Lejano Oriente y encontrar al estado que gobiernas entre el estrés hídrico por la escasez de agua y los incendios que amenazan aún más el abasto a futuro. De la gira llegas satisfecho al ofrecer números millonarios en inversión y miles de empleos. Sin embargo, el precio que pagan los guanajuatenses por el deterioro del medio ambiente y la inequidad en la explotación de los recursos, amenaza el oasis de prosperidad y grandeza que pregona la propaganda oficial.

Se estima que en la Sierra de Santa Rosa se han afectado más de 2.000 hectáreas de bosques. Ésta, según la asociación civil Cuerpos de Conservación Guanajuato, “es una de las zonas más húmedas del estado, y estratégica para asegurar la captación de agua en los acuíferos de la Cuenca Hidrológica Lerma-Chapala, la más importante del centro-oeste del país. Esta sierra mantiene una función importante como reguladora del ciclo del agua y la temperatura de la región”.

Con el bosque ardiendo se declara la emergencia, fluyen recursos extraordinarios y queda en evidencia la escasa preparación que existe para enfrentar retos de esta magnitud. Quizá sirva de consuelo para algunos, que esta semana más de 113 incendios se mantenían activos en 20 estados de México. Es decir, que la hecatombe es nacional y no sólo consecuencia de omisiones por parte de una larga lista de gobiernos de todos los niveles, proclives a priorizar el desarrollo económico frente al cuidado del ambiente y la salud de sus gobernados.

Para Guanajuato, la emergencia ecológica será permanente ante el aumento de las temperaturas globales y la inexistencia de una política clara para afrontar el cambio climático, reforestar el estado o disminuir el ritmo de explotación de las aguas subterráneas. A esto debemos sumar el problema de los desperdicios urbanos e industriales que contaminan las fuentes de agua, y el prácticamente nulo interés por preservar libres de basura los ríos que cruzan el estado. Nos hemos acostumbrado a la pestilencia de las fuentes de agua y lo vemos como algo normal e inevitable: los miles de personas que circulan a diario entre León y San Francisco del Rincón o Purísima, respiran con resignación los miasmas del arroyo El granizo, y no ven cómo o cuándo pueda descontaminarse.

Mientras en época electoral las candidatas ofrecen agua y paz como puntales de políticas públicas fallidas y evidentes, los electores exigimos acciones serias y concretas, desde la educación pública hasta cargas impositivas para industria y agro, que permitan financiar la restauración del ambiente que degradan. Debemos ser conscientes de que la naturaleza no acepta chantajes ni pañitos de agua tibia, tampoco cambiará el rumbo que lleva si le ofrecemos dádivas electorales, tarjetas rosas o créditos fiscales. Nada de esto es políticamente atractivo, como tampoco lo será el paisaje que heredaremos a nuestros hijos en las próximas décadas.

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