La delgada línea

La delgada línea

Había una vez un pequeño niño que era la adoración de sus padres y maestros: obediente y dedicado, sacaba las más altas calificaciones y siempre estaba nominado para premios, medallas y lugares de honor. Y no sólo eso, también tocaba el violín y se presentaba en recitales y competencias musicales, para lo cual aplicaba largas horas de ensayo. Pero este niñito tenía un secreto: vivía aterrado. Aterrado de fallar, no había una temporada de exámenes donde no terminara enfermo del estómago o con fuertes dolores de cabeza y cuando los resultados no eran los esperados, su mundo se caía a pedazos: no tenía tolerancia a la frustración. En cuanto una nota más baja aparecía, sus padres se encargaban de solicitar cuanta revisión fuera necesaria para demostrar que su hijo no podía haber fallado.

Por el mismo tiempo, había otra niña, la cual vivía bajo la sombra de la gran pared de su sala, donde colgaban medallas y lucían trofeos deportivos de sus tres hermanos y donde ella se esmeraba en llenar su propio espacio con lo obtenido en sus torneos de natación, para lo cual se esforzaba varias horas diariamente. Las comparaciones internas la mantenían a la expectativa tanto o más que las externas. Finalmente, otro pequeño descubrió que tenía habilidad especial para el baloncesto, sus padres lo inscribieron en el equipo escolar y colocaron una canasta en el patio, donde el chiquillo pasaba largas horas perfeccionando sus movimientos. Contaba con el apoyo familiar y a pesar de su gran esfuerzo, enfrentó la derrota más de una vez, pero nunca la suficiente para darse por vencido.

Desde el inicio, la humanidad ha buscado el mejorar y perfeccionar sus habilidades. Los mejores cazadores eran altamente considerados en sus clanes y al paso de las civilizaciones, los hombres lucharon por resaltar en alguna actividad, lo cual les daría una posición más privilegiada dentro de su grupo social. Las habilidades físicas, intelectuales, artísticas no han sido meramente actividades satisfactorias, medios de expresión o herramientas de trabajo. En la interacción de las personas, las comparaciones y competencias exigen un esfuerzo cada vez mayor para resaltar y conforme los horizontes se expanden y la globalidad nos alcanza, la competencia aumenta y con ello el estrés y la frustración por no ser “el mejor”.

Sociedades enteras se rigen bajo la perspectiva de competencia y lucha. Desde pequeños a los niños se les programa para sobresalir en una o varias actividades, llevando incluso la carga de imagen social de la familia entera en casos por ejemplo, de las culturas orientales cuyo honor está determinado por el éxito o fracaso de los hijos. La ley de oferta y demanda en ámbitos laborales se proyecta en la competencia académica y los medios de comunicación explotan esa necesidad de reconocimiento a través de concursos, reality shows, competencias deportivas y demás, de cualquier edad y en cualquier actividad. Vemos en la pantalla desde concursos infantiles de belleza hasta competencias de cocina, desde audiciones de ballet hasta olimpiadas. El deseo de ganar es universal y es grandemente explotado por quienes establecen las reglas de la competencia.

Pero ahí no termina todo, como mencionaba anteriormente, la globalidad ha expandido nuestras expectativas y por tanto nuestras metas e ideales de perfección. Ya no basta ser el mejor de la clase, del equipo, del barrio o del colegio, de la ciudad, el estado o la región, se buscan niveles nacionales e internacionales cuyos estándares varían en exigencia y requisitos. Y nunca es suficiente. Siempre habrá alguien, en algún lugar, que sepa más, o haga mejor, o tenga más. Y en muchas ocasiones no termina en un solo individuo, pues suele suceder que los padres proyecten en los hijos esa frustración, impulsándolos a alcanzar las metas que ellos no lograron en su momento.

Existe una delgada línea que divide la motivación de la presión y en la actualidad se hace aún más borrosa ante los ojos de padres y maestros que intentan explotar al máximo las habilidades de los chicos. Porque ¿quién no quisiera ver triunfar y ser felices a sus hijos?, y quizás ahí radica la trampa: ¿Triunfadores o Felices? La balanza es muy endeble, obviamente, pues la falta de ambición detiene el desarrollo del potencial del ser humano, pero la insaciabilidad lo mantiene en un estado de frustración permanente.  

Los niños crecieron. El pequeño perfeccionista obtuvo buenos empleos, quizás no tan buenos como sentía merecer: no ejercía liderazgo pero era un excelente colaborador (sabía obedecer), lo que lo colocaba en “segundos puestos” y eso lo frustraba. Ya no había mamá y papá que exigieran se le reconocieran sus méritos por lo que cambiaba constantemente de trabajo. Ningún empleo era lo suficiente bueno para él. La pequeña atleta no obtuvo su pase a las olimpiadas y su edad de competencias terminó. Se dedicó entonces a compararse contantemente a nivel personal, laboral y social y logró una muy buena posición… aunque siempre quedaba la inquietud de encontrar a alguien mejor. El chico basquetbolista no llegó a ser profesional y tuvo que plantearse nuevas metas. Tuvo altas y bajas y siempre supo recuperarse. Conservó el amor al deporte y lo practicaba sólo por el gusto de hacerlo. No era perfecto, pero siempre buscó superarse a sí mismo.

Los padres buscamos lo mejor para nuestros hijos: nos esforzamos por encontrar la escuela adecuada, la actividad que desarrolle sus habilidades y el ambiente que propicie su crecimiento como ser humano, a nuestro modo y con la mejor intención. Ojalá veamos y reconozcamos con claridad esa delgada línea, para encaminarlos hacia el éxito y la felicidad los más equilibrado posible.