El Evangelio según • Sarampión • Víctor Hugo Pérez Nieto
“…este último brote […] hay que abordarlo desde un punto multifactorial, desde los malos consejos de los antivacunas por redes sociales, hasta padres negligentes que no llevan el control de las vacunas…”
Alguna vez ya lo escribí, pero no está de más repetirlo. Fui un niño como pocos. Hoy les dicen índigo, TDH, NEE, pero en los ochentas éramos englobados en un solo concepto: chiquillos cabrones, cuyo psiquiatra un día era la chancla, al siguiente la escoba, y al otro la cuchara del champurrado. Cada vez que llegaban las brigadas de vacunación a la casa ponía pies en polvorosa y ni el Correcaminos me alcanzaba. Si estaba en el colegio, ya le había hallado el modo a un enorme cedro cuyas ramas más altas eran mi refugio de dónde no descendía hasta ver al personal de salud irse. Caro pagué mis necedades porque sufrí todas las enfermedades exantemáticas de la infancia, entre ellas el sarampión. De la poliomielitis me salvé porque eran gotitas, pero otros vecinitos sí quedaron patachines. Y estoy consciente de que mi esquema de vacunas incompleto no fue por falta de dureza de mis viejos (le tenía más pavor a la aguja que al cinturón), ni por escasez de vacunas o negligencia del personal médico, sino por gusto propio. Y es que es fácil creer que un niño no se manda solo, hasta que toca ser padre de familia responsable.
Por eso este último brote de sarampión hay que abordarlo desde un punto
multifactorial, desde los malos consejos de los antivacunas por redes sociales, hasta padres negligentes que no llevan el control de las vacunas en las cartillas de salud de sus hijos. Eso sin dejar de pasar por alto la disminución de la cobertura de vacunación a menos del 65% durante los 3 últimos años del pasado gobierno, o porque estaban aún pasmados por la pandemia de COVID o tal vez por otra razón más funesta. Lo cierto es que algo falló, y más que culpar a Hernán Cortés de haber traído esas enfermedades, se necesitan estrategias serias y, si es posible, castigo a los responsables.
La última epidemia de sarampión en México ocurrió entre 1989 y 1990, y fue cuando me contagié no siendo ya tan menor. La enfermedad es más grave en los adultos, por eso en aquellos tiempos llevaban a los niños a que se contagiaran y evitar la enfermedad grave (fiestas de sarampión les llamaban), pero oh sorpresa y bendita ignorancia: el sarampión en niños puede tener un 1% de mortalidad y es altamente virulento. Para que se entienda mejor: por cada millón de niños no vacunados, están en potencial riesgo de muerte cien mil de ellos.
A lo largo de 2025, en México ya se registraron 6 mil 432 casos confirmados de sarampión.