Hacia dónde van las hormigas

Cuento de Sara Andrade

Tachas 02
Tachas 02
Hacia dónde van las hormigas

En el televisor, McKayla Maroney ha perdido la medalla de oro en salto porque ha caído sentada y no de pie, elegantemente, con las manos hacia arriba y sonriendo. Su entrenador, en el fondo, se levanta de su silla, como si con eso lograra levantarla o que los jueces calificaran su actuación y no la de la pequeña gimnasta.

Por otro lado, las hormigas de la casa están cambiándose de domicilio.

Lo descubrí esta mañana cuando iba a limpiar el patio. Salían apresuradas, en fila india, de una grieta en el suelo muy cerca del boiler. “Ajá, así que aquí es de donde salen”. Y no de entre los libros del estudio, del fregadero en la cocina, del plato de comida de mi perro. Naturalmente, las hormigas salen de su hormiguero, de un hoyo en el suelo.

No son precisamente hormigas-hormigas. Son asqueles. Esas pequeñitas negras que siempre están ahí cuando se ha caído un dulce al suelo. Aunque parece que las que viven en mi casa son bibliófilas y disfrutan estar encima de las grandes biografías. También he llegado a aplastar a varias incautas que van y se ponen en el teclado. Por supuesto, ahora no hay ni una cerca. Ni en los libros de Eco, o trepadas en las bocinas de la computadora. Todas ahora están en el patio saliendo, diligentemente, de una grieta para meterse en otra.

Yo tenía la escoba en la mano y la mirada en el ordenado tránsito de los asqueles, saliendo y entrando. Unas incluso llevaban bolitas negras en las pequeñas tenazas que tiene por boca. Que según los documentales de NatGeo son hongos que crecen en cámaras especiales de sus hormigueros, creados a partir de plantas o néctares. Néctares ricos en sacarosa como un chicle pegado en el suelo de la sala.

Por supuesto las pequeñas nunca sabrán que un hombre con una cámara hace documentales acerca de sus hábitos alimenticios, o que su vecina las mira intentando descubrir hacia dónde van. Ese, el de ver hacia dónde van las hormigas, es siempre un deporte más satisfactorio que el de la gimnasia artística. Aquí por lo menos no corro el riesgo de romperme el cuello. Creo.

Las hormigas van todas pegadas a la pared hasta llegar a la esquina, enseguida dan vuelta y siguen otro buen tramo de la otra pared y luego suben, desafiando la gravedad, toda la pared, roja y áspera, hasta el final, y luego todavía la pared del edificio vecino y todavía más más lejos. Pero yo ya no alcanzo a ver hasta dónde y la luz del sol me cala en los ojos y me siento un poco mareada por la altura que pueden alcanzar tan milimétricas criaturas.
Me pongo de puntillas, con el orgullo un poco herido, y me acerco a la pared para mirarlas más de cerca.

Es aquí cuando suelto un sorprendido “oh”.

Los asquelitos llevan en sus tenazas pequeñas larvas color blanco. Al parecer, el reciente alumbramiento de miles de bebés-hormigas es la causa de tal revuelo. Mamá Reina Hormiga debe estar muy orgullosa. Así que ahí van, pequeñas hormigas color carbón, desafiándolo todo para llevar a las recién nacidas a un nuevo y mejor hogar. Uno que está muy lejos de mi casa, de mi cocina y de mis libros. “Bueno, yo seguiré con lo mío” le digo. Aunque no sé si entiendan español o si se percatan de que yo estoy allí, en pijama, observándolas. “Por supuesto que no” digo “por eso van tan felices.”

Pero yo tengo que hacer otras cosas no tan felices. Como terminar de lavar el patio. Luego quizá lavar otras áreas de mi casa. Por ahora procuro no mojar a los asqueles, o acercarme demasiado para no barrerlas accidentalmente. Ella no tienen la culpa (ni yo, para ser sincera) de que el patio siempre se llene de tierra en las mañanas.

Pero las historias no serían interesantes si sólo se narrara el hecho sin agregarle un matiz trágico. Siempre hay problemas. Es ahí cuando entra la humanidad, en este caso encarnado por mi madre y una lata de insecticida, y arruina el orden perfecto de la naturaleza.

“Esas pequeñas muertes cargarán en tu conciencia”, le digo mientras ella observa asqueada la fila de asqueles que amenazan con destruir el egoísta palacio de los hombres.

“Que se larguen de mi patio” y luego un dedo que presiona la boquilla de la lata y un sonoro shhhh que suena a muerte y destrucción.

Yo me alejo en silencio, intentando no pensar en las larvas y me escondo en el estudio, extrañando a los intrépidos insectos colándose entre el mouse y las bocinas como en busca de más cosas dulces.

Me olvido de las hormigas porque las Olimpiadas siguen su curso, así como la vida. Usain Bolt ha roto otro record, y dicen que corre tan rápido que si una persona chocara con él habría 40% de probabilidad de que él y la persona mueran en el acto. Es tan rápido, que al neutrino, esa escurridiza sub-partícula que tantos dolores de cabeza les ha dado a los científicos, la han nombrado la Usain Bolt de la física cuántica. Luego siguen otros deportes y otros nombres, y los comentaristas gritan entusiasmados que no habrá otras olimpiadas tan sorprendentes. Por lo menos no dentro de cuatro años.

