Escenarios • El vacío también se actúa • Paola Arenas

Terebrante - Foto, Festival Internacional Cervantino
“¿De verdad necesitamos seguir demoliendo para sentir que algo ocurre?”
El Auditorio del Estado estaba medio lleno. O medio vacío.

En el escenario, un telón negro proyectaba una fotografía familiar enmarcada en óvalo, en blanco y negro: una imagen antigua, inocente, que anunciaba una memoria que nunca llegó.

Tercera llamada. Se levanta el telón. Un cuadro de luz al centro. Linóleo negro cubriendo todo el piso. Entra una mujer: Angélica Liddell. Vestido plateado corto, botines de tap. Se baja las bragas hasta las rodillas, prende un cigarro, lo coloca entre sus nalgas y nos muestra su intimidad. Zapatea mal, torpemente, moviendo el cuerpo con un ritmo sin gracia, sin música, sin propósito. Quince minutos así.

Caen plumas desde la parrilla: una imagen bella, sí, pero inconexa. Luego, otra secuencia: un video de diez minutos proyectado a tamaño completo del telón, mostrando una boca en primer plano, los dientes podridos, la extracción, la sangre, la carne abierta. Imposible no mirar; imposible sostener la mirada.

Y así, la función se desarrolla como una sucesión de imágenes sueltas, poderosas, pero inconexas: un venado en escultura, una mujer que camina a ritmo de butoh por ocho minutos, figuras que entran y salen sin sentido aparente, angelitos dorados que bajan del cielo, guitarras suspendidas que caen y se destruyen, ruedas que giran y desaparecen. En un momento, el ciclorama se tiñe de un degradado naranja mientras una mujer empuja una bicicleta. No hay narrativa, no hay vínculo. Solo una secuencia de actos que se estrellan unos contra otros.

La actriz, cubierta luego con una manta blanca y una corona de flores, es bañada en vino tinto. La escena es estéticamente bella, casi pictórica. Pero enseguida llegan las cajas de vino y cerveza, y el ritual se transforma en derrame: durante más de quince minutos la mujer se empapa de líquidos, se lanza botellas, moja el piso, se revuelca en el linóleo. El sonido de los envases rotos se amplifica. Todo se vuelve pegajoso, excesivo, repetitivo.

El público permanece en silencio. Se escuchan toses, alguna risa nerviosa que busca compañía y no la encuentra. Gente que se levanta y se va, discretamente. El silencio final es denso: la actriz cae, parece desvanecerse. Nadie aplaude. Un minuto. Dos. Alguien al fondo inicia un aplauso tímido, sordo, incómodo. Se prenden las luces. Todos salen.

 

“Terebrante” —como el título anuncia— perfora. No necesariamente en el alma, sino en la paciencia, en la fe, en la necesidad de sentido. Liddell, una de las figuras más referenciales del teatro contemporáneo europeo, ha construido una estética del exceso, del sacrificio y la exposición. Pero en esta ocasión, el dispositivo no me conmovió. Me quedé pensando en el linóleo que se echó a perder, en las guitarras destrozadas, en los litros de vino y cerveza tirados, en el gasto de recursos que no se traducen en emoción ni en pensamiento.

No me provocó asombro. Tampoco rechazo. Solo un vacío absoluto.

Y quizás ahí reside su gesto más radical: obligarnos a mirar la nada y no encontrarle belleza ni sentido.

Pero como espectadora, me pregunto: ¿dónde queda el teatro cuando todo se vuelve signo de sí mismo?, ¿cuándo la provocación se vuelve rutina?, ¿cuándo la incomodidad deja de doler porque ya no dice nada nuevo?

Angélica Liddell es sin duda una creadora fundamental, una voz que ha llevado el teatro al extremo del cuerpo, del rito y del sacrificio. Pero Terebrante me deja frente a una pregunta esencial:

¿De verdad necesitamos seguir demoliendo para sentir que algo ocurre?

 

 

Intérpretes: Angélica Liddell, Saité Ye, Gumersindo Puche y Palestina de los Reyes
Contratenor: Gabriel Vargas, residente del PRAGEI en el Estudio de la Ópera de Bellas Artes
Texto, dirección, espacio y vestuario: Angélica Liddell
Ayudante de dirección: Borja López
Iluminación: Carlos Marquerie
Regiduría: Nicolas Guy Michel Chevallier
Sonido: Antonio Navarro
Asistente de iluminación: Tirso Izuzquiza
Asistente de producción, comunicación y logística: Saité Ye y Génica Montalbano
Director de producción: Gumersindo Puche Coproducción: ERT Emilia Romagna Teatro Fondazione, CDN Orléans / Centre - Val de Loire, IAQUINANDIS S.L. i Temporada Alta