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El 28 de septiembre: ánimas en pena en penoso desfile

Una crónica de la toma de la Alhóndiga de Granaditas
La foto interior para la crónica de Velio. PIE DE FOTO- En el desfile conmemorativo de la Toma de la Alhóndiga. Fotos, Velio Ortega.
En el desfile conmemorativo de la Toma de la Alhóndiga. Fotos, Velio Ortega.
El 28 de septiembre: ánimas en pena en penoso desfile

Guanajuato, Gto. Como lo hacen cada año, Miguel Hidalgo, Ignacio Allende y Juan Aldama bajaron a Guanajuato por la calzada del Tecolote. Abajo ya la gente esperaba el desfile para conmemorar la toma de la Alhóndiga de Granaditas.

Los insurgentes salieron al amanecer de la Hacienda de Burras, ahora llamada San José de Llanos. Debieron dar un pequeño rodeo porque parte de su antiguo camino está cubierto con aguas de la presa de la Purísima.

En Guanajuato, el intendente don Juan Antonio de Riaño y Bárcena los esperaba. En tanto, de Valenciana bajaba el ingeniero Mariano Jiménez, delante de una turba de mineros, entre ellos un tal Juan José de los Reyes Martínez, conocido en redes sociales, cantinas de historiadores y libros de texto como “El Pípila”.

Mientras los viejos espíritus cumplían su ritual anual, en las calles la gente colocaba sus sillas para esperar el desfile. Tradicionalmente empezaba a las diez de la mañana, pero luego dijeron que sería a las cinco de la tarde y muy breve. Luego les salieron con que sería a las doce del mediodía.

En 2020 y 2021, el desfile no se realizó debido a la pandemia de Covid 19. Esta vez reanuda, pero envuelto en cambios de horarios y versiones sobre sus características. 

Larga espera

Mientras tropa, policías, estudiantes, burócratas, bomberos, socorristas y demás tomaban sus lugares en espera del arranque de la marcha, Hidalgo, Allende y Aldama llegaban al Campanero. Si tuviera cuerpo, tomaría un cafecito, dijo don Ignacio. Yo buscaría mezcal o pulques, los venden aquí adelante, le comentó don Miguel. A don Juan se le antojaban unas guacamayas que vendía un durero ambulante.

En la zona de la Plaza de la Paz colocaron tapancos y vehículos para entretener a la gente. No pasó igual con quienes se apostaron en las inmediaciones de Embajadoras, Sangre de Cristo y Sopeña.

Hidalgo y Jiménez se encontraron adelante del Tecolote, ahí por Manuel Doblado. El primero escribió las cartas de rigor a Riaño para pedirle rendición. Jiménez cumplía su cometido no sin cierto fastidio: “estamos en 2022, ¿acaso no las podría mandar por WhatsApp?”.

Dieron las 12 y ya todo mundo estaba en sus lugares, menos el gobernador Diego Sinhue Rodríguez. La tropa aguantaba de pie y bailadores de danzas chichimecas se cansaban de ensayar.

Su Señoría don Miguel, informaba Jiménez, aquí está la respuesta de don Antonio. No se rinde. Supe que se encerrará en la Alhóndiga de Granaditas con 600 soldados realistas. 

Los insurgentes se aprestaban a tomar la fortaleza, cuando Allende le informó: me reportan que hacia el nororiente hay hombres armados que se podrían sumar a la causa. Supe que van rumbo a la Alhóndiga. Los esperaremos, comentó el Generalísimo de las Américas.

Era casi la una de la tarde cuando el gobernador llegó a Embajadoras. Mensajes de las autoridades, discurso histórico del Cronista de la Ciudad, Eduardo Vidaurri, el himno nacional cantado por alumnos de la Escuela Primaria Ignacio Allende.

¿A qué hora llegan esas tropas?, se impacientaba Hidalgo. No tardan, dijo El Pípila, quien esperaba este año no cargar la pesada losa.

 Por fin empezó el desfile. La gente que estaba en el paso a desnivel de Embajadoras reclamó por el retraso. No faltaron los silbidos de cinco notas. El gobernador esta vez sí recibía el público la queja por sus constantes impuntualidades.

Cuando el contingente pasaba por la plaza Allende, Miguel Hidalgo y sus huestes avanzaron rumbo a la Alhóndiga, complacidos por los aplausos y porras. No sabían que eran para los contingentes.

El gobernador Diego SInhue y el presidente municipal Alejandro Navarro, vestido de charro, entraron al expalacio Legislativo para ver pasar desde los balcones a los contingentes. Hidalgo y sus huestes siguieron rumbo a Granaditas para esperarlos.

Marcharon estudiantes de las preparatorias militarizadas, elementos de las Fuerzas de Seguridad Pública del Estado, del Ejército Mexicano y la Guardia Nacional. Salvo los dos helicópteros de la policía estatal que se posaron sobre la Plaza de la Paz, faltó la espectacularidad de armamento de la tropa federal de otros años, cuando –incluso- han llevado vehículos blindados y artillados.

Esta vez la parte federal fue muy austera. Lo mismo pasó con los municipios, que enviaron contingentes pequeños. Algunos como Comonfort y San Luis de la Paz, destacaron por llevar sus danzas chichimecas. Estuvo presente la danza del Torito y un performance de Doctor Mora.

La policía de León, que presumía su poderío, esta vez mandó una unidad y un puñado de marchantes. Hubo escuelas que esta vez no desfilaron porque les faltaron uniformes. Para los contingentes de localidades lejanas como Jerécuaro, San Luis de la Paz y en general la Sierra Gorda, el cambio de horario alteró sus planes de desfile.

Como quiera, porras y aplausos hubo. La gente de Guanajuato disfrutó la marcha cívico militar. Gozó de danzas y mojigangas, de perros entrenados, de camiones blindados, arlequines en zancos y Unidades de Fuerzas Especiales, charros, amazonas y burócratas estatales y municipales. No fue como otros años, pero peor iba a estar.

El fuego simbólico

Por la tarde, el gobernador, el presidente municipal y sus huestes llegaron a la Alhóndiga y realizaron la tradicional Renovación del Fuego Simbólico. Otra vez los mensajes: aquí nació México, somos grandeza, unidad, orgullo, etcétera.

-          ¿Ya se fueron? -preguntaron Hidalgo y Riaño.

-          Ya –informó Allende.

Entonces hicieron su anual ceremonial. Don Miguel y compañía atacaron, Riaño salió a enfrentarlos, una bala le atravesó un ojo, lo regresaron a la Alhóndiga y le siguieron disparando a los insurgentes.

El Pípila se colocó la losa, con brea y aceite le prendió fuego a una de las puertas y entraron a masacrar a quien se les atravesara, sin importar si eran civiles o soldados, hombres y mujeres.

La ciudad volvió a la normalidad. Las ánimas de los cabecillas insurgentes regresaron a las esquinas de la Alhóndiga a descansar un año más, en espera de otro 28 de septiembre, para volver a recordar la batalla. El intendente también los espera para repetir el martirio por defender a la ciudad que tanto amó.

El Pípila regresó a su cerro de San Miguel, a seguir sosteniendo su antorcha y aguantar que le peguen chicles en las axilas, no sin antes advertir a los líderes insurgentes: el próximo año no vamos a esperar que empiece el desfile. Haremos nuestra batalla sin autoridades que llegan tarde y no se ponen de acuerdo con los horarios.

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