Pero la vida sigue, para pesar de unos y pesar de otros. La gente se despierta, come o se duerme según los husos horarios, que toman vital importancia durante los juegos. Son seis horas de diferencia de aquí a Londres, por lo tanto ellos están tomando el té y yo tengo que soportar a que el sol me muerda el cuello porque el suelo insiste en seguir enlodado y cubierto de hojas. Le insisto a mi madre que aquello es un deseo divino fuera de mis decisiones mortales y ella insiste que la próxima rociada de Raid Casa y Jardín me tocará a mí.

Las imposiblemente jóvenes gimnastas chinas siguen dando piruetas en la pantalla. Es cuando no sé quién dice que pongamos una película y el disco Hugo de Martin Scorsese entra en el reproductor y las siguientes dos horas y cuarenta y cinco minutos se escurren discretas.

París de noche, llena de luces, aromas y colores. Morados, azules y dorados según Scorsese.  La estación de trenes parisina, el humo de las locomotoras y el sonido de las suelas repiquetear sobre el mármol, tac, tac, tac. El centro del mundo que es París, Francia nos envuelve durante ese momento. Parece que hay que ser francés para vivir una aventura. Es uno de los requisitos indispensables. Así viene en la lista: ser huérfano, ser astuto y obstinado, estar dispuesto a correr mucho durante toda tu vida y vivir en Francia.

Muy injusto. Sobre todo para aquellos que preferimos pasar la tarde detrás de un monitor.

También por ahí suena el piano melancólico y solitario de Satie y sólo es otra confirmación de que hay que ser galo para disfrutar de las cosas realmente bellas de la vida. C’est la vie. Y si te ha tocado vivir en Zacatecas, con el cruel sol bipolar del centro de México, entonces no hay nada más que hacer. Quizá tal vez adquirir un buen blu-ray y ver a París a través de los ojos de Allen, Scorsese, Coppola y la lista sigue y sigue.

La pantalla enfrente dice fin.

Entonces es hora es estirar las piernas, tomar agua, quitarse los restos de palomitas con mantequilla del pantalón, ir a visitar a la abuela y comer granadas de Jalpa.

La granada se siente pesada y promete estar llena de jugo color sangre, y me pregunto si en la estación de Hugo Cabret tendrán granadas. De todos modos, no puedo evitar sonreír. En Jalpa tenemos granadas. Un punto para nosotros.

Entonces suceden muchas cosas a la vez.

El jugo de la granada se me escurre de la boca y mi madre me ha pedido, con esa amabilidad que tienen las madres cuando piden todo salvo tu opinión, que vuelva a limpiar el patio y el aire se ha llenado, repentinamente, del sonido de fuegos artificiales.

Yo salgo al patio resignada. Tomo la escoba de nuevo y me encuentro con que las hormigas, inmortales y amigas mías desde esta mañana, siguen en su faena, y parece que las larvas no se acaban. Y no se acabarán. Mamá Reina Hormiga tiene todavía para otros cientos de miles, posiblemente. Ahora forman una sólida y casi escalofriantes columna oscura que va desde el suelo del patio hasta lo alto del edificio vecino. “Bien por ellas”, pienso. Y escuchó a mi perro ladrar asustado por los cuetes que no se acaban y yo me cuestiono, en la oscuridad del patio, sucio, lleno de hormigas y de ruidos, el porqué de éstos.

“Es la clausura de los bailables” me dicen. “Oh”

Subo corriendo, pues. Porque desde el cuarto de mi hemana, la vista de los fuegos es perfecta. Si no fuera por un tinaco de cemento en el techo de los vecinos, podríamos verlos aún mejor. Pero ahí estoy, con las manos en la orilla de la ventana, viendo la pirotecnia. Y los colores que iluminan, momentáneamente, el centro de la ciudad. Rojos y verdes y dorados. Que indican celebración y felicidad y bon voyage bailarines extranjeros, que bueno que se han dado el tiempo de visitar nuestra pequeña ciudad, en nuestro pequeño estado de nuestro pequeño país.

Pero eso no importa, ¿verdad? Porque aquí hay fuegos artificiales. Nunca tan grandes y petulantes como los de la Inauguración olímpica, pero aquí. O mejor dicho allá, en Plaza de Armas, pequeños pero orgullosos, levantándose hacia el cielo y estallando en miles de efímeras estrellitas hechas de pólvora brillante.

Así, en la oscuridad, guiadas por el olor de sus hermanas, las hormigas suben y bajan llevando en las bocas nuevas integrantes de la familia, sin importar París y las granadas y los juegos pirotécnicos en el centro de la ciudad y McKayla Maroney cayendo una y otra vez sobre su trasero en la televisión.

Las hormigas van hacia su nuevo hormiguero, sin importarles que el mundo existe a su alrededor.

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