Escenarios • Bolita: cuando el teatro para infancias se atreve a mirar al país • Paola Arenas

Bolita - Foto, Charles Rodíguez
“Para el público infantil la obra funciona como una historia de aventura y fantasía: un viaje lleno de imaginación, encuentros y descubrimientos. Para los adultos aparece una segunda lectura, más profunda y dolorosa…”

Dentro del programa de Teatro Escolar León, se presentó Bolita, bitácora de un viaje, con texto y dirección de Alfredo Ávila, quien también forma parte del elenco, bajo el sello de Líquido Coletivo, en temporada para funciones escolares.

La historia sigue a Belén, una niña a quien su mamá y su abuela llaman cariñosamente Bolita. Un día, su madre no regresa a casa y la abuela le dice que se ha ido a la luna. Bolita decide entonces emprender un viaje para encontrarla. En su travesía se encontrará con distintos personajes fantásticos: hadas algo parchanchinas, un fantasma entrañable y otros seres que acompañarán su recorrido.

Para el público infantil la obra funciona como una historia de aventura y fantasía: un viaje lleno de imaginación, encuentros y descubrimientos. Para los adultos aparece una segunda lectura, más profunda y dolorosa. Entre metáforas y símbolos, la obra deja entrever una realidad que atraviesa al país: la de las desapariciones y las familias que quedan en una búsqueda interminable.

Porque en esta historia no solo falta la madre de Bolita. También quedan una niña y una abuela enfrentando la incertidumbre, la espera y la esperanza de encontrar respuestas. 

La obra logra así algo difícil: hablar de un tema profundamente doloroso sin arrebatarle a la infancia su capacidad de imaginar y de jugar.

El montaje se apoya en recursos visuales efectivos —efectos de láser, humo y cambios de iluminación— que llenan el escenario de atmósferas sugerentes. Las actuaciones, con un tono fársico y lúdico, sostienen el ritmo de la obra y permiten acompañar el viaje emocional de Bolita a lo largo de la hora que dura la función.

Pero quizá el mayor acierto de Bolita sea recordarnos algo que a veces olvidamos: el teatro para infancias no tiene que ser ingenuo para ser sensible. Puede hablar de lo que duele, de lo que falta, de lo que no entendemos como sociedad, y hacerlo desde la metáfora, desde la poesía y desde la imaginación.

En un país atravesado por ausencias, donde miles de familias siguen buscando respuestas, propuestas como ésta abren una conversación necesaria. No para explicar la violencia a los niños, sino para reconocer que ellos también habitan este mismo país que nosotros.

Tal vez ahí radica la verdadera potencia del teatro para infancias: en no mentir sobre el mundo, pero tampoco renunciar a imaginar uno distinto.