miércoles. 08.02.2023
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Avenida San Antonio

“Ahí reconocí a María, una niña que había tomado conmigo un taller literario. Ya debía tener alrededor de los 19. Caminaba por calle Florida con pijama y en pantuflas, mientras de fondo se escuchaba un narco corrido…”

Avenida San Antonio

San Isidro, El Pitayo y San Antonio, son colonias perteneciente a la zona conurbada de Acámbaro, ubicadas en el sector sur, y cuyas calles descienden del cerro hasta desembocar en la avenida San Antonio, vía de entrada y salida de lado a lado de las tres comunas, que juntas igualan la población de la cabecera municipal con sus demás colonias. Desde el aire Acámbaro se ve como un escorpión, y la cola está formada por los caseríos que circundan la avenida San Antonio. Pero no es su geografía lo que caracteriza a San Isidro; son sus casi cien muertes violentas en lo que va del año (de las 130 que contabiliza el municipio), convirtiéndola en una de las zonas más peligrosas del Estado de Guanajuato. Cuando en los periódicos dicen que hubo muertos en Acámbaro, es casi seguro que el tiroteo fue en San Isidro.

Pero qué es peor: ¿la carencia o la inseguridad? Las familias de San Isidro, El Pitayo y San Antonio, deben convivir con ambas situaciones.

San Isidro ha sido por años el reflejo de una ciudad perdida, iniciada como asentamiento irregular, por lo tanto segregada, con carencias habitacionales, ausencia de espacios comunes y con una calidad de vida insuficiente. Los vecinos se sienten aislados: los servicios están lejos, las áreas verdes son escasas y las ofertas culturales, inexistentes. El traslado en camión desde San Antonio (la comuna más alejada de la avenida homónima) al centro de Acámbaro puede demorar una hora y después de las 07:00 se suspenden las corridas por la inseguridad, por lo cual hace poco factible que los muchachos de aquella área acudan a los talleres del Instituto de Cultura en el centro de la ciudad —también escasos y caros para los hijos de un chalán o una madre soltera que subsiste de subsidios federales.

A pesar de los riesgos que conlleva, se interna uno a San Isidro y, peor, alejándose de la avenida San Antonio. Hace algunos días tuve que ir allá a recoger mi carro del taller. Ahí reconocí a María, una niña que había tomado conmigo un taller literario. Ya debía tener alrededor de los 19. Caminaba por calle Florida con pijama y en pantuflas, mientras de fondo se escuchaba un narco corrido. La miré más delgada de lo que era. Morena y de ojos verdes, no fea, pero se veía demacrada. Desde que nació vive en “La Sani”. Luego de saludarnos, me confesó que sólo pudo estudiar hasta la secundaria, porque sus padres la obligaron a dejar la escuela para encargarse de sus seis hermanos menores mientras ellos trabajaban. No necesitó decirme más: el esmalte de sus dientes y la mirada vidriosa me confesaron que era adicta al cristal. Tampoco me sorprendió, a pesar de las habilidades que tenía de más chica para componer sonetos con métrica perfecta: la zona tiene un alto grado de vulnerabilidad social, por ende de alcoholismo y drogadicción, lo que lo ubica entre los lugares prioritarios de intervención a nivel estatal con proyectos de prevención a mediano y largo plazo.

Estoy seguro de que los problemas de San Isidro se resolverán, pero no abriendo uno, dos o tres cuarteles militares, ni con policías o la Guardia Nacional, sino a través de propuestas culturales y deportivas, con mejores oportunidades de trabajo y la rehabilitación y posterior inserción social de adictos al cristal, que no escogieron esa situación —como tal vez muchos podríamos juzgar-, sino que fue un ambiente sociocultural el cual les abrió esa única salida. El gobierno estatal y federal no debe destinar armas y policías, sino recursos.

No sería mala idea comenzar abriendo un centro cultural muy independiente del Instituto de Cultura, con orquesta infantil, talleres de danza, artes plásticas, poesía y música, así como un centro deportivo donde se impartan las disciplinas que más atraen en los barrios bravos, como el box, taekwondo, judo, lucha libre y lucha grecorromana, acercando los principios y valores del común de la sociedad. Pero aquí no lo hacen, porque en Guanajuato se pretende esconder debajo de la alfombra lo que ocurre.

“Vivir así, violando sin descanso las leyes divinas y humanas no es vida para nadie” me confesó María antes de despedirnos. “No quiero esto para mis hermanos, todos menores de edad, mucho menos para mis hijos, si la situación cambia y el destino me alcanza para tenerlos”.

Mientras tanto la muerte agitaba su guadaña por encima de las nubes que anunciaban una tarde de tormenta sobre san Isidro y el traqueteo de metralletas que se escuchó en la avenida San Antonio. Algo tan cotidiano que Maria ni siquiera se inmutó y continuó su camino sin acelerar el paso.

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