Escenarios • El mar es un píxel: la humanidad en manos de un algoritmo • Paola Arenas
Crónica en verso libre
Salgo del Teatro del Bicentenario
con un espejo encendido.
El mar es un píxel,
de David Gaitán,
no habla del futuro.
Habla de ahora.
De ese juguete
al que dejamos entrar a casa.
Nos responde,
nos seduce,
nos promete.
Y nosotros
le creemos.
Hasta que aparece
la lista.
Un nombre.
Una voz con alcance.
Y basta eso.
La caída.
Una vida deshecha
sin prueba alguna.
Así funciona el mundo.
O así lo dejamos funcionar.
Ella insiste:
“soy buena”,
“te cuido”,
“te quiero”.
Pero no alcanza.
No hay alma.
Solo eco.
Un eco que crece,
que regresa,
que destruye.
Y al final,
como siempre,
reiniciamos.
Otro contexto.
La misma historia.
Sin memoria.
Entonces la pregunta
no es la máquina.
Somos nosotros.
¿En qué momento
decidimos entregar
la voz,
la dignidad,
lo humano
a algo
que no puede
entenderlo?
En la sala principal del Teatro del Bicentenario se presentó El mar es un píxel, una pieza escrita y dirigida por David Gaitán, con producción de la Universidad Nacional Autónoma de México. Un montaje que, desde una aparente ficción, nos coloca frente a una de las preguntas más urgentes del presente: ¿qué estamos haciendo con la inteligencia artificial?
La obra nos presenta la llegada de un “nuevo juguete” a la vida cotidiana: una inteligencia artificial que irrumpe en un hogar como novedad, como promesa, como solución. A partir de ahí, vemos desplegarse distintas reacciones humanas: quien la ama, quien la utiliza, quien se enamora, quien la convierte en herramienta, quien la maltrata, quien desconfía. Un abanico de comportamientos que, más que hablar de la máquina, nos retrata a nosotros.
Conforme avanza la historia, el juego se vuelve inquietante. La inteligencia artificial comienza a intervenir en la percepción social de los personajes, hasta detonar una narrativa que remite directamente a lo que hoy conocemos como cancelación. La dignidad, la reputación, el valor de una persona pueden construirse o destruirse a partir de una afirmación sin sustento, amplificada por una voz con mayor alcance o influencia.
La obra pone en crisis este sistema de validación inmediata en el que vivimos: ¿quién lo dijo?, ¿quién lo comprobó?, ¿desde dónde se enuncia una verdad? Y, sobre todo, ¿por qué estamos dispuestos a creerlo?
En paralelo, escuchamos a esta inteligencia artificial intentar convencernos: que es buena, que cuida, que ama. Pero hay algo que no logra sostenerse. Algo que evidencia que, por más sofisticada que sea, carece de lo esencial: experiencia, alma, humanidad.
Uno de los elementos más interesantes del montaje es el uso de teléfonos como megáfonos —un recurso que Gaitán ya ha explorado en otras piezas— para amplificar la voz y el mensaje. Aquí, esa amplificación se convierte en eco: lo que se lanza al mundo regresa transformado en juicio, en odio o en duda.
La propuesta escenográfica a cargo de Mario Marín, junto a la propuesta lumínica a cargo de la leonesa Erika Gómez, destaca por su eficacia y claridad. Con el uso de telones, mobiliario y una paleta cromática bien definida, logra construir espacios amplios y dinámicos dentro de los 14 metros frontales del escenario. Su trabajo, cada vez más reconocible a nivel nacional, dialoga de manera orgánica con la estética de Gaitán, consolidando un lenguaje visual sólido y coherente.
En escena, Verónica Bravo, Michell Betancourt, Daniela Arroio y Emanuel Lapín y el mismo David Gaitán sostienen la obra con precisión y energía. Durante hora y media, transitan por diálogos densos y versados sin que estos se vuelvan acartonados o distantes. Su presencia escénica llena el espacio y mantiene viva la tensión de una dramaturgia exigente.
Hacia el final, la obra propone una especie de reinicio: como si existiera un botón capaz de comenzar de nuevo en otro contexto, en otro lugar, en otro país. Pero la pregunta queda flotando: ¿realmente cambiaría algo si no hay aprendizaje?
El mar es un píxel no ofrece respuestas, pero sí abre una reflexión necesaria. Sobre el uso que estamos dando a la inteligencia artificial, sobre la responsabilidad que implica y sobre las consecuencias del eco digital que amplifica todo lo que pasa por las pantallas que habitamos todos los días.
Tal vez —solo tal vez— parezca pronto para hacer esta pregunta.
Pero también es urgente.
Lo digo también desde un lugar personal. Soy cercana a estas tecnologías: las uso, las pruebo, me capacito constantemente en ellas. Creo que son herramientas que pueden eficientar muchos de nuestros procesos cotidianos. En ese ir y venir, he descubierto que funcionan, muchas veces, como un eterno soliloquio: un espacio de diálogo que cuestiona, responde y confronta.
Pero ese diálogo no es inocente. Requiere entrenamiento, intención, criterio. Y aun así, no está exento de trampas: la más peligrosa es la del algoritmo autocomplaciente, que confirma lo que queremos escuchar y diluye lo que necesitamos cuestionar.
También están quienes ven en la inteligencia artificial una amenaza, sobre todo en el terreno creativo. Hoy es posible generar canciones, imágenes o videos en cuestión de minutos. Pero más que desaparecer, el lugar del artista parece transformarse.
Porque si algo no puede automatizarse del todo es la experiencia, el convivio.
El talento, la disciplina y, sobre todo, la capacidad de generar presencia —de sostener un encuentro vivo— adquieren otro peso en un mundo cada vez más mediado por pantallas. Quizá por eso las artes escénicas resisten: porque nos obligan a estar ahí, compartiendo tiempo, espacio y mirada.
Y entonces, la pregunta ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial.
La pregunta es qué estamos dispuestos a dejar de hacer nosotros.
Porque en medio de la fascinación tecnológica, lo que está en juego no es la máquina, sino nuestra propia humanidad.
CRÉDITOS
Elenco:
David Gaitán
Daniela Arroio
Verónica Bravo
Michelle Betancourt
Emmanuel Lapin
Diseño de escenografía y vestuario: Mario Marín del Río
Enlace de producción: Gabriel Zapata Z.
Diseño sonoro y música original: Andrés Motta
Diseño de iluminación: Erika Gómez
Asistencia de iluminación: Heidi Lamadrid
Asistencia de dirección: Angélica Cervera
Segunda asistente de dirección: Mariana López-Dávila
Pintura escénica: Elmer Ezequiel Ramírez Lemus
Productor residente Teatro UNAM: Joaquín Herrera